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TERAPIA INTENSIVA

Incluyo el tercer relato corto sobre mujeres diferentes, de las que cualquier parecido con alguien que conozcan es pura coincidencia. . A partir de mañana compartiré relatos de mujeres ejemplares, dignas de admiración y respeto.

Eugenia nació en una bella ciudad de provincia donde estudió hasta la preparatoria y, como no había ahí una universidad, se vino a la ciudad de México a estudiar Filosofía y Letras.

Se alojó en una pensión propiedad de una paisana  de sus papás, para que ellos sintieran que iba a estar bien cuidada. Ahí conoció a un muchacho llamado Jorge, simpático y  bromista, que también  estudiaba en la UNAM, pero que tenía una novia en provincia.  Tejió una red muy sutil y  efectiva que provocó que rompiera su noviazgo e iniciara uno con ella. Cuando terminaron de estudiar, como ella no quería regresar a provincia, precipitó las cosas para que se casaran antes de inmediato.

Se fueron a vivir a un pequeño departamento en la colonia Roma, que los padres de ambos amueblaron y equiparon con lo más moderno que había, y ellos se dedicaron a disfrutar. Eugenia se pasaba el día sin hacer nada porque su mamá le había mandado una sirvienta que llevaba la casa, así que se dedicaba a visitar amistades y divertirse con su marido.

Pasados unos años, el bufete de Jorge había crecido a paso acelerado, y daba servicio a una numerosa clientela de élite. Ocupaba toda una planta en un edificio ubicado en Polanco, donde trabajaban 15 personas entre socios y empleados, con lo que la situación económica de la pareja era holgada, y su vida social muy intensa.

Decidieron tener familia por lo que compraron una casa en la misma colonia, una mansión de estilo colonial, que constaba de tres pisos: en la planta baja estaban los garajes y los cuartos de servicio, en el primer piso una gran estancia con un bar muy amplio y una enorme sala-comedor, antecomedor, cocina y el salón de juegos. En el siguiente piso había cinco recámaras, cada una con su baño.

Eugenia no se molestaba en nada. Cuando nacieron los niños, dos hombres y dos mujeres, la que se encargó de ellos, día y noche, fue una Nana que le mandó su mamá. Había también una cocinera cuya hermana hacía las labores de limpieza, aparte del jardinero que iba una vez a la semana y que limpiaba también los vidrios, enceraba muebles, etc. Jorge pagaba directamente los sueldos y se encargaba del mantenimiento y reparaciones de la casa, por lo que ella era como una hija más.

La Nana, que dormía en uno de los cuartos del tercer piso para poder estar al pendiente de los niños ya que los papás salían casi todas las noches, los despertaba temprano, los vestía (hasta los 10 años), les daba de desayunar y los ayudaba a subir al transporte escolar. En mediodía los recibía de la escuela, les daba de comer y los cuidaba hasta la hora del baño, la cena y acostarlos. Disponía para sus asuntos personales del tiempo que ellos estaban en el colegio.

Eugenia no se levantaba antes de las 10 de la mañana en que se iba al gimnasio o de compras. Su marido no venía entre semana a comer, por lo que los martes y jueves ella tenía una reunión desde la comida para jugar cartas hasta las 10 de la noche. Los lunes comía con sus amigas en algún centro comercial al que iban de compras, y los miércoles y viernes comía con sus hijos, y se iba a dormir una prolongada siesta, para arreglarse y salir por la noche al cine, al teatro, a alguna reunión social o cena de compromiso.

Jorge estaba siempre ocupado o de viaje, por lo que se veían poco. En una ocasión, una de sus amigas le dijo que si no le daba miedo que él tuviera una amante y por eso estuviese ausente tanto tiempo, a lo que Eugenia respondió: “mientras a mí me tenga como una princesa, y pueda yo gastar todo lo que quiera, eso no me importa”.

