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¿ÁNGEL O DEMONIO?

Voy a compartir otro relato corto. He escrito historias sobre mujeres ejemplares, y algunas sobre mujeres a las que llamo diferentes. Cualquier parecido con alguien que ustedes conozcan es pura coincidencia. Recuerden que la REALIDAD SUPERA A LA FICCIÓN, y escuchen lo que oigan,  y lean entre líneas.

Lizbeth nació en un país sudamericano en el seno de una familia humilde que pasaba dificultades por sus carencias económicas. Ella era una jovencita atractiva, tenía 16 años y todas las ansías del mundo de vivir una vida mejor que su madre, llena de hijos, golpeada por la pareja del momento, un día sí y otro también, siempre criando un niño, siempre estirando la comida para que ella y los niños calmaran el hambre.

Lizbeth se fue a la capital a trabajar como sirvienta en casa de una familia muy rica, lo cual fue un alivio para su mamá porque le mandaba casi todo lo que ganaba cada quince días. En ese trabajo aprendió que había modales en la mesa, cubiertos para cada alimento, ropa adecuada para las actividades que se fueran a llevar a cabo, hábitos higiénicos y, sobre todo, aprendió que todos tenían un objetivo: el señor, ganar más dinero cada día, la señora, encontrar maneras de gastarlo más rápidamente; el hijo mayor que estudiaba y era responsable, quería irse al extranjero a estudiar una Maestría, la hija se esforzaba por imitar a la mamá y en ser encantadora para “cazar” un buen partido y casarse.

Con la única persona que platicaba era con el joven que se pasaba largas horas estudiando en la biblioteca, los demás pasaban a su lado como si no la vieran, a menos que le ordenaran que hiciera algo para ellos.  Él le prestaba libros sencillos para que los leyera y la invitaba a que estudiase en ellos y así, poco a poco, surgió una sana amistad entre ellos. Al recibirse él de licenciado, hizo los trámites para conseguir una beca en una prestigiada universidad de los Estados Unidos, por lo que le dijo a Lizbeth que ya pronto se iría. Ella se puso a llorar y le pidió que la llevara con él para que siguiera estudiando y superándose. No había una atracción sexual entre ellos, por lo que él, que tenía una conciencia social muy diferente de las de sus padres, consideró esta petición en serio y decidió ayudarla.

Acordó con ella que le prestaría el dinero necesario para que pudiera viajar fuera del país y empezar a trabajar en los Estados Unidos y que, cuando estuviese instalada y trabajara, le  pagara lo que le debía.  Primero la ayudó a sacar un pasaporte y una visa de turista, para después, sin decir nada a sus papás, comprar para ella un boleto en el mismo avión en el que iba a volar y, cuando lo tuvo, informó a Georgina que  saldrían en un mes más. Acordaron no decir nada a la familia de Lizbeth y seguirles mandando el dinero cada 15 días, mientras todo se regularizaba.

Llegado el momento, Lizbeth se fue mucho antes que él al aeropuerto, donde se encontraron una vez documentados, para que los familiares de él no pudieran verlos. En el trabajo dijo que se había enfermado y que iba a atenderse durante algunos meses porque padecía algo contagioso, con lo que la patrona desistió de buscarla en su casa.

Al llegar a Estados Unidos, se fueron al departamento que los papás habían rentado cerca de la universidad. En un principio, Lizbeth se ocupaba de la limpieza, de preparar las comidas, lavar la ropa, etc., mientras el joven se iba a estudiar.

Cuando pasó un mes, él le encontró un trabajo en la pizarra de ofertas que había en la universidad, para que ayudara a cuidar a una señora mayor durante el día. Ella llegaba a la casa de unos señores de la clase alta a las 9 de la mañana, para que el señor pudiera ir a atender su negocio, y se encargaba de la esposa que era una señora mayor. Había una enfermera que la cuidaba por las noches y la ayudaba con sus rutinas de aseo por la mañana, por lo que Georgina sólo preparaba los alimentos y la acompañaba hasta las 5 de la tarde, hora en que llegaba el marido. Poco a poco se ganó su cariño y logró que la trataran como a una hija, tanto así que la invitaron a irse a vivir con ellos, lo que Lizbeth aceptó para dejar de ser una carga para su amigo.

No había habido intimidad sexual entre ellos, eran unos camaradas que compartían sueños e ilusiones, deberes y alegrías, sin que nunca hubiese ni una insinuación de parte de él. Al cabo del tiempo Lizbeth supo que era homosexual y que por eso no había mostrado interés en ella.

