Archivo de etiquetas| vejez

LA SEÑORA “X”

Comparto con ustedes una carta de una señora “X” que acabo de recibir:

“Hace 20 años, yo era una mujer atractiva, delgada, casada, con tres hijos, a la que no se le  notaban los 35 años que había vivido en una monótona rutina desde siempre: primero hija de familia y después madre de tiempo completo, porque mi marido salía de casa a las siete de la mañana y volvía muy tarde. Mi matrimonio estaba “estancado”, ya no sentía ilusión alguna. Mis distracciones eran ver la TV y leer las revistas de chismes de los artistas.

Un día conocí a un hombre de 55 años, divorciado, bien parecido, culto, con una posición social alta y una economía holgada, y me enamoré de él en forma fulminante. Empezamos una relación en la que, para no ser vistos en público, nos reuníamos en su casa, una residencia lujosa de tres pisos, donde el servicio sólo estaba durante las mañanas, por lo que podíamos estar solos, sin correr el  riesgo de ser descubiertos. 

Con gran nostalgia evoco las muchas veces que hicimos el amor en todos los espacios de la casa y cómo llevamos a cabo las fantasías sexuales que no habíamos cumplido con nuestras parejas.  Vivimos un romance apasionado, carnal y se inició una complicidad amistosa para brindarnos apoyo mutuamente. 

Después de un tiempo, me percaté que no podía seguir con esa relación porque el precio a pagar si me descubrían era muy alto, además de que la fase del enamoramiento-descubrimiento-novedad ya había pasado, y las emociones se estaban “normalizando”, por lo que opté por terminarla y no volverlo a ver.

Ahora tengo 55 años y sigo siendo una mujer atractiva, me divorcié,  y mis hijos estudian fuera o están casados, por lo que decidí buscar al que había sido mi único amante, le telefoneé y me invitó a desayunar en su departamento, ubicado en una zona residencial céntrica y agradable.

Cuando lo vi sufrí un gran impacto que  me obligó a escucharlo sin contestar apenas mientras me mostraba su hogar, amplio y luminoso, en el que estaban el mismo comedor y sala de su antigua casa, y todo lo demás era nuevo. En su recámara, en lugar de la cama Kingsize en la que disfrutamos tanto, había una cama eléctrica , una cómoda y una silla.  Su estudio estaba igual, lleno de libros y papeles. Nos sentamos a desayunar, y apenas pude pasar bocado mientras me contaba que seguía soltero y que trabaja a un ritmo menor que antes. Me preguntó por mis hijos y sus estudios. De pronto, me levanté y dije que tenía que irme porque tenía una cita. Al caminar hacia la puerta, dije en voz alta: ¿Dónde está el señor del Pedregal?  Él fingió no haber escuchado y me despidió con amabilidad y afecto.

Había encontrado a un hombre de 75 años, con quince o veinte kilos de más, atractivo y seguro, que ahora vivía en un espacio cuatro veces menor que la casa de 600 metros construidos y 200 de jardines y patios, donde vivió 25 años, lo cual no parecía afectarle.

¿Por qué hice esa pregunta tan agresiva e inoportuna sobre dónde estaba el hombre que había conocido 20 años atrás? ¿Esperaba yo encontrarlo igual, sin arrugas y kilos de más? ¿Para qué lo había buscado? ¿Me molestaba que se sintiera satisfecho al vivir sin los lujos de su casa anterior?

Como me sentía yo tan desconcertada, investigué sobre lo que él había hecho durante los 20 años que no nos vimos. Supe que siguió trabajando, que estuvo tres veces internado en la sección de Cardiología de un reconocido hospital, que le hicieron tres cirugías abdominales, y que sufrió un accidente en el que se le dañaron dos vértebras cervicales y dos dorsales, lo que trajo consigo un intenso dolor crónico. Todo esto no alteró su actitud positiva, bondadosa, siempre dispuesto a ayudar y a encontrar lo mejor de todo lo que le rodea, y de todos con los que se relaciona, según me comentaron con respeto y admiración. 

Creo que me conviene revisar y analizar lo que me llevó a tener una relación adúltera con él hace 20 años, mis expectativas para el re-encuentro que busqué, y mi relación con la vejez y la muerte” 

 

  

 

ÑÑÑ

 

GRACIAS A LA VIDA

GRACIAS A LA VIDA.

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me dio dos luceros que cuando los abro
Perfecto distingo lo negro del blanco
Y en el alto cielo su fondo estrellado
Y en las multitudes el hombre que yo amo.

