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TERAPIA INTENSIVA

Incluyo el tercer relato corto sobre mujeres diferentes, de las que cualquier parecido con alguien que conozcan es pura coincidencia. . A partir de mañana compartiré relatos de mujeres ejemplares, dignas de admiración y respeto.

Eugenia nació en una bella ciudad de provincia donde estudió hasta la preparatoria y, como no había ahí una universidad, se vino a la ciudad de México a estudiar Filosofía y Letras.

Se alojó en una pensión propiedad de una paisana  de sus papás, para que ellos sintieran que iba a estar bien cuidada. Ahí conoció a un muchacho llamado Jorge, simpático y  bromista, que también  estudiaba en la UNAM, pero que tenía una novia en provincia.  Tejió una red muy sutil y  efectiva que provocó que rompiera su noviazgo e iniciara uno con ella. Cuando terminaron de estudiar, como ella no quería regresar a provincia, precipitó las cosas para que se casaran antes de inmediato.

Se fueron a vivir a un pequeño departamento en la colonia Roma, que los padres de ambos amueblaron y equiparon con lo más moderno que había, y ellos se dedicaron a disfrutar. Eugenia se pasaba el día sin hacer nada porque su mamá le había mandado una sirvienta que llevaba la casa, así que se dedicaba a visitar amistades y divertirse con su marido.

Pasados unos años, el bufete de Jorge había crecido a paso acelerado, y daba servicio a una numerosa clientela de élite. Ocupaba toda una planta en un edificio ubicado en Polanco, donde trabajaban 15 personas entre socios y empleados, con lo que la situación económica de la pareja era holgada, y su vida social muy intensa.

Decidieron tener familia por lo que compraron una casa en la misma colonia, una mansión de estilo colonial, que constaba de tres pisos: en la planta baja estaban los garajes y los cuartos de servicio, en el primer piso una gran estancia con un bar muy amplio y una enorme sala-comedor, antecomedor, cocina y el salón de juegos. En el siguiente piso había cinco recámaras, cada una con su baño.

Eugenia no se molestaba en nada. Cuando nacieron los niños, dos hombres y dos mujeres, la que se encargó de ellos, día y noche, fue una Nana que le mandó su mamá. Había también una cocinera cuya hermana hacía las labores de limpieza, aparte del jardinero que iba una vez a la semana y que limpiaba también los vidrios, enceraba muebles, etc. Jorge pagaba directamente los sueldos y se encargaba del mantenimiento y reparaciones de la casa, por lo que ella era como una hija más.

La Nana, que dormía en uno de los cuartos del tercer piso para poder estar al pendiente de los niños ya que los papás salían casi todas las noches, los despertaba temprano, los vestía (hasta los 10 años), les daba de desayunar y los ayudaba a subir al transporte escolar. En mediodía los recibía de la escuela, les daba de comer y los cuidaba hasta la hora del baño, la cena y acostarlos. Disponía para sus asuntos personales del tiempo que ellos estaban en el colegio.

Eugenia no se levantaba antes de las 10 de la mañana en que se iba al gimnasio o de compras. Su marido no venía entre semana a comer, por lo que los martes y jueves ella tenía una reunión desde la comida para jugar cartas hasta las 10 de la noche. Los lunes comía con sus amigas en algún centro comercial al que iban de compras, y los miércoles y viernes comía con sus hijos, y se iba a dormir una prolongada siesta, para arreglarse y salir por la noche al cine, al teatro, a alguna reunión social o cena de compromiso.

Jorge estaba siempre ocupado o de viaje, por lo que se veían poco. En una ocasión, una de sus amigas le dijo que si no le daba miedo que él tuviera una amante y por eso estuviese ausente tanto tiempo, a lo que Eugenia respondió: “mientras a mí me tenga como una princesa, y pueda yo gastar todo lo que quiera, eso no me importa”.