Poco a poco, pagó a su amigo todo lo que le debía, con lo cual  pudo empezar a comprarse ropa, perfumes, cosméticos, etc., y a vestirse como una jovencita adinerada. No le costaba nada vivir en la mansión de los viejitos, y ellos le daban un magnífico sueldo, además de muchos regalos.

En esa casa conoció a muchos hombres y llegó a salir con algunos de ellos al cine o a la ópera, con el permiso de los señores. Al principio, sólo era amistad, pero cuando uno de ellos le regaló un anillo con piedras preciosas, a cambio de pasar un rato en un hotel con él, le vendió cara su virginidad y obtuvo una jugosa cuenta bancaria a cambio de un encuentro semanal del que no informó a sus empleadores.  Fue así que encontró una manera de tener un pequeño ahorro, por si venían malos tiempos mientras encontraba un buen partido para casarse.

Al principio fue un viejito, después otro amigo la recomendó a alguien más, y así, Lizbeth ocupaba dos horas al día en visitar a sus nuevas relaciones, lo cual fue seguro y lucrativo para ella. Sábados y domingos salía con alguno de ellos fuera de la ciudad y su cuenta bancaria seguía creciendo. Vivir con los señores le permitía soñar con pertenecer a esa clase social y, así, ahora tenía dos trabajos, cuidar y acompañar a la señora y “atender” a sus nuevos “amigos”.

En una ocasión, fue a visitar a los viejitos un hombre mexicano que tenía negocios con el señor, a través de los trabajos de remodelación que había hecho en una de las joyerías de su propiedad ubicada en el centro de la ciudad. Era un hombre de unos 38 años, bien parecido alto, de tez blanca, simpático y de conversación amena y ligera. Conoció a Lizbeth y se prendó de ella, quien se esmeró en atenderlo y conquistarlo con sus modales discretos, elegantes, sutilmente coquetos.

Este mexicano, a quien llamaremos Sebastián, se volvió asiduo a la casa del joyero y empezó a invitar a salir a Lizbeth, quien aparentaba ser una jovencita trabajadora y sin novio, ni amigos con esas pretensiones. Tan fina fue su comedia que le “vendió” su virginidad al mexicano, a cambio de que se casara con ella y la llevara a su país como su esposa.

Ella había seguido mandando dinero a su mamá cada 15 días, con lo que la señora no preguntaba nada ni la molestaba en nada. A los viejitos les dijo que era huérfana y sólo fue a la boda con Sebastián su amigo gay, el chico que la había ayudado a entrar a Estados Unidos y a empezar una nueva vida.

El primer obstáculo grave que encontró una vez casada, fue el tenerse que subir al avión para irse a vivir a México. Tenía pavor de estar en el aire, encerrada en un espacio pequeño, sentada casi inmóvil, se sentía insegura frágil, vulnerable.  Sólo lo había hecho cuando huyó de su país, y aquel viaje fue muy traumático y estresante, por lo que le tomó aversión a los aviones. Inventó entonces que sería una luna de miel encantadora si hacían el viaje a México, Distrito Federal, por carretera y conocer las ciudades que quedaban en la ruta. A su flamante marido le encantó la idea, con lo que logró evitar subirse a un aeroplano.

Llegaron a vivir a una casa en la colonia Del Valle, con un pequeño jardín y muchas formas de mostrar cómo utilizar la decoración como complemento de la construcción.  Su marido tenía un despacho que se encargaba de remodelar o decorar, desde una casa habitación, hasta grandes oficinas o almacenes, por lo que el dinero no les faltaba. Vinieron los tres hijos que llenaron el espacio de risas y alegrías, llantos y problemas.

Sebastián se volvió muy brusco en su trato con ella una vez que la tuvo
“domesticada”, como decía a sus amigos.  Lizbeth estaba casi siempre en su casa, al tanto de sus hijos, atendiendo los compromisos sociales del marido y los hijos, haciendo pasteles, cocinando, y aburriéndose de lo lindo.  No leía ni llevaba a cabo ninguna actividad cultural.  Extrañaba las atenciones de sus viejitos y sus generosos “amigos”. Sebastián le pedía cuentas de lo que gastaba y, aunque le compraba ropa cara y joyas vistosas para presumirlas a sus amigos y compadres, ella no tenía una cuenta a su nombre ni podía gastar dinero sin rendir un informe al marido.

Una cosa lleva a otra, no faltó el amigo del marido que se dio cuenta de que ella estaba inconforme con la situación y le brindó su hombro para que llorase,  su amistad para que se desahogara platicando, y un sexo picante y travieso por lo clandestino y esporádico.  Después de él, vino otro, y otro, y otro más. Lizbeth encontró la manera de compensar su malestar por lo que no le agradaba de su marido con estos encuentros amorosos. No cobraba por ello, por lo que se decía a sí misma que no estaba haciendo algo malo, sino solamente compensando lo que le faltaba.