Una vez al año se iban de viaje a Europa, Asia o Sudamérica durante un mes, casi siempre con un grupo de amigos. Hoteles de lujo como el Waldorf Astoria o El Plaza en Nueva York, el George V en París, el Ritz Palace en Madrid, cruceros con suites enormes para ir a las Islas Griegas, a los fiordos de Noruega, a San Petersburgo, al Mediterráneo, seguir en uno de ellos el curso del Rin desde Rotterdam en Holanda, hasta Basilea en Suiza, autos con chofer, en fin, no se privaban de nada durante estos recorridos. Ellas no visitaban muchos museos, pero no había tienda o joyería que se les escapara en ningún lugar, mientras los maridos hacían lo mismo o se iban a tomar una copa por ahí.

Fueron muchos años de vivir cada uno su vida por separado, él, trabajando mucho, cultivando sus relaciones profesionales, amasando una fortuna, y ella, gastando el dinero que su marido ganaba en ropa, joyas y símbolos de status. Convivían socialmente con mucha frecuencia, ya fuera con sus amistades, o con clientes potenciales o establecidos.

A los niños, que eran bien parecidos y agradables como los papás y estaban por lo general sanos, los veían por lo general los fines de semana. No eran unos alumnos brillantes, inclusive uno de ellos reprobó un año, lo que no preocupó a los padres que decían que sólo se es niño una vez, que ya crecerían. Los abuelos tenían una recámara para ellos y se alternaban para visitar a los nietos durante una semana de vez en cuando, y cuando venían a quedarse en México todo el mes que Eugenia y Jorge se iban de vacaciones.

Así transcurrieron muchos años, todo era “miel sobre hojuelas”, hasta que una aciaga mañana del mes de octubre, cuando Jorge estaba en el bufete, sintió un fuerte dolor de cabeza y se desmayó. Lo llevaron de inmediato al hospital, donde lo internaron para hacerle estudios. Resultó que había sufrido un accidente cardiovascular masivo. Cirugías, transfusiones, nerviosismo, tiempo de espera para ver qué secuelas quedaban. “Está estable” era el diagnóstico que daban los médicos. Poco a poco, empezó a mejorar, cuando de pronto se puso muy grave: resultó que había contraído una infección que lo tenía al borde la muerte, en estado de coma, interno en la Sala de Terapia Intensiva (UCI).

Eugenia, que había pasado de ser hija de familia a una princesa consentida y mimada, nunca había enfrentado el dolor ni una enfermedad en su familia, por lo que no sabía qué hacer. Los abuelos vinieron a su casa para quedarse con los niños y el servicio estaba acostumbrado a funcionar solo, así que ella no hacía falta para que todo siguiera adelante.

Los médicos los conocían y se esmeraron en dar a Jorge la mejor atención profesional y humana posible, sin embargo se desconcertaban cuando reportaban a Eugenia la condición médica, ya que ella les decía que no entendía nada, que ellos tomaran las decisiones que hicieran falta.

Mientras Jorge estaba en la sala de Cuidados Intensivos, Eugenia se quedaba en una suite de lujo en el mismo hospital. Hizo que le trajeran todos sus artículos de tocador y mucha ropa para cambiarse y estar siempre impecable, y se quedaba ahí diciendo que no quería salir. Se percató que esa era una posición social aceptada. Las amistades se turnaban para llegar por la tarde y llevarla comer-cenar a un buen restaurante cercano, y las amigas iban a por ella para irse a desayunar juntas.

A las visitas de la UCI no iba porque se “deprimía mucho”, por lo que la persona que se quedaba en las noches con Jorge era una abogada del despacho, la segunda de a bordo, a quien los médicos también conocían, por lo que, por las noches, colocaban una cama junto al enfermo para ella. Sólo salía por la mañana temprano para irse a bañar y cambiarse a su casa, e ir al despacho y atender los asuntos urgentes, y regresaba para estar junto a él el mayor tiempo posible.

Esta difícil situación, en la que Jorge estuvo varias veces a punto de morir, y sufrió varias cirugías, duró tres mes, tiempo en que la abogada estuvo con él todas las noches. Eugenia no lo visitó ni una sola vez porque se ponía nerviosa, aunque los médicos y amistades le insistían que era conveniente que fuera a platicar con él y le infundiera ánimos.