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado el sonido y el abedecedario
Con él las palabras que pienso y declaro
Madre amigo hermano y luz alumbrando,
La ruta del alma del que estoy amando.

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado la marcha de mis pies cansados
Con ellos anduve ciudades y charcos,
Playas y desiertos montañas y llanos
Y la casa tuya, tu calle y tu patio.

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me dio el corazón que agita su marco
Cuando miro el fruto del cerebro humano,
Cuando miro al bueno tan lejos del malo,
Cuando miro al fondo de tus ojos claros.

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado la risa y me ha dado el llanto,
Así yo distingo dicha de quebranto
Los dos materiales que forman mi canto
Y el canto de ustedes que es el mismo canto
Y el canto de todos que es mi propio canto.

Gracias a la vida
Escrita por VIOLETA PARRA SANDOVAL

Ayer escuché esta canción, interpretada por una magnífica cantante, en una celebración del aniversario de 92 años de un señor que llega a esa edad lúcido, alegre, rodeado de amigos, compañeros, colegas, familiares, quienes le profesan admiración, respeto, cariño, y que hicieron votos para que siga en ese sendero armonioso de bonhomía, amor, generosidad, actitud triunfadora, alegría, compañerismo y solidaridad, ternura y calidez, para que coseche lo mucho que ha sembrado a través de los años.  Ahí encontré a muchas personas mayores, abuelos  de espíritu joven que transitan la misma ruta de positivismo que el festejado.

Rememorando la canción, hoy doy gracias a la vida por ser yo, por estar viva, por tener un cerebro que piensa y me motiva a ser mejor cada día, por tener una familia integrada, sana, luchadora, triunfadora; por tener unos nietos encantadores que me enseñan, cada uno de acuerdo a su edad, que va desde los 3 años hasta los veintes, a mantener viva la capacidad de asombro y aprendizaje. Sus risas son cascabeles de alegría y esperanza que retumban cuando algo me aflige.

Agradezco también el tener amigos sinceros con quienes comparto alegrías y tristezas, y a mis alumnos por mantenerme en la vía de la superación y el aprendizaje.

Mi meta actual es compartir lo más que pueda, en todos sentidos, antes de partir de este mundo, y hacerlo con alegría y amor.

 

 

RECHAZO

Algo que llega a paralizarnos es el miedo al rechazo. Nos criaron para que actuáramos según nuestros padres o mayores querían o esperaban. Si cumplíamos sus expectativas, verbalizadas o no, nos felicitaban o nos aceptaban dentro de su núcleo, lo cual se volvió indispensable para nuestra sobrevivencia.

La mayoría de las veces nos comportamos como esperan nuestros seres queridos, jefes, hijos, amigos, etcétera, ya que es la manera de ganarnos su aceptación, lo que se ha convertido en vital para nosotros.

Si un amigo muy querido, al que le hemos abierto nuestro espacio afectivo, nuestra casa  y compartimos con él o ella lo que somos, lo que pensamos y sentimos, nos rechaza, es nuestra opción sentirnos lastimados o no.

Cuando alguien nos rechaza y/o se aleja de nosotros sin una explicación, lo primero que nos preguntamos es: ¿Por qué lo hace? ¿Qué hice mal? Puede ser que no hayamos hecho nada para merecer este rechazo, para provocar ese alejamiento, su conducta es consecuencia de sus pensamientos y sentimientos.

Las razones del rechazo pueden ser porque, en alguna forma, nos convertimos de pronto en su espejo y se sienten amenazados. Él o ella pueden ver en nosotros alguna carencia, algún defecto, algo que los atemoriza sin darse cuenta.

Si tenemos más edad, puede ser el temor a envejecer. Si hemos logrado llegar al desapego de lo material y hemos regalado, donado, compartido el dinero o propiedades que son innecesarios para vivir con decoro una vida cómoda y placentera, puede sentir inseguridad porque para él/ella TENER es una palabra clave, ya sean propiedades o un capital en el banco que no utiliza para viajar y crecer intelectualmente, o para abrirle a sus hijos otros horizontes. Por ejemplo, una mujer enviuda y queda sola porque todos sus hijos están casados, así que decide mudarse de su enorme mansión con cinco salas, a un cómodo y céntrico departamento que cubre todas sus necesidades. Esto puede repesentar, para el que la rechaza, la pérdida de un estatus social que ambiciona y no tiene.  La cultura, la bonhomía, la calidad humana, no están relacionadas con el lugar en donde uno habita, o con los metros cuadrados de una vivienda, son algo intrínseco de una evolución intelectual, espiritual, moral, emocional, mental.