El marido, cuando parecía un venado de doce puntas, se percató de lo que estaba sucediendo. Vinieron una serie de pleitos descomunales y él tramitó el divorcio y se fue.  Puso la casa a nombre de los hijos, con una cláusula que le permitía a ella vivir ahí mientras no se casara o tuviera pareja, daba una pensión alimenticia muy generosa para que no les faltara nada a los hijos, y a Lizbeth le dijo que se pusiera a trabajar, o a putear ya que lo hacía tan bien. Cuando  ella le pidió algo de efectivo mientras encontraba trabajo, le aventó 50 centenarios sobre la cama, como último pago por haberlo engañado tan bien.

Lizbeth se vio en el espejo. Tenía 45 años y estaba un poco “ajamonada”, el vientre flácido colgaba sin piedad, las arrugas campeaban por su rostro y cuello con singular alegría. ¿Qué iba a hacer?  No sabía hacer nada. No iba a trabajar de sirvienta o de dama de compañía de viejitos, así que decidió que iba a ser “encargada de relaciones públicas”.

Tomó los 50 centenarios y se hizo una liposucción en caderas, piernas y brazos,  se “restiró” la barriga, se puso implantes en los senos, se hizo una cirugía en el rostro para quitarse muchos años de encima, con lo que logró una nueva imagen que le permitió ver el futuro con más optimismo.

Sin embargo, no es fácil empezar a trabajar a esa edad, sin tener una profesión ni experiencia previa en alguna empresa, por lo que aceptó ser “acompañante”, en comidas y cenas, de hombres que estaban en la política o en negocios no siempre muy limpios. Así comenzó a vivir una doble vida, por un lado era una señora de clase media acomodada que vivía con los hijos, y por el otro, una meretriz disfraza de acompañante.

No veía futuro en lo que hacía porque el tiempo era su enemigo, por lo que cuando conoció a un notario que era viudo y tenía 80 años, amable y atento, decidió que era el momento de volver a casarse. Lo engatusó y logró su objetivo. Se casó con él y se fue a vivir a su casa en Coyoacán.

Era una mansión antigua, llena de objetos de arte y pinturas valiosas, vajillas importadas, adornos y cuchillería de plata, que destilaban un señorío añejo que ahogaba a Lizbeth, quien se sentía en un museo.

Poco tiempo después, no sabemos si por la emoción de la boda y las constantes salidas a restaurantes y fines de semana a Acapulco, el viejito enfermó y empezó una larga agonía. Los hijos y nietos del señor no querían a Lizbeth porque decían que era una oportunista.  Ante la inminencia de quedar viuda pronto, ella empezó el “acarreo”. Cada día se llevaba algo de valor: una pintura, un juego de té de plata, los manteles importados, los relojes antiguos, etc. , a la casa de una amiga.  Así, cuando él falleció, ya no quedaba gran cosa de valor en casa.

El testamento del viejito estaba a favor de los hijos, por lo que la casa de Coyoacán era para ellos, nada más que Lizbeth ya había logrado que él firmara cheques sin saber de qué se trataba y había saqueado las cuentas bancarias. Los hijos la demandaron, pero no pudieron probar nada porque no había facturas de lo que ellos decían que Lizbeth había robado, por lo que terminaron por desistir de su intento de pedir la cárcel para ella.

Lizbeth, cuyos hijos habían seguido viviendo en la casa de la colonia del Valle con una sirvienta que pagaba su papá, compró un departamento en Polanco con el dinero que le había robado a su marido y se fue a vivir ella sola, ya que quería regresar al negocio de las “relaciones públicas”.

El departamento era una muestra de alguien con personalidad anal: había vitrinas con colecciones de tacitas importadas, de campanas, muñecos de todo el mundo, o sea, lo mismo que vemos en un aparador de una señora de pueblo que guarda desde el muñeco de novios de cuando el hijo se casó, hasta los recuerditos que le traían todos los familiares que salían de viaje, nada más que más caros y extranjeros en su mayoría, los que daban un aire chabacano y vulgar al lugar. No había aprendido el buen gusto para la decoración de su primer marido. Para rematar el ambiente recargado puso, sobre la chimenea, un enorme cuadro al óleo de ella, en una pose que copió de las reinas que veía en los libros, sentada, con un vestido de noche largo y grandes anillos en las manos posadas sobre sus piernas, para que todos vieran que ella era una persona con clase y buena posición económica.

Conoció a un señor casado que vivía en Puebla, quien le daba generosas cantidades para que lo acompañara durante sus parrandas cuando venía a    la ciudad de México, a quien llamó su “novio poblano”.

