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Enero 5 del 2014

¡Domingo! ¡Se acabaron las vacaciones! Mañana regresaremos a la escuela, al trabajo, a nuestro quehacer rutinario. Vale la pena tomarnos el día con calma y disfrutarlo.

Por supuesto, al abrir los ojos dimos gracias, tenemos claro lo que queremos lograr en los meses venideros, y almacenamos paciencia para cuando las cosas se pongan difíciles.

Podemos introducir un pequeño cambio que no nos cause mucho conflicto, por ejemplo:
• Preparar desde la noche anterior la ropa que nos vamos a poner al día siguiente. Revisarla que no esté descosida, le falte un botón, o esté arrugada.
• Decidir qué accesorios vamos a usar: cinturón, zapatos, bolsa, aretes, anillos, etc.
• Revisar que nuestro portafolio (mochila) tenga todo lo que vamos a utilizar en las clases o en el trabajo.
• Cerrar el día con una meditación de unos cuantos minutos para echar fuera el estrés y sincronizarnos con la energía positiva para tener un descanso placentero.
• Evitar cerrar el día con un noticiero ya que, por lo general, el contenido es en su gran mayoría sobre desgracias, asesinatos, traiciones, robos, asaltos, terrorismo, subida de impuestos, etc. Las cosas no van a cambiar durante la noche. Puedes enterarte de lo que ha pasado si pones la radio mientras te bañas o aseas, así habrás descansado con una mejor química.
• Dar un beso y un abrazo a nuestros seres queridos, con un “te quiero mucho”, en lugar de gritarles “ya vete a dormir”.
• Poner la mesa para el desayuno.
• Otros.

Hay muchas cosas que puedes modificar para que, con la práctica, se vuelvan hábitos positivos.
Una cosa a la vez

Decide qué cambio quieres introducir en tu vida y ¡HÁZLO!

¿Sueño o realidad?

Hoy es lunes. Abro la ventana de mi recámara y contemplo un cielo azul, con algunas nubes blancas, sopla un vientecillo agradable que mece las copas de los árboles que ocupan el camellón de la avenida, se escuchan trinos de aves que melodiosas saludan a un nuevo día.    Salgo a caminar al parque cercano y saludos a los que ahí hacen yoga, tai-chi, jogging, o caminan como yo. Aunque no nos conocemos, todos nos regalamos una sonrisa y un ¡Buenos días! Desayuno con calma, leyendo mi periódico y me alisto a salir para mi trabajo. El tráfico fluye y llego a tiempo a la oficina, donde todos nos saludamos y empezamos a trabajar en un clima organizacional de apoyo al crecimiento mutuo.   Al terminar mi labor, me reúno con algunos amigos y vamos al cine y a tomar algo para cenar.  Llego a casa, escucho música relajante y me voy a dormir con la conciencia tranquila.

Hoy es lunes ¡caray! ya se me hizo tarde, tengo que correr, bañarme y arreglarme en 20 minutos. Voy a abrir la ventana, ¡caray!  mejor no, la contaminación está asquerosa, el ruido de los coches y ambulancias (vivo cerca de un hospital) es imponente. Doy unos sorbos a una taza de café y con un panecillo en la mano, echó a correr por las escaleras donde me tropiezo con el portero que gruñe una especie de saludo ininteligible. Subo al auto y ¡caray! el tráfico está atascado, los bocinazos de unos y otros, los insultos abiertos a las mujeres que aprovechan para maquillarse, el «vivo» que «avienta el coche,» es una tensión agobiadora. Llego a la oficina donde cada quien anda en lo suyo, con la preocupación de que no le roben sus ideas, su tiempo, su puesto, ¡caray! se siente frío el ambiente y el alma. 

Al terminar mi jornada corro al supermercado para hacer las compras, llego a casa a limpiar, barrer, lavar ropa, cocinar, mientras pongo el noticiario nocturno que me da escalofríos porque ¡caray! hay muerte y violencia en todo el mundo. Finalmente me desplomo en la cama, lista para tener una noche más de pesadillas. ¡Qué caray de vida!

No sé si tus días sean como la fantasía soñada que mencioné al principio, o se parezcan más a la segunda semblanza. Lo único de lo que estoy segura es que, tal vez, con un poco de organización y decisión, puedes cambiar tu vida para alcanzar tu ideal.

Conozco muchas personas, de todas las edades, que se han salido de esta macrópolis (20 millones) para irse a provincia y regresar a la no contaminación, no ruido, no presiones, alimentos frescos, tratar y ser tratado con amabilidad y respeto. Ellas y ellos evitan que lo último que llegue a su cerebro y emociones en las noches sea una recopilación de la basura de todo el mundo, viven en paz consigo mismos y luchan por conservar su entorno. Ésta es una solución, puede haber muchas otras variables para no tener que decir ¡caray! veinte veces al día.

Nota: En lugar de ¡caray!  Piensa en la exclamación que se acostumbra en tu ciudad o país.