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TERRORISMO URBANO

Hace unos días, un loco adoctrinado por el ISIS agredió, con una camioneta alquilada, a algunos ciclistas y paseantes en una zona residencial tranquila y pacífica.

Estuve en Nueva York los primeros días de julio pasado y, desde la terraza del  departamento de unos amigos, pude ver la avenida donde se cometió el asesinato colectivo durante un atardecer que pintó el cielo de todos los colores púrpuras y rojos posibles. Se sentía una paz infinita.

Una paz que ya dejaron de sentir los vecinos que habitan ahí cerca, y todos los habitantes de Nueva York. ¿Se dan cuenta cómo ha proliferado esta nueva moda de hacer terrorismo urbano? Con camionetas, coches, furgonetas, camiones, en fin, con todo tipo de vehículo de transporte que pueda convertirse en un misil devastador en manos de un suicida demente.

El kamikaze en esta ocasión, al que no le importaba morir a pesar de tener esposa y tres hijos pequeños, en aras de una creencia que incita a matar al otro que piensa, siente o actúa deferente a él, coincide con los demás jóvenes que han realizado asesinatos parecidos. Parece ser que la década entre los 20 y los 30 años es la más prolífera, aunque el adoctrinamiento empieza, muchas veces, desde los 18 años. No importa tanto su nacionalidad, sino sus costumbres y creencias.

Claro que estos actos van a despertar desconfianza entre la población respecto a personas de determinado lugar de origen, creencia o apariencia física. No puede evitarse, aunque sea injusta en la mayoría de los casos. Por ejemplo, si yo me encuentro con el asesino del 30 de octubre en una calle solitaria, la adrenalina me llegaría hasta el tope: la pinta de asesino se ve en sus ojos y presencia, sin saber sus creencias religiosas dónde nació o lo que hace.

Es necesario protegernos, sin discriminar, saber más quiénes son nuestros vecinos, cómo viven, etcétera.  Este individuo trabajaba para Uber. ¡Oh my God! Yo utilicé ese servicio en Nueva York. Este chofer tenía antecedentes de varias faltas de tránsito y rebeldía en presentarse ante las autoridades cuando lo citaban al respecto. Es indispensable que una empresa en la que muchos confiamos, redoble las precauciones al contratar choferes.

¿Cómo es posible que un individuo así tenga tarjeta de crédito para alquilar vehículos? También se sabe que vivió en diferentes estados en poco tiempo,  ¿Por qué? Tal vez no sea paranoia tener un seguimiento de las personas a las que les abrimos generosamente las puertas de nuestra casa.

Dicen que el adoctrinamiento fue posterior a su llegada a USA. De acuerdo, nada más que hay un perfil de estos terrorista, urbanos o no, y más vale que todos nos pongamos las pilas, empezando por las autoridades competentes de todos los países.

Las redes sociales han sido muy útiles para cosas creativas y productivas, y están siendo virales para difundir y arraigar creencias nocivas y asesinas. Tal vez los especialistas podrían tener un filtro al respecto, o una ventana de observación.

Un abrazo a los hermanos argentinos que murieron en este vil atentado y a sus familias: esposas e hijos que quedaron sin su figura paterna, padres y hermanos de hombres de bien que hoy viven un duelo terrible por el acto demencial de un criminal sin nombre.  Un abrazo solidario a todos los heridos y afectados por tan absurda agresión. ¡Qué Dios haga llegar la paz a sus corazones!

 

 

 

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¿COCHE O TABLETA?

Años atrás, tener un coche era símbolo de madurez, prosperidad y libertad. Para muchos jóvenes era la señal de que ya eran adultos. Desde los 16 años podían sacar una licencia provisional de conducir, autorizada y supervisada por los padres y a los diez y ocho obtenían el plástico mágico que los hacía sentirse “grandes”.

Pues bien, parece que eso está cambiando, al menos en Europa, Estados Unidos y países avanzados. La juventud ahora considera que puede viajar en trasporte público, bicicleta, alquilar un auto si así lo desea y que no necesita comprarlo, lo que significaría gastar en mantenimiento, cuidados, impuestos, admás de contribuir a la contaminación.

La sensación de libertad que les daba el coche, ahora se las da la tecnología en teléfonos móviles, tabletas, y todo tipo de dispositivos que ponen al alcance de su mano el mundo y les facilitan las redes sociales. Pueden viajar virtualmente adónde quieran. Se comunican de un continente a otro sin tener que pagar por ello. Tienen acceso a millones de canciones, espectáculos, deportes, eventos en todo el planeta tierra, lo que los convierte en “ciudadanos del mundo”.