Entabló también una relación clandestina con otro hombre casado, director de un Banco, quien le daba una fuerte cantidad mensual para ser “el señor de la casa”, a quien recibía todos los jueves en la noche, y acompañaba esporádicamente a sus viajes.

Con eso sacaba los gastos, había pagado otras cirugías estéticas para verse más joven, y vivía bien, nada más que Lizbeth pensaba en el futuro. Pronto sería vieja y las relaciones duraderas con hombres casados serían más difíciles de conseguir y una mujer como ella, de más de 55 años no tendría mucho éxito, por lo que se puso a estudiar el tarot y a  dar consultas sobre el tema.

Así amplió su mercado para cubrir las necesidades de personas inseguras que necesitaban que les “leyeran el futuro” y les dijeran lo que no iba bien en sus vidas.  Era habilidosa, parlanchina y muy astuta, por lo que pronto, además de leer las cartas y dar clases de tarot, empezó a vender amuletos a quienes iban a consultarla, o a tomar clases con ella, para que la suerte los ayudara en sus actividades: cuarzos, minerales, imágenes y esculturas de ángeles, santos y Vírgenes, medallas, libros, pergaminos, etc.

Todo esto lo tenía en una de las recámaras de su departamento, donde puso una repisa con algunos libros sobre tarot, horóscopos, vidas de santos, que había mandado encuadernar en piel teñida de rojo, con el título y sus iniciales LA, por Lizbeth y su apellido, grabadas en el lomo, para que se vieran todos iguales.  También tenía ahí una pequeña mesa donde leía las cartas y una banca forrada de terciopelo rojo, donde en ocasiones les pedía a los clientes que  se recostaran y le comentaran lo que suponían les amenazaba, para que ella les recomendara el amuleto que los liberaría de sus males.

Las clases eran en la estancia, donde colocaba una sillas de plástico en tres filas de cuatro lugares. Por lo general, asistían siete u ocho personas, la mayoría mujeres. Tenía un rota-folio con imágenes del Tarot, Santos, Ángeles, Vírgenes, y así explicaba cómo manejar las cartas del mismo. Cuando terminaba la clase, les obsequiaba una rebanada de pastel, café o algún refresco mientras platicaban y les pedía que, ya que ella no cobraba las clases, los que quisieran dejaran un donativo en una pequeña cesta que estaba a la salida y tomaran un cuarzo de ahí, el cual sería el que el destino les mandaba para protegerlos en esos momentos. Por lo general los alumnos dejaban $ 100.00, pero no faltó ocasión en que alguien dejara una pulsera de oro, o su reloj, por lo mucho que le servían la lectura de las cartas y las clases.

Lizbeth se puso a buscar información sobre el uso de amuletos, lo que le ayudaba a embaucar más a los que la consultaban. Compraba pequeños cuarzos en un peso cada uno y los vendía a quince pesos, el margen de ganancia era considerable.  Al acabar la clase, invitaba a  los que habían asistido a visitar su “despacho” para que buscaran algo que quisieran tener para su protección. Era increíble la cantidad de chácharas que compraban las señoras, hasta “agua bendita” por ella les vendía,  y todo ello se convirtió en un buen negocio.   Así, ya no dependía tan sólo de los ingresos de la doble relación con su novio poblano y el señor de la casa de México, y lo que le cayera por una que otra aventurilla esporádica, ya tenía otra fuente de ingresos.

Como al señor de la casa, su principal amante, no le gustaba que diera clases en ella, alquilo un local y puso  una tienda de artículos esotéricos: todo lo que tenía que ver con la lectura de cartas o caracoles, horóscopos y tarot. imagenes, medallas y esculturas de Santos, Vírgenes, Ángeles y crucifijos, así como símbolos hindús, budistas, mayas, aztecas, incas.

Al poco tiempo, tras darse cuenta que lucrar con la inseguridad de las personas tenía éxito, y de comentar que “los mexicanos son muy ingenuos y se creen todo lo que uno invente”, decidió convencer al “señor de la casa”, para que le comprara la casa que rentaba para la tienda, cosa que él hizo encantado.

La esposa de este señor se enteró de las andanzas de su marido y se divorció de él, tras lo cual, Lizbeth logró que él la introdujera en su mundo social como su “novia”,  con lo que garantizó el acceso a un mercado más amplio para su negocio, y el no tener que ocultarse ya como amante de unos y de otros. El ser la pareja social de este señor, ya que no vivían juntos, no le impidió recibir de vez en cuando a su novio poblano, o de echarse una canita al aire con algún cliente de las cartas, para mantenerse vigente, decía ella.