Finalmente, a Jorge lo dieron de alta y se fue a su casa, donde lo instalaron en el salón de juegos, que tenía un baño completo y estaba cerca de la sala y comedor, para que pudiera salir a comer ahí con los niños, ya que no podía subir y bajar escaleras todavía.. Contrataron a un cuidador que lo atendía día y noche, lo ayudaba a asearse, rasurarse, levantarse de la cama, desplazarse para ir a comer o a ver la televisión. Ahí recibía a sus amistades y socios del bufete que le informaban cómo iban las cosas en su ausencia. Eugenia le pidió que vinieran los socios hombres y no la abogada que lo había cuidado en el hospital para evitar que las amistades fueran a “inventar chismes”, lo que Jorge acepto sin rechistar.

Estaba muy mermado física y anímicamente, había adelgazado hasta ser casi un esqueleto forrado de piel, se sentía desorientado y no tenía fuerzas para valerse por sí mismo, por lo que se convirtió en un paciente muy manejable y que no daba problemas.

Eugenia siguió durmiendo sola en la recámara matrimonial, levantándose tarde, saliendo con sus amigas a jugar o de compras, en fin, se reintegró a la vida que llevaba antes de que su marido enfermara. Decía que ahora los niños estaban más cuidados y mimados por el papá, lo que le permitía ausentarse más, porque se ponía nerviosa con tanta gente en la casa. En efecto, la casa estaba siempre llena de gente. Nada más del servicio eran las tres asistentas,  el chofer todos los días para llevar a Jorge al doctor o a sus terapias y el cuidador, con lo que hablamos de cinco o seis elementos de ayuda. Los papás de Jorge se habían mudado a la casa para estar todo el tiempo con él, los cuatro niños y Jorge sumaban siete personas, y cuando estaba Eugenia, ocho. Esto se traducía en que la cocinera estaba todo el día en activo preparando alimentos para doce o trece personas. Era una multitud cuando venía un amiguito de los niños de visita o alguna amistad caía por ahí.

Gracias a que habían ahorros suficientes, no se presentaron problemas económicos, aunque el papá de Jorge se tuvo que encargar del mantenimiento de la casa y contratar al plomero o al electricista cuando algo fallaba, y uno de los socios, de cubrir los sueldos de todos los que laboraban en ella.

Esta situación duró varios meses, hasta que sorpresivamente, Jorge murió de un infarto al corazón, con lo que Eugenia se volvió, otra vez, la figura estelar, la viuda apesadumbrada y llorosa durante todo el funeral y los meses siguientes.

El testamento estaba a su favor. Ella heredó, en nuda propiedad, la casa que era para los hijos, se quedó con la casa de Valle, todas las cuentas bancarias y de inversión, y el bufete del que Jorge era el socio mayoritario, así que tenía el futuro resuelto para criar a sus hijos sin preocupaciones.

Como el bufete no le interesaba, vendió a los socios la parte de Jorge a un precio muy módico, con una única condición, que a la abogada que había cuidado a Jorge en el hospital, la liquidaran de acuerdo con la ley y nada más. Los socios le dijeron que eso no era justo, que ella era la segunda en orden jerárquico y merecía la oportunidad de quedarse en el despacho, ante lo cual, la princesa se transformó en fiera. Con una voz sibilante les dijo que sabían muy bien por qué hacía esto y que, si no estaban de acuerdo con su decisión, vendería la parte de Jorge a otros abogados, además de enfatizarles que ella era la propietaria del piso que ocupaba el bufete y, si accedían, les cobraría una renta moderada y les vendería el mobiliario a un precio accesible. Ante esta amenaza, los socios cedieron y liquidaron a su compañera.

Las amigas estaban asombradas ante esta reacción de Eugenia, ya no era la mujercita dependiente que sólo estiraba la mano para pedir dinero, o para recibir alguna joya, estaba tomando el control del dinero y decisiones sobre él como si siempre lo hubiera hecho.

Cuando le preguntaron por qué se había portado así con la abogada, les dijo que era ingenua pero no tanto, que sabía que ella era amante de su marido desde hacía muchos años, estaba enterada de que salían de viaje con cierta frecuencia, en fin, que tenían una relación establecida, lo que a ella no le importaba mientras él cumpliera con su deber de padre y le diera todo lo que le pedía, pero que no se le daba la gana que ella siguiera en el despacho.