Una vez al año se iban de viaje a Europa, Asia o Sudamérica durante un mes, casi siempre con un grupo de amigos. Hoteles de lujo como el Waldorf Astoria o El Plaza en Nueva York, el George V en París, el Ritz Palace en Madrid, cruceros con suites enormes para ir a las Islas Griegas, a los fiordos de Noruega, a San Petersburgo, al Mediterráneo, seguir en uno de ellos el curso del Rin desde Rotterdam en Holanda, hasta Basilea en Suiza, autos con chofer, en fin, no se privaban de nada durante estos recorridos. Ellas no visitaban muchos museos, pero no había tienda o joyería que se les escapara en ningún lugar, mientras los maridos hacían lo mismo o se iban a tomar una copa por ahí.

Fueron muchos años de vivir cada uno su vida por separado, él, trabajando mucho, cultivando sus relaciones profesionales, amasando una fortuna, y ella, gastando el dinero que su marido ganaba en ropa, joyas y símbolos de status. Convivían socialmente con mucha frecuencia, ya fuera con sus amistades, o con clientes potenciales o establecidos.

A los niños, que eran bien parecidos y agradables como los papás y estaban por lo general sanos, los veían por lo general los fines de semana. No eran unos alumnos brillantes, inclusive uno de ellos reprobó un año, lo que no preocupó a los padres que decían que sólo se es niño una vez, que ya crecerían. Los abuelos tenían una recámara para ellos y se alternaban para visitar a los nietos durante una semana de vez en cuando, y cuando venían a quedarse en México todo el mes que Eugenia y Jorge se iban de vacaciones.

Así transcurrieron muchos años, todo era “miel sobre hojuelas”, hasta que una aciaga mañana del mes de octubre, cuando Jorge estaba en el bufete, sintió un fuerte dolor de cabeza y se desmayó. Lo llevaron de inmediato al hospital, donde lo internaron para hacerle estudios. Resultó que había sufrido un accidente cardiovascular masivo. Cirugías, transfusiones, nerviosismo, tiempo de espera para ver qué secuelas quedaban. “Está estable” era el diagnóstico que daban los médicos. Poco a poco, empezó a mejorar, cuando de pronto se puso muy grave: resultó que había contraído una infección que lo tenía al borde la muerte, en estado de coma, interno en la Sala de Terapia Intensiva (UCI).

Eugenia, que había pasado de ser hija de familia a una princesa consentida y mimada, nunca había enfrentado el dolor ni una enfermedad en su familia, por lo que no sabía qué hacer. Los abuelos vinieron a su casa para quedarse con los niños y el servicio estaba acostumbrado a funcionar solo, así que ella no hacía falta para que todo siguiera adelante.

Los médicos los conocían y se esmeraron en dar a Jorge la mejor atención profesional y humana posible, sin embargo se desconcertaban cuando reportaban a Eugenia la condición médica, ya que ella les decía que no entendía nada, que ellos tomaran las decisiones que hicieran falta.

Mientras Jorge estaba en la sala de Cuidados Intensivos, Eugenia se quedaba en una suite de lujo en el mismo hospital. Hizo que le trajeran todos sus artículos de tocador y mucha ropa para cambiarse y estar siempre impecable, y se quedaba ahí diciendo que no quería salir. Se percató que esa era una posición social aceptada. Las amistades se turnaban para llegar por la tarde y llevarla comer-cenar a un buen restaurante cercano, y las amigas iban a por ella para irse a desayunar juntas.

A las visitas de la UCI no iba porque se “deprimía mucho”, por lo que la persona que se quedaba en las noches con Jorge era una abogada del despacho, la segunda de a bordo, a quien los médicos también conocían, por lo que, por las noches, colocaban una cama junto al enfermo para ella. Sólo salía por la mañana temprano para irse a bañar y cambiarse a su casa, e ir al despacho y atender los asuntos urgentes, y regresaba para estar junto a él el mayor tiempo posible.

Esta difícil situación, en la que Jorge estuvo varias veces a punto de morir, y sufrió varias cirugías, duró tres mes, tiempo en que la abogada estuvo con él todas las noches. Eugenia no lo visitó ni una sola vez porque se ponía nerviosa, aunque los médicos y amistades le insistían que era conveniente que fuera a platicar con él y le infundiera ánimos.

