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ANTONIO MACHADO

“Caminante, son tus huellas

el camino y nada más;

Caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.

Al andar se hace el camino,

y al volver la vista atrás

se ve la senda que nunca

se ha de volver a pisar.

Caminante no hay camino

Si no estelas en la mar”.

Esta poesía la hemos escuchado muchas veces en la voz de Juan Manuel Serrat, y otros artistas muy conocidos en todo el mundo.

Este año se cumplieron 80 años de la muerte del poeta (22 de febrero 1939), en un pequeño pueblecito de Francia, adonde él y su madre habían llegado huyendo de las tropas de Franco, después de un cruento y largo recorrido a través de Los Pirineos,  para cruzar la frontera entre Cerbére y Port Bou (27 de enero 1939).

Para mí es muy significativa la fecha porque, aunque el medio en que llegaron a Port Bou fue distinto en el caso de mis padres, también Republicanos, y mis tres hermanos mayores de tres, seis y diez años, coincidieron en el local en que las autoridades francesas concentraron a los primeros refugiados que empezaron una diáspora que los rebasó en forma impensable.

Mi madre nos platicaba como pasaron ahí unas horas, en las que un señor de edad avanzada tosía sin parar. Ella tenía en una de las dos maletas que formaban todo su equipaje, una pequeña hornilla con la que preparó una infusión que le dio al anciano y a su madre,  que sirvió para que amenguaran los accesos de tos. Mi padre había ido a buscar sus contactos con las autoridades locales para obtener el salvoconducto para llegar a París, y fue hasta que él llegó que le dijo a mi madre que ese anciano era un gran poeta republicano.

Así, las dos familias, y miles más, dejaron atrás el camino que ya nunca habrían de volver a pisar: el del regreso a España. Antonio Machado y su madre, con dos días de diferencia, murieron en Coillure, Francia.  Mis padres y hermanos españoles fallecieron en México, país que los recibió con los brazos abiertos, les permitió salir adelante, y dejar a cuatro hijos mexicanos, que los enterraron en esta su segunda patria.

En estos tiempos en que hay exiliados políticos en muchos partes de mundo, vale la pena reflexionar sobre lo duro, doloroso, difícil, incierto, que es para ellos “dejar atrás”  su patria, su pueblo, su familia, sus costumbres, amigos, conocidos, costumbres, y empezar de cero en tierras desconocidas. Vale la pena sentir solidaridad y ser generosos con ellos.

Es de todos sabido que, en estos casos, puede haber “colados” entre los exiliados políticos: oportunistas, delincuentes, arribistas, mentes turbias que quieren sacar partido para sus fines personales o ideológicos. Vale la pena hacer una criba para separar a unos de otros.

 

 

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Honor a quien honor merece

Acabo de recibir una información que me envía un amigo y que considero vale la pena compartir con ustedes, ya que muchas veces no recordamos a personas que llevaaron a cabo tareas difíciles, riesgosas, agotadoras, para ayudar a los demás, en este caso, a salvar la vida.

” NADIE ES PROFETA EN SU TIERRA ” es una frase muy conocida, que viene al caso porque en Austria le pusieron el nombre del diplomático mexicano Gilberto Bosques Saldívar a una calle y lo homenajearon, mientras que aquí, en su país, muchos no sabemos de su labor humanitaria durante la post guerra civil española y la segunda guerra mundial.  Transcribo el mensaje literalmente:

Gracias a la película ‘La Lista de Schindler’ de Steven Spielberg hemos conocido las acciones riesgosas realizadas por Oskar Schindler para salvar a unos 1200 judíos del holocausto nazi.

Sin embargo pocos hemos oído hablar de la labor del diplomático mexicano Gilberto Bosques para salvar la vida de más de 40 mil personas durante la ocupación nazi en Europa.

Gilberto Bosques Saldivar fue el Cónsul General de México en Francia de 1939 a 1944, quien respondiendo al llamado de su propia conciencia, ayudó desde su posición diplomática a huir de los regímenes franquista y nazi a refugiados españoles republicanos, judíos franceses, libaneses, socialistas, comunistas y otros perseguidos, entre ellos líderes políticos europeos de oposición y miembros de la resistencia antifascista, quienes habían sido señalados para ser enviados a los centros de concentración, ofreciéndoles a todos ellos residencia y nacionalidad mexicana.

Cuando París estaba a punto de ser tomada por los alemanes, Bosques sale de la ciudad y tras varios viajes decide asentar el consulado en Marsella, el puerto de la zona del Gobierno francés de Vichy, nominalmente independiente de los alemanes.

Su primera preocupación fue defender a los mexicanos residentes en la Francia no ocupada, pero al conocer las atrocidades de la persecución nazi protegió también a otros grupos.

Apoyó a libaneses con pasaporte mexicano y a refugiados españoles que buscaban huir de los nazis.

De hecho, se cree que fue él quien convenció al presidente Lázaro Cárdenas de abrir las puertas de México a los republicanos españoles.

Era tan grande la afluencia de refugiados que buscaban una visa mexicana que Bosques alquiló dos castillos (el de Reynarde y el de Montgrand) para convertirlos en centros de asilo mientras se arreglaba su salida hacia México.

Entre 800 u 850 fueron alojados en uno de los castillos, mientras que en el otro se albergaron 500 niños y mujeres.

Adicionalmente, rentó varios barcos que salieron del puerto de Marsella transportando Judíos y otros perseguidos hacia países Africanos donde más tarde fueron trasladados a México, Brasil, Argentina y otros países de América.