Lo que Eugenia no supo es que esa abogada, que en efecto había sido la amante de Jorge sin interferir en su matrimonio, era una profesionista muy capaz. En el medio legal, cuando se supo que la liquidaron, le llovieron las ofertas de trabajo y aceptó una que duplicó sus ingresos. Ella provenía de una familia acomodada, tenía un patrimonio holgado, y había sido más compañera y amiga de Jorge que amante, ya que él no podía platicar nada de sus negocios con Eugenia porque “tenía la cabeza hueca” decía él. Convivían doce o catorce horas diarias en el bufete y con reuniones con los clientes, hablaban el mismo idioma, tenían los mismos intereses, los dos eran atractivos y jóvenes, por lo que pasó lo esperado en los casos en que la esposa-princesa no conoce ni comparte el mundo laboral del marido. Por supuesto que se enamoró de él y tuvo el privilegio de cuidarlo en los momentos más difíciles de su vida, lo que la hizo sentirse tranquila. Después, cuando Jorge estuvo en su casa, sólo por teléfono siguieron en contacto.

Así que lo que Eugenia consideró un castigo, dejar a la amante durante tres meses estar en la Unidad de erapia Intensiva, para que se fregara cuidando a Jorge, fue la oportunidad de alentar su amor  y poder  despedirse de él si algo pasaba.

Eugenia no sabía trabajar en nada. Toda su vida la pasó dependiendo económicamente de sus padres y de su marido. El patrimonio era abundante y alcanzó para vivir algunos años con el mismo ritmo de vida dispendioso que había llevado siempre, conservar a todo el personal de servicio, incluyendo al chofer para que llevara a los niños a sus clases extras por las tardes, mientras ella jugaba cartas con las amigas, o se iba al cine o de compras, pero llegó el día en que las arcas se encontraron casi vacías.

Ya había casado a dos hijas con muchachos de familias acomodadas, quedaba sólo el más pequeño, por lo que ella hizo lo que sabía hacer, buscó un marido que la mantuviera. No fue un hombre exitoso como Jorge, pero le dio un hogar y una vida confortable, sin lujos excesivos y sin carencias.

Eugenia estudió Filosofía y Letras para salirse de su casa y de su ciudad,, pero nunca siguió estudiando nada más. Tampoco leía ni se ocupó de enriquecer su cultura o de ejercitar su mente. Algunas amistades se preguntan si eso colaboró a que, cuando cumplió 65 años, empezara a padecer Alzheimer.

Al poco tiempo de ir perdiendo la memoria, su segundo esposo murió y ella se quedó sola. Ya sus padres habían muerto, y su hermano vivía en el extranjero, quedaban los hijos, todos casados y con niños pequeños, por lo que la internaron en una residencia para personas con enfermedades propias de la vejez o Alzheimer. Triste final para una princesa. Las amistades se retiraron y ya no la visitaban. Los hijos espaciaban sus visitas porque “los deprimía ver a su mamá así”. ¿Dónde, cuándo y de quién aprendieron esa conducta? Por ahí dicen que se cosecha lo que se siembra. Ella nunca los crio, los cuidó, se desveló con sus enfermedades infantiles, estuvo junto a ellos en la adolescencia, compartió sus alegrías y tristezas, los alentó en sus momentos difíciles, por lo que no era de extrañar que no acudieran a convivir con ella con frecuencia.

El tiempo pasó y Eugenia ya no reconocía a sus hijos ni a sus nietos, no sabía dónde estaba ni lo que había hecho. El vacío y la soledad fueron sus compañeros hasta que murió.

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LA SEÑORA “X”

Comparto con ustedes una carta de una señora “X” que acabo de recibir:

“Hace 20 años, yo era una mujer atractiva, delgada, casada, con tres hijos, a la que no se le  notaban los 35 años que había vivido en una monótona rutina desde siempre: primero hija de familia y después madre de tiempo completo, porque mi marido salía de casa a las siete de la mañana y volvía muy tarde. Mi matrimonio estaba “estancado”, ya no sentía ilusión alguna. Mis distracciones eran ver la TV y leer las revistas de chismes de los artistas.

