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Septiembre 23 del 2014

Renovación 267

El miedo puede afectarnos, influir en nuestra forma de actuar y puede hasta hacer que nos enfermemos.

Por lo general, sentimos el miedo en la “boca del estómago” y decimos que sentimos mariposas aleteando ahí. Hay una explicación física para esta sensación.

El miedo es un mecanismo de sobrevivencia de nuestro organismo ante una amenaza. Cuando estamos ante el peligro y se alerta nuestra mente, hay una serie de respuestas orgánicas que preparan nuestro cuerpo para las dos conductas que nos ayudan a salir de la situación amenazante: huir o combatir.

Una de esas respuestas es la vaso-constricción de las arterias que van hacía el estómago, para enviar más sangre a extremidades superiores e inferiores y poder correr o golpear. La naturaleza es una muestra asombrosa de un orden que nos rebasa en todos sentidos.

La amenaza puede ser real o imaginaria, eso no importa, nuestro organismo va a responder igual ante ella.

¿Qué pasa cuando la amenaza es imaginaria? ¿Qué sucede cuando es constante y no desaparece? El miedo va a estar ahí, la vaso-constricción, también. A las capas interiores del estómago no les va a llegar suficiente oxígeno y surgirá una gastritis, una úlcera, etcétera.

Si alguna vez en nuestra infancia, o posteriormente, sufrimos una amenaza que vivimos como mortal y no manejamos las emociones que surgieron del evento, ni hemos procesado los sentimientos que de él derivaron, podemos sufrir ataques de pánico cuando algún “disparador” nos conecte a la situación original. Si este es el caso, puede haber una alteración bioquímica que requiera apoyo de un psiquiatra. No estamos locos, vamos a regular la bioquímica de nuestro cerebro nada más.

Vamos a manejar el miedo, a ponerle un nombre, a quitarle lo intangible, a permitir que deje de ser un fantasma y podamos aclarar a qué le tenemos miedo, y valorar si es real el peligro o sólo existe en nuestra imaginación.

Contamos con muchos recursos mentales, psicológicos, físicos, espirituales, energéticos. Vamos a utilizarlos todos para vivir en paz y armonía con nuestro pasado, nuestro presente, y construir un futuro donde prevalezca el bienestar en todos los aspectos.

FEBRERO 15 DEL 2014

Renovación 46

Para muchas personas existe un fantasma que las persigue desde que tienen uso de razón: la muerte.

Con eL miedo atenazando el corazón, no viven por tratar de esquivar a la muerte que va a llegar, puntual, inexorable, cuando sea el momento programado para ella.

En lugar de vivir en el miedo, vamos a vivir la alegría del minuto presente, de lo que sí tenemos, de todo lo que hemos disfrutado en el pasado: familia, bienestar, experiencias, aprendizaje.

¿Queremos quitarnos años? ¿Hacernos una cirugía plástica para ello? ¿Qué tal que llevamos a cabo una intervención quirúrgica mental y extirpamos el pesimismo, los miedos, los fantasma que no nos dejan vivir felices?

¿Qué tal que optamos por implantar una mentalidad positiva, de triunfadores, y empezamos a dar vida a lo mucho positivo que tenemos dentro de nosotros mismos y a nuestro alrededor?

Podemos elegir entre vivir viviendo o vivir muriendo. ¿A qué le damos más peso? ¿A la vida o a la muerte?

El placer está a nuestro alcance, es cosa de tomar la decisión de experimentarlo.

El fantasma de Soledad

Ya que hemos estado tocando el tema de la muerte, déjenme decirles que en la casona en que vivimos en Oaxaca había un fantasma. Sé que muchos de ustedes lo tomarán a broma, están en su derecho. Otros, como yo, admitirán la posibilidad de que existan estas presencias.

La casa era muy antigua, con techos muy altos (6 metros) atravesados por vigas de madera natural. Todas las habitaciones daban al patio mediante una puerta de madera maciza que se abría en dos, y que tenía varios vidrios rectangulares que se cubrían por dentro con una puerta de madera delgada que impedía el paso de la luz si uno lo deseaba. La oscuridad y el silencio era total en las noches, a menos que algún grillo imprudente se hubiera escondido por ahí. Nana Soledad dormía en una habitación que estaba junto a la cocina y que daba a un patio trasero, adonde se iba hasta que todos dormíamos.

Una noche escuché unos ruidos en el pasillo, me asomé por los vidrios de la puerta de mi cuarto y me pareció ver una figura blanca pasar. Al día siguiente le conté a Soledad quien me dijo que era un enamorado suyo que la había seguido desde su pueblo. Su pretendiente no era aceptado por su papá y hermanos, porque pertenecía a otro pueblo y otra “raza”, no era zapoteco, por lo que le prohibieron que lo viera. 

Ya sabemos que si queremos que algo se arraigue, sólo hay que prohibirlo. Los enamorados se veían a escondidas, entre el maizal, a la orilla del río y así, a hurtadillas, iban tejiendo su historia de amor, hasta que los sorprendieron. A ella le costó una golpiza y que la encerraran en su casa una semana sin salir; a él, la vida. Salieron a relucir los machetes y pelearon hasta que los hermanos “lavaron su honor”.  Soledad les dijo que nunca se casaría, lo cual estaba cumpliendo. Yo le pregunté cómo podía seguirla su novio si estaba muerto, a lo que ella contestó que el amor es más fuerte que la muerte y que por eso él iba a visitarla para cuidarla y mostrarle que la seguía queriendo.

Muchas preguntas se agolparon en mi mente: ¿Él no tendría otra cosa que hacer? ¿Se podía regresar a este mundo cuando uno quisiera? ¿Dónde estaba cuando no venía a visitar a Soledad? ¿De qué le servía regresar si no podía ser su esposo? ¿Qué les había pasado a los hermanos que lo mataron? Soledad no me respondió ninguna, lo hizo un “huesero” ciego que venía a la casa a rehabilitar a una sobrina de 6 meses a quien le había dado poliomelitis  y había quedado paralítica.  Cuando llegó este hombre y entró a la habitación, se dirigió a la esquina donde estaba Soledad, le recorrió el rostro con la mano y le dijo que al terminar la sesión quería hablar con ella.

Cuando conversó con ella en el patio, yo me escondí detrás de una columna y los escuché. Le dijo que ella estaba reteniendo a un ser querido que necesitaba reposar, que era necesario que lo dejara seguir su camino en el valle de los muertos, que el rencor que ella sentía por sus hermanos le hacía daño a su novio porque lo estancaba en su muerte, que limpiara su corazón como una muestra de amor hacia todos. Soledad lloró mucho y así siguió algún tiempo, hablaba sola a ratos, prendía veladoras delante de la Virgen de la Soledad (patrona de Oaxaca) y platicaba con ella cuando creía que no la escuchábamos. El fantasma seguía caminando por los pasillos en las noches.

Pasado un tiempo, la paz llegó al corazón de Soledad, empezó a sonreír, fue a visitar a su familia al pueblo y los abrazó, andaba de buen humor, nos hacía molotes y nos daba chocolate caliente con buñuelos que hacía sobre sus rodillas. Noté que el fantasma ya no andaba por la casa, con lo que quedé más tranquila. ¿Han vivido alguna experiencia así? ¿Quieren compartirla?