Así tenemos que Lizbeth, quien ya había estado casada, divorciada y viuda, se convirtió en “novia” oficial de varios señores adinerados nada más que ahora uno a la vez. Cuando ellos se sentían con derechos, los cambiaba por otro menos exigente. Sigue vendiendo amuletos en su tienda, ya sean angelitos o imágenes de Buda, talismanes de países orientales o representaciones de culturas prehispánicas, a personas ingenuas que buscan su ayuda. ¿Ángel o demonio? ¿Prostituta o charlatana?

Terapia intensiva.

Eugenia nació en una bella ciudad de provincia donde estudió hasta la preparatoria y, como no había ahí una universidad donde continuar los estudios, tuvo que esperar hasta que su único hermano, un año menor que ella, estuviera listo para empezar una carrera en la UNAM, en la ciudad de México.  Los dos se alojaron en la pensión que tenía una paisana conocida de sus papás, para que ellos sintieran que iban a estar bien cuidados.

Eugenia era guapa, alegre, amigable, noviera, coqueta, por lo que, entre fiestas y conquistas terminó su carrera de Filosofía y Letras y regresó a su ciudad natal a aburrirse y añorar el ajetreo de México. Esto siguió hasta que conoció a un muchacho que llegó de vacaciones a visitar a sus padres, recién llegado de Estados Unidos donde terminó la carrera de leyes. Jorge era muy bien parecido, alto, fornido, simpático, alegre, bromista, por lo que se divertían mucho juntos. Al cabo de tres semanas de intensa convivencia, Jorge se regresó al Distrito Federal a montar un bufete con el dinero que le había regalado su padre, prometiendo a Eugenia que iría a verla cada semana.

Ya se sabe que “amor de lejos…”  Por ello las visitas se fueron espaciando y Eugenia empezó a desesperarse.  Ahí no había nadie para casarse bien, lo que le quitaba el sueño. Dispuesta a acelerar las cosas, inventó que quería ir a la capital a estudiar un diplomado, con la finalidad de estar cerca de su novio. Su hermano seguía en la pensión, por lo que alojó otra vez con él.

Jorge ya tenía otra relación con una chica capitalina, misma que saboteó Eugenia, poco a poco, sin presentar batalla de frente, seduciéndolo con mimos, hablando de recuerdos de los padres y de su ciudad natal. Tejió una red muy sutil y muy efectiva que provocó que él reanudara las relaciones de noviazgo con ella, y como no quería regresar a provincia, precipitó las cosas para que se casaran antes de que terminara ese año.

Se fueron a vivir a un pequeño departamento en la colonia Roma, que los padres de ambos amueblaron y equiparon con lo más moderno que había y se dedicaron a vivir y disfrutar. Eugenia se pasaba el día sin hacer nada porque su mamá le había mandado una sirvienta que llevaba la casa, así que se dedicaba a visitar amistades y divertirse con su marido.

Pasados unos años, el bufete de Jorge daba servicio a una numerosa clientela de élite, y había crecido a paso acelerado.  Ocupaba toda una planta en un edificio ubicado en Polanco, donde trabajaban 20 personas entre socios y empleados, con lo que la situación económica de la pareja era holgada, y su vida social muy intensa.

Decidieron tener familia por lo que compraron una casa en la misma colonia, una mansión de estilo colonial, que constaba de tres pisos: en la planta baja estaban los garajes y los cuartos de servicio, en el primer piso una gran estancia con un bar muy amplio y una enorme sala-comedor, antecomedor, cocina y el salón de juegos. En el siguiente piso había cinco recámaras, cada una con su baño.

Eugenia no se molestaba en nada. Cuando nacieron los niños, dos hombres y una mujer, la que se encargó de ellos, día y noche, fue una Nana que le mandó su mamá.  Había también una cocinera cuya hermana hacía las labores de limpieza, aparte del jardinero que iba una vez a la semana y que limpiaba también los vidrios, enceraba muebles, etc. Jorge pagaba directamente los sueldos y se encargaba del mantenimiento y reparaciones de la casa, por lo que ella era como una hija más.

La Nana, que dormía en uno de los cuartos del tercer piso para poder estar al pendiente de los niños ya que los papás salían casi todas las noches, los despertaba temprano, los vestía (hasta los 10 años), les daba de desayunar y los ayudaba a subir al transporte escolar. En mediodía los recibía de la escuela, les daba de comer y los cuidaba hasta la hora del baño, la cena y acostarlos. Disponía para sus asuntos personales del tiempo que ellos estaban en el colegio.

