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Junio 2 del 2014

Renovación 154

Si nosotros dependemos de los demás para ser felices, les estamos dando el poder sobre nuestras vidas.

Puede ser que nuestra familia sea disfuncional y nosotros ya nos hayamos percatado de ello y estemos trabajando para asumir nuestra responsabilidad en nuestra vida y dejar que ellos hagan lo mismo con las suyas.

También puede ser que no hayamos abandonado la fantasía infantil de la familia perfecta donde somos amados, respetados, reconocidos, apoyados, mimados, impulsados a crecer y, por lo tanto, esperamos que los demás se porten según nuestra fantasía, no de acuerdo a su realidad.

“No le pidas peras al olmo”, dice el refrán. Si nos empeñamos en que algún miembro de la familia nos de amor, cuando ni siquiera es capaz de amarse a sí mismo, esa persona no es necia, somos nosotros. “Nadie puede dar lo que no tiene”.

Si condicionamos el estar bien a las emociones, pensamientos, sentimientos y acciones de los demás, les estamos dando el poder sobre nosotros. Dependemos de ellos. No somos autónomos, responsables de nosotros mismos, independientes.

Aceptar a los demás como son, con sus cualidades y defectos, sin lamentarnos porque no sean como nosotros esperamos, o queremos, que sean, es la base del equilibrio interno, ya que partimos de aceptarnos a nosotros mismos con nuestras fortalezas y debilidades. Puede ser que esperemos amor, aceptación y confianza. Vale la pena reflexionar si nosotros lo estamos dando a los demás.

Establecer límites con las personas disfuncionales es necesario, indispensable y saludable.

Aceptarlos con sus patologías es conveniente para ubicarnos en la realidad. Así son, no van a cambiar. Yo no puedo cambiarlos.

Si no soy capaz de ayudarme a mí mismo y pretendo “salvar” a los demás, la que está en patología soy yo.

Podemos amarnos a nosotros mismos. Podemos protegernos y cuidarnos, consentirnos. Podemos ampliar nuestro núcleo de relaciones sanas.

Hoy es un buen día para empezar a hacerlo.

Marzo 3 del 2014

Renovación 62

En este proceso de mejora continua que estamos llevando a cabo, es muy importante que estemos conscientes del nivel de codependencia que hemos venido sufriendo desde tiempo atrás. ¿Desde los primeros años de vida? ¿Durante la infancia? ¿Después?

Para que no nos asuste la palabra codependencia, veamos qué significa en términos coloquiales: es el proceso en el que dos organismos dependen uno del otro.

Dependencia es cuando un organismo requiere del otro para su sobrevivencia, el ejemplo más claro es la dependencia del feto en el útero. El embrión y/o feto depende al 100% de la placenta (en su caso la probeta) y sin ella, muere.

El niño nace y la meta de los padres es que tenga una formación integral que le permita ser INDEPENDIENTE y AUTÓNOMO.

El bebé, el niño y el adolescente, van a luchar por obtener esa independencia, sólo que hay unos padres para los que “la razón de vivir son sus hijos”, que no los dejan ser, los sobreprotegen y los hacen emocional, física, mental, intelectualmente, dependientes de ellos para justificarse por su vacío existencial.

Así, los hijos necesitarán a los padres en forma enfermiza, y los padres seguirán sobreprotegiendo a sus hijitos aunque tengan 50 años.

En ocasiones hemos visto cómo una niña cuyo padre es alcoholico y la madre vive en la depresión y el llanto, tiene que cuidar a ambos, escuchar sus quejas uno del otro, y quedarse con un hueco en su formación al no tener el modelaje de seres resueltos, sanos y amorosos.

Esa niña se vuelve codependiente y crecerá buscando a quién “salvar” entre quienes la rodean, siendo probable que no pueda construir una relación de pareja sana y equilibrada, con metas comunes en el que cada uno tenga su Proyecto de vida individual, diseñen juntos un Proyecto de pareja y, llegado el momento, uno familiar.

¡Dios mío! ¡Ayúdame a tomar las medidas necesarias para romper con mi codependencia y ser responsable de mí misma en todos los sentidos!

Febrero 17 del 2014

Renovación 48

Hemos descansado, nos sentimos bien, y vamos a emprender una acción específica en nuestro camino de renovación: dejar de aferrarnos a algo o a alguien.

Digo algo en general porque solemos aferrarnos a las personas, a los objetos: alhajas, muebles, pinturas, ropa, libros, al dinero, a los recuerdos del pasado, en fin, pueden existir muchas situaciones en que no podemos soltar el vínculo exagerado que sentimos por alguna persona u objeto.

Si yo me aferro a una o varias personas, mis padres, mi pareja, mis hijos, y centro en ellos la razón de mi vida, por lo que digo que sin ellos no vale la pena vivir, estoy en una posición errónea, ya que dependo de ellos para que mi vida tenga sentido.

Los padres nos educaron, nos formaron, nos criaron, y nos dieron lo mejor que pudieron de acuerdo a su historia personal. El cariño filial puede existir siempre, la diferencia es no aferrarse (agarrarse) de ellos, ya que ellos tienen su vida y es conveniente que la vivan de acuerdo a la etapa en que se encuentran.

Considero que la meta de unos padres que amen y se interesen por sus hijos, es favorecer una formación dirigida a que sean autónomos, independientes, libres, a que se realicen en todos sus roles de vida y trasciendan.

Por supuesto que hay padres que “hipotecan” sus vidas con los hijos para chantajearlos emocionalmente más tarde y “cobrar” el tiempo, esfuerzo, y dinero, que les dieron cuando dependían de ellos, lo cual no es sano.

Así que vamos a ver si yo sigo aferrada a un rol de hijo(a) dependiente emocionalmente de los que me criaron.

Vale la pena ver si nos estamos aferrando a una pareja que nunca ha sido nuestra pareja, si no alguien que cumple el rol de marido (esposa) ante la sociedad, aunque sintamos un vacío emocional enorme a su lado.

Revisemos si nos aferramos a los hijos para tener una ocupación que nos impida entrar en nosotros mismos, crecer, madurar, trascender, aun sabiendo que los hijos están prestados con nosotros, y que lo sano es que se independicen de nosotros en todos sentidos.

¿Nos aferramos a los objetos, al dinero? Cuando nos entierren, de nada nos va a servir el haber pasado la vida acumulando cosas, en lugar de disfrutarla en forma sencilla.

Después de revisar lo anterior, vamos a empezar a no aferrarnos a algo o de alguien y, poco, a poco, vamos a eliminar ese vínculo enfermizo.

Podemos hacerlo. El primer paso es la toma de conciencia, el segundo, una acción específica para resolverlo.