Finalmente, a Jorge lo dieron de alta y se fue a su casa, donde lo instalaron en el salón de juegos, que tenía un baño completo y estaba cerca de la sala y comedor, para que pudiera salir a comer ahí con los niños, ya que no podía subir y bajar escaleras todavía.. Contrataron a un cuidador que lo atendía día y noche, lo ayudaba a asearse, rasurarse, levantarse de la cama, desplazarse para ir a comer o a ver la televisión. Ahí recibía a sus amistades y socios del bufete que le informaban cómo iban las cosas en su ausencia. Eugenia le pidió que vinieran los socios hombres y no la abogada que lo había cuidado en el hospital para evitar que las amistades fueran a “inventar chismes”, lo que Jorge acepto sin rechistar.

Estaba muy mermado física y anímicamente, había adelgazado hasta ser casi un esqueleto forrado de piel, se sentía desorientado y no tenía fuerzas para valerse por sí mismo, por lo que se convirtió en un paciente muy manejable y que no daba problemas.

Eugenia siguió durmiendo sola en la recámara matrimonial, levantándose tarde, saliendo con sus amigas a jugar o de compras, en fin, se reintegró a la vida que llevaba antes de que su marido enfermara. Decía que ahora los niños estaban más cuidados y mimados por el papá, lo que le permitía ausentarse más, porque se ponía nerviosa con tanta gente en la casa. En efecto, la casa estaba siempre llena de gente. Nada más del servicio eran las tres asistentas,  el chofer todos los días para llevar a Jorge al doctor o a sus terapias y el cuidador, con lo que hablamos de cinco o seis elementos de ayuda. Los papás de Jorge se habían mudado a la casa para estar todo el tiempo con él, los cuatro niños y Jorge sumaban siete personas, y cuando estaba Eugenia, ocho. Esto se traducía en que la cocinera estaba todo el día en activo preparando alimentos para doce o trece personas. Era una multitud cuando venía un amiguito de los niños de visita o alguna amistad caía por ahí.

Gracias a que habían ahorros suficientes, no se presentaron problemas económicos, aunque el papá de Jorge se tuvo que encargar del mantenimiento de la casa y contratar al plomero o al electricista cuando algo fallaba, y uno de los socios, de cubrir los sueldos de todos los que laboraban en ella.

Esta situación duró varios meses, hasta que sorpresivamente, Jorge murió de un infarto al corazón, con lo que Eugenia se volvió, otra vez, la figura estelar, la viuda apesadumbrada y llorosa durante todo el funeral y los meses siguientes.

El testamento estaba a su favor. Ella heredó, en nuda propiedad, la casa que era para los hijos, se quedó con la casa de Valle, todas las cuentas bancarias y de inversión, y el bufete del que Jorge era el socio mayoritario, así que tenía el futuro resuelto para criar a sus hijos sin preocupaciones.

Como el bufete no le interesaba, vendió a los socios la parte de Jorge a un precio muy módico, con una única condición, que a la abogada que había cuidado a Jorge en el hospital, la liquidaran de acuerdo con la ley y nada más. Los socios le dijeron que eso no era justo, que ella era la segunda en orden jerárquico y merecía la oportunidad de quedarse en el despacho, ante lo cual, la princesa se transformó en fiera. Con una voz sibilante les dijo que sabían muy bien por qué hacía esto y que, si no estaban de acuerdo con su decisión, vendería la parte de Jorge a otros abogados, además de enfatizarles que ella era la propietaria del piso que ocupaba el bufete y, si accedían, les cobraría una renta moderada y les vendería el mobiliario a un precio accesible. Ante esta amenaza, los socios cedieron y liquidaron a su compañera.

Las amigas estaban asombradas ante esta reacción de Eugenia, ya no era la mujercita dependiente que sólo estiraba la mano para pedir dinero, o para recibir alguna joya, estaba tomando el control del dinero y decisiones sobre él como si siempre lo hubiera hecho.