Un día conocí a un hombre de 55 años, divorciado, bien parecido, culto, con una posición social alta y una economía holgada, y me enamoré de él en forma fulminante. Empezamos una relación en la que, para no ser vistos en público, nos reuníamos en su casa, una residencia lujosa de tres pisos, donde el servicio sólo estaba durante las mañanas, por lo que podíamos estar solos, sin correr el  riesgo de ser descubiertos. 

Con gran nostalgia evoco las muchas veces que hicimos el amor en todos los espacios de la casa y cómo llevamos a cabo las fantasías sexuales que no habíamos cumplido con nuestras parejas.  Vivimos un romance apasionado, carnal y se inició una complicidad amistosa para brindarnos apoyo mutuamente. 

Después de un tiempo, me percaté que no podía seguir con esa relación porque el precio a pagar si me descubrían era muy alto, además de que la fase del enamoramiento-descubrimiento-novedad ya había pasado, y las emociones se estaban “normalizando”, por lo que opté por terminarla y no volverlo a ver.

Ahora tengo 55 años y sigo siendo una mujer atractiva, me divorcié,  y mis hijos estudian fuera o están casados, por lo que decidí buscar al que había sido mi único amante, le telefoneé y me invitó a desayunar en su departamento, ubicado en una zona residencial céntrica y agradable.

Cuando lo vi sufrí un gran impacto que  me obligó a escucharlo sin contestar apenas mientras me mostraba su hogar, amplio y luminoso, en el que estaban el mismo comedor y sala de su antigua casa, y todo lo demás era nuevo. En su recámara, en lugar de la cama Kingsize en la que disfrutamos tanto, había una cama eléctrica , una cómoda y una silla.  Su estudio estaba igual, lleno de libros y papeles. Nos sentamos a desayunar, y apenas pude pasar bocado mientras me contaba que seguía soltero y que trabaja a un ritmo menor que antes. Me preguntó por mis hijos y sus estudios. De pronto, me levanté y dije que tenía que irme porque tenía una cita. Al caminar hacia la puerta, dije en voz alta: ¿Dónde está el señor del Pedregal?  Él fingió no haber escuchado y me despidió con amabilidad y afecto.

Había encontrado a un hombre de 75 años, con quince o veinte kilos de más, atractivo y seguro, que ahora vivía en un espacio cuatro veces menor que la casa de 600 metros construidos y 200 de jardines y patios, donde vivió 25 años, lo cual no parecía afectarle.

¿Por qué hice esa pregunta tan agresiva e inoportuna sobre dónde estaba el hombre que había conocido 20 años atrás? ¿Esperaba yo encontrarlo igual, sin arrugas y kilos de más? ¿Para qué lo había buscado? ¿Me molestaba que se sintiera satisfecho al vivir sin los lujos de su casa anterior?

Como me sentía yo tan desconcertada, investigué sobre lo que él había hecho durante los 20 años que no nos vimos. Supe que siguió trabajando, que estuvo tres veces internado en la sección de Cardiología de un reconocido hospital, que le hicieron tres cirugías abdominales, y que sufrió un accidente en el que se le dañaron dos vértebras cervicales y dos dorsales, lo que trajo consigo un intenso dolor crónico. Todo esto no alteró su actitud positiva, bondadosa, siempre dispuesto a ayudar y a encontrar lo mejor de todo lo que le rodea, y de todos con los que se relaciona, según me comentaron con respeto y admiración. 

Creo que me conviene revisar y analizar lo que me llevó a tener una relación adúltera con él hace 20 años, mis expectativas para el re-encuentro que busqué, y mi relación con la vejez y la muerte” 

 

  

 

ÑÑÑ

 

FELIZ AÑO 2018

¡Último día del año 2017!

Se cierra un ciclo e inicia otro, 2018, cuyos números suman once .  El número 11, o doble 1, tiene duplicidad de rasgos y de personalidad del uno y si lo reducimos como se hace en la numerología, obtenemos el 2 (1+1). De esta duplicidad se consigue con el número uno la energía masculina de Zeus, y la energía femenina de Hera, con el número 2.  El uno representa la creatividad y el dos, la receptividad. Esta combinación supera a todos los demás números y combinaciones. Por ahí empezamos bien.