Podríamos seguir así con muchas probables razones que pueden originar un rechazo. Éstas no nos competen, son responsabilidad del otro, no nuestra. El problema surge si nosotros nos sentimos agredidos, lastimados, minimizados, por su rechazo o alejamiento. Si necesitamos su aprobación, su aceptación, su reconocimiento, para sentirnos bien con nosotros mismos. La raíz de esto puede estar en nuestra infancia.

Revisemos el nivel de nuestra auto-aceptación hoy. Veamos si queremos establecer o continuar en una relación de codependencia o si, en aras de nuestra salud mental y emocional, nos hacemos responsables de lo que pensamos y sentimos, nos aceptamos como somos, trazamos un plan para ser mejores cada día y nos entreguamos a nuestra Misión con pasión y alegría.

¡Dejemos que el otro encuentre sus razones para rechazarnos si decide crecer y madurar!

Recordemos enviarle una bendición si sentimos nostalgia ante su ausencia: ¡Que Dios haga llegar la paz a su corazón y la luz a su mente!

Agosto 25 del 2014

Renovación 238

Cuando fallece un ser cercano en el afecto o parentesco, suele favorecer que nos cuestionemos nuestra muerte.

Si ya hemos aceptado que ese es nuestro punto final del camino que recorramos en esta dimensión, si ya hemos decidido cómo y cuándo tendrá lugar, y quiénes queremos que estén con nosotros en la despedida, no nos afectará mayormente.

Si vivimos hipotecando nuestra vida, en la evasión y la co-dependencia, es probable que nos deprimamos y sintamos miedo.

Nuestra relación con la muerte es nuestra relación con la vida. Si vivimos a plenitud en la armonía y el amor, vamos a disfrutar el hoy, el momento actual que es el único que nos pertenece. El ayer ya no está, el mañana no sabemos si llegará.

Cuando somos jóvenes y muere un abuelo, decimos: “ya estaba viejo”, aunque sólo tuviera 60 años. Cuando tenemos 50 años, ya no nos parece que una persona sesentona sea un anciano, sino un “adulto mayor”. ¿Cuenta la vejez del alma o la del cuerpo?

Mantenerse joven es una actitud. Es recuperar la capacidad de asombro de cuando éramos niños, es descubrir cada día un prodigio de la naturaleza y hermanarnos con la fuente misma de la vida.

Las edades del ser humano

Hay un dicho que me gusta: “viejos los cerros…y cada año reverdecen”, porque enfatiza el concepto de vejez y la posibilidad de continuar viviendo plenamente.  Estamos en primavera y quiero decirles a todos los que se consideran viejos acabados, en desuso, que viven en el pasado y malgastan el presente y sienten que están en una pendiente hacia la muerte, que tienen la posibilidad de cambiar esta percepción de sí mismos y recuperar vida cada día.

Existen muchas edades: la cronológica que tiene que ver con el día en que naciste; la orgánica que es estado en que está tu cuerpo según el mantenimiento y uso que le has dado; la mental que corresponde al nivel de madurez que has adquirido y la salud que tienes en ese renglón; la emocional, vinculada al manejo de tus emociones displacenteras y al procesamiento de los sentimientos negativos que hayas realizado desde la infancia; la espiritual que representa el cúmulo de experiencias internas y la conexión con la energía superior, única, eterna.

Así podemos encontrar a una persona de 60 años, con un organismo muy bien cuidado y sano, con una mentalidad de adolescente y que todavía espera a los Reyes Magos o alguna otra combinación insólita. ¿Cómo andas tú en esta tabulación? ¿Te vives viejo y obsoleto? ¿Estás actualizado y vives en contacto con la naturaleza en un compromiso de cuidarla y conservarla para los que vienen detrás? ¿Ya sabes cuál es tu Misión en la vida y la estás llevando a cabo? ¿Vives en la realidad del aquí y el ahora sin fugarte a la nostalgia del pasado o a la fantasía del futuro? ¿Qué quieres hacer con lo que te queda de vida?  Empieza a vivir la vida a plenitud hoy, ahora, en este momento.

Si tú no eres viejo, comparte esta reflexión con tus padres, tus abuelos, tus tíos o con alguna persona mayor que estimes o aprecies. Invítalos a que reverdezcan esta primavera.