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Abril 24 del 2014

Renovación 115

Dar para recibir es una premisa positiva, si aceptamos que vamos a dar lo mejor de nosotros mismos a quienes nos rodean, sin esperar que ellos nos correspondan en la misma medida y características, y que recibiremos, tal vez de otras personas o en otro momento, lo que necesitemos.

Por ejemplo: si le damos afecto o cariño a alguien y esperamos que esa persona nos de afecto o cariño de la misma calidad y en la misma cantidad, podemos llevarnos una desilusión.

Si yo te quiero y te lo demuestro con atención y cariño y resulta que tú no me correspondes de la misma manera, puede ser porque tú no sabes dar atención y cariño porque no tuviste una familia de origen amorosa y no tienes ese patrón de conducta, o porque estás muy estresado y toda tu atención está enfocada en un determinado asunto.

En ese caso, reclamar, reprochar, lloriquear, implorar, insultar, agredir, no sirve de nada y los dos vamos a terminar sintiéndonos mal.

Si nos nace ser cariñosos con los demás, es conveniente reconocer que no tenemos derecho a imponer nuestro cariño a nadie. Si la otra persona está tensa y su mente está a mil kilómetros de distancia, puede ser que lo último que quiera es tener a alguien abrazándolo.

Si le hablamos para compartir algo y nos dice que no le interesa, no hay razón alguna para seguir en su espacio, lo cual puede ser tomado como una provocación o un reto.

Tal vez convenga pensar un poco en los demás, en lo que están viviendo y si están pasando por un proceso personal de adaptación, para saber cuándo entablamos comunicación con ellos.

El respeto es la base de todas las relaciones humanas positivas. Quizás una manera de demostrar atención y cariño sea respetar el espacio y el tiempo del otro, sin imponernos ni esperar que se comporten como nosotros queremos o esperamos que lo hagan.

Bomba de tiempo

Vivimos en una forma acelerada, el tiempo no alcanza para todo lo que pretendemos hacer en 24 horas, tal vez si existiesen días de 30 horas, lograríamos terminar nuestros asuntos pendientes. Si a eso le agregamos que los niños, que son una fuente de alegría y satisfacciones en ocasiones, la mayor parte del tiempo están probando hasta dónde llegan sus límites y encuentran a unos padres estresados, con poca paciencia, cansados, la situación se convierte en una bomba de tiempo.

Tenemos la tendencia a dejarnos llevar por los impulsos, y al tratar a nuestros hijos, repetimos muchas veces conductas erróneas que conllevan la falta de respeto hacia ellos, el ponerles etiquetas que los pueden llegar a marcar de por vida e, inclusive, podemos caer en la violencia y golpearlos.

Es probable que éste sea un patrón que aprendimos de nuestros padres y que hemos aplicado en la oficina, en nuestro trabajo, con nuestras amistades y vecinos, para ejercer el control.

Los padres agresivos se muestran satisfechos de lo sumisos y obedientes que se muestran sus niños, nada más que con ese control tiránico los alejan y pierden su confianza, demeritan su autoestima y puede ser que los orillen a buscar fugas para una realidad que los hiere y los lastima, y ya sabemos que hay tres tipos de fuga: la líquida, la sólida y la gaseosa, o sea, el alcohol y las drogas ingeridas, el exceso en la alimentación, y todo tipo de drogas inhaladas, además del tabaco.

La disciplina es una cadena de dos puntas. La ejercen y acatan las dos partes, unos como padres y otros, como hijos. La perseverancia, la consistencia, la congruencia, la paciencia, el respeto, son indispensables para aplicarla en forma positiva y asertiva.

Si les hablamos a los hijos con desprecio, comparándolos con sus hermanos o amigos, etiquetándolos con sobrenombres o adjudicándoles adjetivos calificativos negarivos como “inútil”, torpe”, “sucio”, “mentiroso”, estamos reforzando la conducta que queremos eliminar. Surte más efecto sembrar la conducta opuesta y cultivarla día a día.

Decirles “te lo dije” es parte de un juego psicológico al que el Dr. Eric Berne llamó “Te agarré desgraciado”(1). El escucharlo es irritante y genera un deseo de venganza y violencia que, si no pueden ejercer contra los padres, la aplicarán contra el perro, el gato, la mascota, el hermano menor, el primo que está de visita, etc.

Los niños aprenden jugando, eso es importante recordarlo. Ahora bien, es importante que aprendan que toda conducta tiene una consecuencia. Si la conducta es positiva, la consecuencia será positiva y, si por el contrario, la conducta es negativa, el resultado será una consecuencia negativa. No hablamos de castigos, sino de que los chicos aprendan a hacerse responsables de sus actos y de las consecuencias que estos traigan consigo.

Las consecuencias negativas se establecen desde el principio y se mantienen vigentes hasta que haya una negociación para modificarlas.

Recordemos la clave:

REGLAS CLARAS Y POCAS,   CONOCIDAS POR TODOS,   QUE SE APLIQUEN SIN EXCEPCIÓN.
Por supuesto que habrá ocasiones en que se puede ser flexible (una excepción, ocasionalmente). Si ya hay mucha rebeldía a ciertas reglas, vale la pena revisar si no son anacrónicas porque ya han pasado dos años, por ejemplo, lo que en un niño o joven es una eternidad porque ellos crecen por minutos. Es como si pretendiéramos que el chico utilice zapatos del 12 cuando su pie mide 16. Puede ser que su madurez sea mayor de la que nosotros queremos aceptar.

Es importante también que las reglas las apliquen “parejo” padre y madre (divorciados o no), abuelos, tíos, en fin, todos los que intervengan en el cuidado, educación y formación de los niños/jóvenes.

Hagamos de nuestra casa un hogar, un espacio de solaz y esparcimiento, de aprendizaje y de reposo cuando estamos cansados, de estímulo cuando andamos “ponchados”, de amor y aceptación incondicional.