Eugenia no se levantaba antes de las 10 de la mañana en que se iba al gimnasio o de compras. Su marido no venía entre semana a comer, por lo que los martes y jueves ella tenía una reunión desde la comida para jugar cartas hasta las 10 de la noche.  Los lunes comía con sus amigas en algún centro comercial al que iban de compras, y los miércoles y viernes comía con sus hijos, y se iba a dormir una prolongada siesta, para arreglarse y salir por la noche al cine, al teatro, a alguna reunión social o cena de compromiso.

Jorge estaba siempre ocupado o de viaje, por lo que se veían poco. En una ocasión, una de sus amigas le dijo que si no le daba miedo que él tuviera una amante y por eso estuviese ausente tanto tiempo, a lo que Eugenia respondió: “mientras a mí me tenga como una princesa, y pueda yo gastar todo lo que quiera, eso no me importa”.

La mayoría de los fines de semana se iban a Valle de Bravo, donde tenían una casa muy amplia, con una pareja que la cuidaba y vivía ahí, adonde invitaban a algunos amigos para que los niños se divirtieran y ellos pudieran aprovechar la ocasión para disfrutar en grande o cultivar alguna relación de negocios.

Una vez al año se iban de viaje a Europa, Asia o Sudamérica durante un mes, casi siempre con un grupo de amigos. Hoteles de lujo como el Waldorf Astoria o El Plaza en Nueva York, el George V en París, el Ritz Palace en Madrid, cruceros con suites enormes para ir a las Islas Griegas, a los fiordos de Noruega, a San Petersburgo, al Mediterráneo, seguir en uno de ellos el curso del Rin desde Rotterdam en Holanda, hasta Basilea en Suiza, autos con chofer, en fin, no se privaban de nada durante estos recorridos. Ellas no visitaban muchos museos, pero no había tienda o joyería que se les escapara en ningún lugar, mientras los maridos hacían lo mismo o se iban a tomar una copa por ahí.

Fueron muchos años de vivir cada uno su vida matrimonial por separado, él, trabajando mucho, cultivando sus relaciones profesionales, amasando una fortuna, y ella, gastando el dinero que su marido ganaba en ropa, joyas y símbolos de status. Convivían socialmente con mucha frecuencia, ya fuera con sus amistades, o con clientes potenciales o establecidos.

A los niños, que eran bien parecidos y agradables como los papás y estaban por lo general sanos, los veían por lo general los fines de semana. No eran unos alumnos brillantes, inclusive uno de ellos reprobó un año, lo que no preocupó a los padres que decían que sólo se es niño una vez, que ya crecerían. Los abuelos tenían una recámara para ellos y se alternaban para visitar a los nietos durante una semana de vez en cuando, y cuando venían a quedarse en México todo el mes que Eugenia y Jorge se iban de vacaciones.

Así transcurrieron muchos años, todo miel sobre hojuelas, hasta que una aciaga mañana del mes de octubre, cuando Jorge estaba en el bufete, sintió un fuerte dolor de cabeza y se desmayó. Lo llevaron de inmediato al hospital, donde lo internaron para hacerle estudios. Resultó que había sufrido un accidente cardiovascular masivo.  Cirugías, transfusiones, nerviosismo, tiempo de espera para ver qué secuelas quedaban.  “Está estable” era el diagnóstico que daban los médicos. Poco a poco, empezó a mejorar, cuando de pronto se puso muy grave: resultó que había contraído una infección que lo tenía al borde la muerte, en estado de coma, interno en la Sala de Terapia Intensiva (UCI).

Eugenia, que había pasado de ser hija de familia a una princesa consentida y mimada, nunca había enfrentado el dolor ni una enfermedad en su familia, por lo que no sabía qué hacer.  Los abuelos vinieron a su casa para quedarse con los niños y el servicio estaba acostumbrado a funcionar solo, así que ella no hacía falta para que todo siguiera adelante.

Los médicos los conocían y se esmeraron en dar a Jorge la mejor atención profesional y humana posible, sin embargo se desconcertaban cuando reportaban a Eugenia la condición médica, ya que ella les decía que no entendía nada, que ellos tomaran las decisiones que hicieran falta.

Mientras Jorge estaba en la sala de Cuidados Intensivos, Eugenia se quedaba en una suite de lujo en el mismo hospital. Hizo que le trajeran todos sus artículos de tocador  y mucha ropa para cambiarse y estar siempre impecable, y se quedaba ahí diciendo que no quería salir. Se percató que esa era una posición social aceptada. Las amistades se turnaban para llegar por la tarde y llevarla comer-cenar a un buen restaurante cercano, y las amigas iban a por ella para irse a desayunar juntas.