Todo tiene ventajas y desventajas. La tecnología que utilizan los jóvenes no está al alcance de toda la población en países como México y todos los que pertenecen al renglón de países sub-desarrollados o tercermundistas, llamados ahora “economías emergentes” para que no se sientan mal. Mientras hay muchos para los que tener una tableta o un teléfono celular es algo que forma parte de su existencia desde que son pequeños, muchos no tienen qué comer en día de hoy.

Por otro lado, la privacidad se ve afectada cuando una persona puede introducirse en tu vida a cualquier hora y publicar lo que quiera de ti (inclusive fotos sin tu permiso) y, lo que se ha vuelto una costumbre, tomar el teléfono móvil del novio(a) para revisar sus mensajes.

Hay jóvenes que tienen una compulsión por comunicar al mundo que están vivos, para lo cual suben a su página del face todo lo que hacen, adónde van, qué restaurante visitan, qué comen, con quién están. Esto lo hacen personajes del medio de espectáculos y personas anónimas que no quieren serlo.

El placer de una conversación cara a cara con un interlocutor inteligente, no lo va a suplir un diálogo utilizando las redes sociales. Éstas son útiles para vencer la distancia, y pueden ser usadas también para esconderse y evitar el contacto humano.

En el equilibrio está la sabiduría si tenemos el privilegio de tener acceso a los avances tecnológicos, y al mismo tiempo, conviene generar el compromiso de facilitar los medios para que lleguen a todos los avances, no sólo a unos cuantos.

CONSUMISMO VS FELICIDAD

Existen muchos padres jóvenes que viven con una culpa enorme por tener que trabajar y dejar a los hijos en la Guardería. Ante ello, compran para el niño el último juguete, disfraz, artefacto electrónico que hay en el mercado, el cual sólo satisface al niño un breve tiempo, lo cual lo hace doblemente obsoleto, ya que en un breve plazo, ya sale al mercado otro juguete más moderno o sofisticado.

Los bebés están muchas veces sobre-estimulados, además de que ya nacen, como digo yo, con un chip integrado. Por ejemplo: mi último nieto me sorprendió cuando tenía 7 meses cuando le regalé un oso de peluche. Lo tomó y observé que le presionaba las manos, el pecho, la pancita, y pensé: “Ya tenemos un médico en la familia, lo está auscultando”. Llegó mi hija y al comentarle esto me dijo que él tenía un oso similar que, cuando le apretabas los brazos y determinadas partes del cuerpo, hacía diferentes sonidos o decía que tenía hambre.

En este afán compensatorio y la velocidad con que se vuelven obsoletos los aparatos electrónicos (juguetes y otros), los padres entran en una espiral negativa: necesitan ganar más para poder comprarle al niño la última novedad, por lo que trabajan más horas en la oficina y/o se traen trabajo a la casa, con lo cual están cada vez más cansados y con menos tiempo para una convivencia de calidad con el pequeño.

Tenemos además la intromisión de “las redes sociales” en nuestras vidas, lo cual permite que nos busquen a cualquier hora, cualquier día, con el resultado de otra fuga de tiempo de calidad para los hijos, la pareja, la familia.

Me ha tocado ver a jóvenes adolescentes, profesionistas y padres de familia que, en el desayuno o comida familiar semanal, están atendiendo su teléfono celular en lugar de dialogar con los demás. Cuando les llaman la atención dicen: “Es del trabajo, tengo que resolver algo”. “Es algo urgente, no me tardo”.

Estas redes sociales nos mantienen al tanto en muchos sentidos, y han eliminado el placer de la conversación, de la charla, del intercambio de vivencias y conocimientos frente a una taza de té o café en una sobremesa agradable, o a media tarde de un día feriado.

Para abreviar el intercambio de mensajes, han inventado un lenguaje simbólico: TQM, Gr, XF, etc., con lo que pierden, aún más, la oportunidad de pulir y ampliar su lenguaje. No podemos encriptar la vida, la cultura, el buen vivir, el placer que nos da la naturaleza cada minuto cuando recuperamos nuestra capacidad de asombro.

Tener un amigo es un tesoro, tener 500 contactos en un portal “X” es no tener a nadie.

Vale la pena aprender y utilizar los recursos cibernéticos que nos pueden facilitar la vida si lo hacemos con límites. Cuidar nuestra intimidad, tiempo de familia, el cultivar nuestras amistades, gozar con las cosas naturales, ser espontáneo y honesto, nos va a traer felicidad, aunque no compremos el último modelo de “algo”.

Ver: http://www.elpais.com artículo Pilar Álvarez sobre Zygmunt Bauman.