En un periodo de dos años, bajo su auspicio, poco más de 40,000 visas fueron expedidas para quienes deseaban huir de la tiranía nazi.

Al concedérseles visas mexicanas, las autoridades francesas los dejaban salir del país porque consideraban que ya no serían un problema político para ellas.

Más complicado fue el caso de los judíos.

El consulado ocultó, documentó y les dio visas a numerosos judíos, pero era mucho más difícil sacarlos de Francia.

Desde Marsella el embajador mexicano también tuvo que hacer frente al hostigamiento de las autoridades pro alemanas francesas, al espionaje de la Gestapo, del gobierno de Franco y de la representación diplomática japonesa, que tenía sus oficinas en el mismo edificio de la delegación mexicana.

Finalmente México rompió las relaciones diplomáticas con el Gobierno de Vichy.

Gilberto Bosques presentó la nota de ruptura.

Poco después el consulado fue tomado por asalto por tropas de la Gestapo alemana, que confiscaron ilegalmente el dinero que la oficina mantenía para su operación.

Bosques, su familia (su esposa María Luisa Manjarrez y sus tres hijos: Laura María, María Teresa y Gilberto Froylán; entonces de 17, 16 y 14años, respectivamente) y el personal del consulado, 43 personas en total, fueron trasladados hasta la comunidad de Amélie-les-Bains.

Después, violando las normas diplomáticas, se les llevó a Alemania, al pueblo Bad Godesberg, y se les recluyó en un “hotel prisión”.

Bosques fue finalmente liberado y regresó a México en abril de 1944.

Miles de refugiados españoles y judíos lo esperaban en la estación de ferrocarril de la capital para recibirlo.

Su júbilo zumbaba en el andén de la estación ferroviaria.

Lo cargaron en hombros.

Era al México generoso y libre al que ellos exaltaban en Gilberto Bosques, el más sobresaliente ejemplo del característico espíritu de la solidaridad de los mexicanos.

Una de sus más grandes lecciones de vida es que aunque resulte difícil, no es imposible mantener la decencia de uno frente a la maldad moral.

Pues al ayudar a otra persona quien en tu comunidad, tu sociedad o tu nación se ha convertido en un paria, un rechazado, y sabiendo que al hacerlo puedes ganarte el desprecio, el escarnio, e incluso el poner en riesgo tu vida, es tomar una posición moral de valor incalculable, que puede alterar y dar un rayo de luz y un viento de esperanza en medio de lo que parezca un reinado de terror omnipotente.

El 4 de junio de 2003 el gobierno austriaco impuso a una de sus calles, en el Distrito 22 de Viena, el nombre Paseo Gilberto Bosques.

Los pocos que conocen la historia de Gilberto Bosques suelen llamarlo “El Schindler Mexicano”.

Y así como Schindler tuvo su lista de trabajadores judíos protegidos, Bosques tuvo sus visas a la libertad: “Las Visas de Bosques”.

 

14 de abril

Hoy es aniversario de la Segunda República Española (14 de abril de 1931).  Dentro de mis recuerdos de infancia está cómo se celebraba este día en mi casa con una paella, rociada con un Paternina tinto, a la que antecedían botanas de jamón serrano, lomo embuchado, aceitunas, espárragos, anchoas, boquerones, chorizo, quesos de todo tipo (mis favoritos, el Cabrales y el de oveja de Burgos), además de todo tipo de dulces.  Claro que había otros vinos, sólo que a los niños nos dejaban probar un poquito de tinto y nada más.

Como digo en la introducción del libro de “Memorias de un niño durante la guerra y el exilio”, yo crecí escuchando a mis padres y a mi hermano mayor platicar sobre el infierno que habían vivido durante la Guerra Civil española, y era tanto el dolor que había en esos relatos que opté por evadirme y salir huyendo, en todos sentidos, de todo aquello que tuviera que ver con el tema.

Cuando habían ya muerto mis padres y uno de mis hermanos españoles, y el mayor estaba ya viejo y enfermo, me percaté de que si él moría, desaparecería con él una parte de la historia de mi familia, por lo que con todo profesionalismo hice una labor de recopilación de sus recuerdos de la guerra e investigué para verificar que concordaran con los eventos históricos. Fueron sesiones muy intensas y duras para los dos y quedábamos agotados: él por revivir su dolor y yo por vencer la evasión y permitirme sentirlo, mediante la empatía, por primera vez.

Omití escribir el nombre del pueblo donde nacieron mi padre y mis hermanos, porque considero que puede ser el pueblo de miles de españoles que, como ellos, tuvieron que abandonar el suyo, dejando atrás todo: la familia, el hogar, la patria, para empezar, desde cero, en otro lugar desconocido.

A raíz de las presentaciones del libro, se me han acercado personas de Europa Central, Rusia, Centro América y otros muchos lugares para decirme que habían leído el libro y que eran parecidas las vivencias a lo que sus padres o ellos habían vivido,  años atrás o recientemente, al tener que salir huyendo de su País.

El dolor de un niño es un dolor sin nacionalidad, raza, condición económica, política, social o cultural, y hoy en día, en muchas partes del mundo hay niños víctimas de la guerra o la guerrilla. Sólo si tomamos conciencia de ello, podremos colaborar con un granito de arena para lograr la paz: en nuestros corazones, nuestra mente, nuestra familia, nuestro barrio, nuestra ciudad, nuestro país y en el mundo entero.

Los invito a reflexionar sobre esos niños y hacer algo al respecto. ¿Qué se les ocurre que podamos hacer?