A las visitas de la UCI no iba porque se “deprimía mucho”, por lo que la persona que se quedaba en las noches con Jorge era una abogada del despacho, la segunda de a bordo, a quien los médicos también conocían, por lo que, por las noches, colocaban una cama junto al enfermo para ella.  Sólo salía por la mañana temprano para irse a bañar y cambiarse a su casa, ir al despacho y atender los asuntos urgentes, y regresaba para estar junto a él el mayor tiempo posible.

Esta difícil situación, en la que Jorge estuvo varias veces a punto de morir,  duró un mes, tiempo en que la abogada estuvo con él la mayor parte del día y todas las noches. Eugenia no lo visitó ni una sola vez porque se ponía nerviosa, aunque los médicos y amistades le insistían que era conveniente que fuera a platicar con él y le infundiera ánimos.

Finalmente, a Jorge lo dieron de alta y se fue a su casa, donde lo instalaron en el salón de juegos, que tenía un baño completo y estaba cerca de la sala y comedor, para que pudiera salir a comer ahí con los niños, ya que no podía subir y bajar escaleras todavía..   Contrataron a un cuidador que lo atendía día y noche, lo ayudaba a asearse, rasurarse, levantarse de la cama, desplazarse para ir a comer o a ver la televisión.  Ahí recibía a sus amistades y socios del bufete que le informaban cómo iban las cosas en su ausencia.  Eugenia le pidió que vinieran los socios hombres y no la abogada que lo había cuidado en el hospital para evitar que las amistades fueran a “inventar chismes”, lo que Jorge acepto sin rechistar.

Estaba muy mermado física y anímicamente, había adelgazado hasta ser casi un esqueleto forrado de piel, se sentía desorientado y no tenía fuerzas para valerse por sí mismo, por lo que se convirtió en un paciente muy manejable y que no daba problemas.

Eugenia siguió durmiendo sola en la recámara matrimonial, levantándose tarde, saliendo con sus amigas a jugar o de compras, en fin, se reintegró a la vida que llevaba antes de que su marido enfermara.  Decía que ahora los niños estaban más cuidados y mimados por el papá, lo que le permitía ausentarse más, porque se ponía nerviosa con tanta gente en la casa.

En efecto, la casa estaba siempre llena de gente. Nada más del servicio eran las tres asistentas, el jardinero una vez a la semana, el chofer todos los días para llevar a Jorge al doctor o a sus terapias y el cuidador, con lo que hablamos de cinco o seis elementos de ayuda. Los papás de Jorge se habían mudado a la casa para estar todo el tiempo con él, los tres niños y Jorge sumaban seis personas, y cuando estaba Eugenia, siete. Esto se traducía en que la cocinera estaba todo el día en activo preparando alimentos para doce o trece personas. Era una multitud cuando venía un amiguito de los niños de visita o alguna amistad caía por ahí.

Gracias a que habían ahorros suficientes, no se presentaron problemas económicos, aunque el papá de Jorge se tuvo que encargar del mantenimiento de la casa y contratar al plomero o al electricista cuando algo fallaba, y uno de los socios, de cubrir los sueldos de todos los que laboraban en ella.

Esta situación duró varios meses, hasta que sorpresivamente, Jorge murió de un infarto al corazón, con lo que Eugenia se volvió, otra vez, la figura estelar, la viuda apesadumbrada y llorosa durante todo el funeral y los meses siguientes.

El testamento estaba a su favor. Ella heredó, en nuda propiedad, la casa que era para los hijos, se quedó con la casa de Valle, todas las cuentas bancarias y de inversión, y el bufete del que Jorge era el socio mayoritario, así que tenía el futuro resuelto para criar a sus hijos sin preocupaciones.

Como el bufete no le interesaba, vendió a los socios la parte de Jorge a un precio muy módico, con una única condición, que a la abogada que había cuidado a Jorge en el hospital, la liquidaran de acuerdo con la ley y nada más. Los socios le dijeron que eso no era justo, que ella era la segunda en orden jerárquico y merecía la oportunidad de quedarse en el despacho.

Ante esta situación, la princesa se transformó en fiera. Con una voz sibilante les dijo que sabían muy bien por qué hacía esto y que, si no estaban de acuerdo con su decisión, vendería la parte de Jorge a otros abogados, además de enfatizarles que ella era la propietaria del piso que ocupaba el bufete y, si accedían, les cobraría una renta moderada y les vendería el mobiliario a un precio accesible. Ante esta amenaza, los socios cedieron y liquidaron a su compañera.

Las amigas estaban asombradas ante esta reacción de Eugenia, ya no era la mujercita dependiente que sólo estiraba la mano para pedir dinero, o para recibir alguna joya, estaba tomando el control del dinero y decisiones sobre él como si siempre lo hubiera hecho.