Cuando le preguntaron por qué se había portado así con la abogada, les dijo que era ingenua pero no tanto, que sabía que ella era amante de su marido desde hacía muchos años, estaba enterada de que salían de viaje con cierta frecuencia, en fin, que tenían una relación establecida, lo que a ella no le importaba mientras él cumpliera con su deber de padre y le diera todo lo que le pedía, pero que no se le daba la gana que ella siguiera en el despacho.

Lo que Eugenia no supo es que esa abogada, que en efecto había sido la amante de Jorge sin interferir en su matrimonio, era una profesionista muy capaz. En el medio legal, cuando se supo que la liquidaron, le llovieron las ofertas de trabajo y aceptó una que duplicó sus ingresos. Ella provenía de una familia acomodada, tenía un patrimonio holgado, y había sido más compañera y amiga de Jorge que amante, ya que él no podía platicar nada de sus negocios con Eugenia porque “tenía la cabeza hueca” decía él. Convivían doce o catorce horas diarias en el bufete y con reuniones con los clientes, hablaban el mismo idioma, tenían los mismos intereses, los dos eran atractivos y jóvenes, por lo que pasó lo esperado en los casos en que la esposa-princesa no conoce ni comparte el mundo laboral del marido. Por supuesto que se enamoró de él y tuvo el privilegio de cuidarlo en los momentos más difíciles de su vida, lo que la hizo sentirse tranquila. Después, cuando Jorge estuvo en su casa, sólo por teléfono siguieron en contacto.

Así que lo que Eugenia consideró un castigo, dejar a la amante durante tres meses estar en la Unidad de erapia Intensiva, para que se fregara cuidando a Jorge, fue la oportunidad de alentar su amor  y poder  despedirse de él si algo pasaba.

Eugenia no sabía trabajar en nada. Toda su vida la pasó dependiendo económicamente de sus padres y de su marido. El patrimonio era abundante y alcanzó para vivir algunos años con el mismo ritmo de vida dispendioso que había llevado siempre, conservar a todo el personal de servicio, incluyendo al chofer para que llevara a los niños a sus clases extras por las tardes, mientras ella jugaba cartas con las amigas, o se iba al cine o de compras, pero llegó el día en que las arcas se encontraron casi vacías.

Ya había casado a dos hijas con muchachos de familias acomodadas, quedaba sólo el más pequeño, por lo que ella hizo lo que sabía hacer, buscó un marido que la mantuviera. No fue un hombre exitoso como Jorge, pero le dio un hogar y una vida confortable, sin lujos excesivos y sin carencias.

Eugenia estudió Filosofía y Letras para salirse de su casa y de su ciudad,, pero nunca siguió estudiando nada más. Tampoco leía ni se ocupó de enriquecer su cultura o de ejercitar su mente. Algunas amistades se preguntan si eso colaboró a que, cuando cumplió 65 años, empezara a padecer Alzheimer.

Al poco tiempo de ir perdiendo la memoria, su segundo esposo murió y ella se quedó sola. Ya sus padres habían muerto, y su hermano vivía en el extranjero, quedaban los hijos, todos casados y con niños pequeños, por lo que la internaron en una residencia para personas con enfermedades propias de la vejez o Alzheimer. Triste final para una princesa. Las amistades se retiraron y ya no la visitaban. Los hijos espaciaban sus visitas porque “los deprimía ver a su mamá así”. ¿Dónde, cuándo y de quién aprendieron esa conducta? Por ahí dicen que se cosecha lo que se siembra. Ella nunca los crio, los cuidó, se desveló con sus enfermedades infantiles, estuvo junto a ellos en la adolescencia, compartió sus alegrías y tristezas, los alentó en sus momentos difíciles, por lo que no era de extrañar que no acudieran a convivir con ella con frecuencia.

El tiempo pasó y Eugenia ya no reconocía a sus hijos ni a sus nietos, no sabía dónde estaba ni lo que había hecho. El vacío y la soledad fueron sus compañeros hasta que murió.

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