Nada más que antes de empezar, es necesario terminar. ¿Cómo? En esta ocasión no voy a hacer  mi balance anual porque está al día, no voy a hacer promesas utópicas que incumplo al tercer día, voy a dar gracias por todo lo que soy, tengo y hago.

Démosle las gracias a Dios (a tu entidad superior, a la Vida, al Universo, a la Energía cósmica), por todas las cosas positivas que hemos logrado, disfrutado, vivido.

  • Gracias por estar viva, por gozar de mis cinco sentidos (algunos un poco mermados), por estar sana y tener un cuerpo completo y en servicio.
  • Gracias por el infinito privilegio de tener una mente capaz de razonar, pensar, discernir, crear, intuir, imaginar, organizar, administrar. Por contar con un cerebro que funciona a las mil maravillas, al que cuido, alimento y ejercito todos los días.
  • Gracias por ser parte de una familia de triunfadores, todos sanos y realizados, por poder ver a mis hijos y nietos otro año más crecer, avanzar y aprender de ellos.
  • Gracias por la lección de vida de mis ancestros ya fallecidos, a través de la cual recibí unos valores morales eternos y universales para vivir con ellos.
  • Gracias a los hermanos, sobrinos, primos, que continuamos aquí y que me alientan cuando flaquean mis fuerzas.
  • Gracias a los amigos que, sin importar los cambios de hoja en el calendario, siempre están ahí y me apoyan, comparten su experiencia y enriquecen mi vida con la suya.
  • Gracias por tener un techo y un hogar, alimentos y todo lo necesario para vivir a plenitud cada día.
  • Gracias por 365 amaneceres llenos de esperanza e ilusión.
  • Gracias por poder ayudar a otros con un mensaje de aliento y apoyo.
  • Gracias por darme la capacidad de expresarme, de compartir lo que pienso, siento y hago, con los demás.
  • Gracias por la libertad de elegir mi destino y la forma de vivir mi vida.
  • Gracias por tener la capacidad de aprender algo nuevo cada día.
  • Gracias por la Fe, la Esperanza, la entereza y el compromiso que me acompañaron en los momentos críticos en que la muerte hizo su aparición y se llevó a algunos de mis seres queridos, e intentó llevarse a uno de mis hijos.
  • Gracias por haber tenido el privilegio de estar enamorada “hasta las cachas”, y de vivir una temporada en una nube rosada estimulante y acogedora, donde todo era soñar y vivir emociones placenteras.
  • Gracias porque el amor ha rodeado mi vida todo el tiempo, a través de mis padres, hermanos, familia, hijos, amigos, maestros, compañeros, alumnos, y desconocidos que me regalaron una sonrisa de aliento en alguna ocasión.
  • Gracias por las experiencias dolorosas porque ellas me permitieron valorar más lo que SÍ tengo y lo afortunada que soy.

¡Qué haya paz en su corazón y luz en su mente!

¿eutanasia o suicidio asistido?

En el periódico El País, firmado por Esther Sánchez, se publicó hoy un artículo titulado: “Madrid aprueba por unanimidad su ley de muerte digna”, la que garantiza el derecho de los enfermos terminales a morir con dignidad, y  se refiere a que el enfermo puede rechazar tratamientos, la sedación paliativa o las medidas de soporte vital, después de haber recibido la información clínica adecuada.

Algo parecido se maneja en USA y otros países, y se conoce como “CPR” (cardiopulmonar resuscitation), documento que puede firmarse con anterioridad y ser incluido en el expediente de la persona, por si se presenta el caso de que no esté consciente en un momento de crisis.

Por tanto, la ley mencionada es una tibia respuesta a una necesidad evidente: el derecho de una persona a decidir cómo quiere morir. El partido político español Ciudadanos presento el pasado diciembre una propuesta para regular la muerte digna, y Podemos pidió en enero que se legalizara la eutanasia.

En una forma coloquial la eutanasia abarca las acciones realizadas por terceras personas, a petición expresa de un enfermo que padece una enfermedad terminal con un dolor sin límite y muy baja calidad de vida, para que muera de forma indolora y rápida. Algunos países que aprueban esta práctica son: Holanda (2001), Bélgica, Suiza y Luxemburgo. En América Latina sólo Colombia la práctica.