Cuando le preguntaron  por qué se había portado así con la abogada, les dijo que era ingenua pero no tanto, que sabía que ella era amante de su marido desde hacía muchos años, estaba enterada de que salían de viaje con cierta frecuencia, en fin, que tenían una relación establecida, lo que a ella no le importaba mientras él cumpliera con su deber de padre y le diera todo lo que le pedía, pero que no se le daba la gana que ella siguiera en el despacho.

Dijo también que, hacía tiempo que la relación con Jorge era superficial, por lo que no le nació atenderlo o cuidarlo en Terapia Intensiva, que para eso estaba su amante, que ella se fregara con las desveladas a cambio de lo que se había divertido con su marido.

En efecto, la amante terminó, cuando salió Jorge del hospital, muy desmejorada, ya que casi no dormía por estar con él en la UCI; mientras que la princesa tomaba su Tafil y dormía hasta tarde. Durante el día, la primera se iba a la oficina a sacar el trabajo adelante, mientras la esposa socializaba y se ponía sus tratamientos de belleza o recibía a la peinadora en la suite del hospital.

Lo que Eugenia no supo es que esa abogada, que en efecto había sido la amante de Jorge sin interferir en su matrimonio, era una profesionista muy capaz. En el medio legal, cuando se supo que la liquidaron, le llovieron las ofertas de trabajo y aceptó una que duplicó sus ingresos. Ella provenía de una familia acomodada,  tenía un patrimonio holgado, y había sido más compañera y amiga de Jorge que amante, ya que él no podía platicar nada de sus negocios con Eugenia porque “tenía la cabeza hueca” decía él.    Convivían doce o catorce horas diarias  en el bufete y con reuniones con los clientes, hablaban el mismo idioma, tenían los mismos intereses, los dos eran atractivos y jóvenes, por lo que pasó lo esperado en los casos en que la esposa-princesa no conoce ni comparte el mundo laboral del marido. Por supuesto que se enamoró de él y tuvo el privilegio de cuidarlo en los momentos más difíciles de su vida, lo que la hizo sentirse tranquila. Después, cuando Jorge estuvo en su casa, sólo por teléfono siguieron en contacto.

Así que lo que Eugenia consideró un castigo, dejarla ese mes en Terapia Intensiva para que se fregara cuidando a Jorge, fue la oportunidad de alentar a su amor a seguir adelante y despedirse de él si algo pasaba.

En ocasiones, en las Salas de Terapia Intensiva se entera uno de muchas cosas.

Eugenia no sabía trabajar en nada. Toda su vida la pasó dependiendo económicamente de sus padres y de su marido. El patrimonio era abundante y alcanzó para vivir algunos años con el mismo ritmo de vida dispendioso que había llevado siempre, conservar a todo el personal de servicio, incluyendo al chofer para que llevara a los niños a sus clases extras por las tardes, mientras ella jugaba cartas con las amigas, o se iba al cine o de compras, pero llegó el día en que las arcas se encontraron casi vacías.

Ya había casado a dos hijas con muchachos de familias acomodadas, quedaba sólo el más pequeño, por lo que ella hizo lo que sabía hacer, buscó un marido que la mantuviera.  No fue un hombre exitoso como Jorge, pero le dio un hogar y una vida confortable, sin lujos excesivos y sin carencias.

Eugenia estudió Filosofía y Letras para salirse de su casa y de su ciudad provinciana, pero nunca siguió estudiando nada más. Tampoco leía ni se ocupó de enriquecer su cultura o de ejercitar su mente.   Algunas amistades se preguntan si eso colaboró a que, cuando cumplió 65 años, empezara a padecer Alzheimer.

Al poco tiempo de ir perdiendo la memoria, su segundo esposo murió y ella se quedó sola. Ya sus padres habían muerto, y su hermano vivía en el extranjero, quedaban los hijos, todos casados y con niños pequeños, por lo que la internaron en una residencia para personas con enfermedades propias de la vejez o Alzheimer. Triste final para una princesa. Las amistades se retiraron y ya no la visitaban. Los hijos espaciaban sus visitas porque “los deprimía ver a su mamá así”. ¿Dónde, cuándo y de quién aprendieron esa conducta?  Por ahí dicen que se cosecha lo que se siembra. Ella nunca los crio, los cuidó, se desveló con sus enfermedades infantiles, estuvo junto a ellos en la adolescencia, compartió sus alegrías y tristezas, los alentó en sus momentos difíciles, por lo que no era de extrañar que no acudieran a convivir con ella con frecuencia.

El tiempo pasó y Eugenia ya no reconocía a sus hijos ni a sus nietos, no sabía dónde estaba ni lo que había hecho. El vacío y la soledad fueron sus compañeros hasta que murió.