El suicidio asistido es algo muy distinto, ya que aquí es el enfermo el que efectúa la acción de terminar con su vida, mientras recibe asistencia médica para el procedimiento. Está legalizado en Holanda y Luxemburgo, y en algunos estados de EEUU como: Óregon (1994), Washington, Montana, Vermont.

Sólo quien ha sufrido en carne propia ver deteriorarse a un ser querido al padecer una enfermedad terminal que ha acabado con su calidad de vida, y que lo sume en dolores sin límite, puede entender la necesidad o no de estas leyes.  Nosotros, desde la barrera, abrimos la puerta al debate. ¿Usted qué opina?

Consultar:

www.elpais.com

http://www.latercera.com/noticia/conoce-las-leyes-sobre-la-eutanasia-en-distintos-paises-del-mundo/

https://sites.google.com/site/sobreeutanasias/paises-que-aprueban-la-eutanasia

www.lavoz.com.ar/…/cinco-paises-permiten-la-eutanasia-y-varios-mas-autorizan-el-bi..

www.bbc.co.uk/news/world-34445715

https://www.theguardian.com/ Society/ Assisted dying

www.newhealthguide.org/Where-Is-Euthanasia-Legal.html

http://www.linternaute.com  L’euthanasie en débat › Lois françaises

www.touteleurope.eu/actualite/l-euthanasie-en-europe.html

www.lemonde.fr/…/suicide-assiste-une-loi-n-est-pas-necessaire_4.

http://www.20minutes.fr/france/220658-20080320-euthanasie-active-passive-suicide-assisteles-mots-debat

 

 

 

 

 

 

 

¿SIN GANAS DE VIVIR?

He encontrado a personas que, tras la muerte de toda su familia en un desastre natural (inundación, terremoto), o un accidente automovilístico, dicen que no quieren seguir viviendo.

Hay quien lo dice tras la muerte de su pareja con quien vivía en una simbiosis muy fuerte, o en una codependencia muy arraigada, o algunos padres que recién perdieron a un hijo (para mí el dolor más fuerte que existe porque va contra natura).

Cuando estamos inmersos en el dolor de una pérdida importante, la muerte de un ser querido, es natural que nos sintamos así, sin ganar de seguir luchando, abrumados, aturdidos por el dolor, la impotencia, y mil sentimientos más que luchan por salir en tropel.

Es ahí donde entra en acción la Tanatología para acompañar a la persona en el proceso del duelo, para facilitar el que pueda manejar sus emociones, procesar sus sentimientos, hasta construir una nueva narrativa donde la presencia de la persona ausente, la acompañe en su vida cotidiana sin que exista perturbación o amenaza alguna.

Hay otro tipo de dolor que no proviene de la muerte de un ser querido: la muerte de una relación de pareja, el abandono de los padres, una violación, pérdida de bienes materiales, estatus o trabajo, en fin, pérdidas importantes que nos afectan mucho, y que van a estar acompañadas de emociones fuertes y sentimientos intensos y profundos (en ocasiones provenientes de duelos anteriores no resueltos, o heridas aún abiertas).

He sido testigo muchas veces de cómo la persona que maneja su duelo en una forma asertiva, con un compromiso total, encuentra, no sólo el sentido de su vida, sino el sentido de la muerte del ser querido o, en su caso, el sentido de la pérdida que la tiene sumergida en el dolor.

Podemos empezar por leer a Viktor  Frankl en su libro “El hombre en busca de sentido” (pueden bajarlo sin costo en internet), o “El hombre en busca del sentido último”, entre otras muchas publicaciones sobre la logoterapia, y recordar su frase:   “Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino”

Así que, vivamos en forma comprometida nuestro duelo, o duelos, resolvamos los asuntos pendientes, y encontremos el sentido de nuestra vida en nuestra MISIÓN. No venimos a esta vida a comer, defecar, crecer y procrear. Venimos a algo más. A cada quién le toca encontrar ese “algo más” que es lo que le dará sentido a su vida.

Si hemos andado por ahí, sobreviviendo mediante juegos psicológicos (Dr. Eric Berne “Juegos en que participamos”), vamos a salir de ellos, y a ser responsables de nosotros mismos. Podemos hacerlo. Vamos a hacerlo.