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TERAPIA INTENSIVA

Incluyo el tercer relato corto sobre mujeres diferentes, de las que cualquier parecido con alguien que conozcan es pura coincidencia. . A partir de mañana compartiré relatos de mujeres ejemplares, dignas de admiración y respeto.

Eugenia nació en una bella ciudad de provincia donde estudió hasta la preparatoria y, como no había ahí una universidad, se vino a la ciudad de México a estudiar Filosofía y Letras.

Se alojó en una pensión propiedad de una paisana  de sus papás, para que ellos sintieran que iba a estar bien cuidada. Ahí conoció a un muchacho llamado Jorge, simpático y  bromista, que también  estudiaba en la UNAM, pero que tenía una novia en provincia.  Tejió una red muy sutil y  efectiva que provocó que rompiera su noviazgo e iniciara uno con ella. Cuando terminaron de estudiar, como ella no quería regresar a provincia, precipitó las cosas para que se casaran antes de inmediato.

Se fueron a vivir a un pequeño departamento en la colonia Roma, que los padres de ambos amueblaron y equiparon con lo más moderno que había, y ellos se dedicaron a disfrutar. Eugenia se pasaba el día sin hacer nada porque su mamá le había mandado una sirvienta que llevaba la casa, así que se dedicaba a visitar amistades y divertirse con su marido.

Pasados unos años, el bufete de Jorge había crecido a paso acelerado, y daba servicio a una numerosa clientela de élite. Ocupaba toda una planta en un edificio ubicado en Polanco, donde trabajaban 15 personas entre socios y empleados, con lo que la situación económica de la pareja era holgada, y su vida social muy intensa.

Decidieron tener familia por lo que compraron una casa en la misma colonia, una mansión de estilo colonial, que constaba de tres pisos: en la planta baja estaban los garajes y los cuartos de servicio, en el primer piso una gran estancia con un bar muy amplio y una enorme sala-comedor, antecomedor, cocina y el salón de juegos. En el siguiente piso había cinco recámaras, cada una con su baño.

Eugenia no se molestaba en nada. Cuando nacieron los niños, dos hombres y dos mujeres, la que se encargó de ellos, día y noche, fue una Nana que le mandó su mamá. Había también una cocinera cuya hermana hacía las labores de limpieza, aparte del jardinero que iba una vez a la semana y que limpiaba también los vidrios, enceraba muebles, etc. Jorge pagaba directamente los sueldos y se encargaba del mantenimiento y reparaciones de la casa, por lo que ella era como una hija más.

La Nana, que dormía en uno de los cuartos del tercer piso para poder estar al pendiente de los niños ya que los papás salían casi todas las noches, los despertaba temprano, los vestía (hasta los 10 años), les daba de desayunar y los ayudaba a subir al transporte escolar. En mediodía los recibía de la escuela, les daba de comer y los cuidaba hasta la hora del baño, la cena y acostarlos. Disponía para sus asuntos personales del tiempo que ellos estaban en el colegio.

Eugenia no se levantaba antes de las 10 de la mañana en que se iba al gimnasio o de compras. Su marido no venía entre semana a comer, por lo que los martes y jueves ella tenía una reunión desde la comida para jugar cartas hasta las 10 de la noche. Los lunes comía con sus amigas en algún centro comercial al que iban de compras, y los miércoles y viernes comía con sus hijos, y se iba a dormir una prolongada siesta, para arreglarse y salir por la noche al cine, al teatro, a alguna reunión social o cena de compromiso.

Jorge estaba siempre ocupado o de viaje, por lo que se veían poco. En una ocasión, una de sus amigas le dijo que si no le daba miedo que él tuviera una amante y por eso estuviese ausente tanto tiempo, a lo que Eugenia respondió: “mientras a mí me tenga como una princesa, y pueda yo gastar todo lo que quiera, eso no me importa”.

Una vez al año se iban de viaje a Europa, Asia o Sudamérica durante un mes, casi siempre con un grupo de amigos. Hoteles de lujo como el Waldorf Astoria o El Plaza en Nueva York, el George V en París, el Ritz Palace en Madrid, cruceros con suites enormes para ir a las Islas Griegas, a los fiordos de Noruega, a San Petersburgo, al Mediterráneo, seguir en uno de ellos el curso del Rin desde Rotterdam en Holanda, hasta Basilea en Suiza, autos con chofer, en fin, no se privaban de nada durante estos recorridos. Ellas no visitaban muchos museos, pero no había tienda o joyería que se les escapara en ningún lugar, mientras los maridos hacían lo mismo o se iban a tomar una copa por ahí.

Fueron muchos años de vivir cada uno su vida por separado, él, trabajando mucho, cultivando sus relaciones profesionales, amasando una fortuna, y ella, gastando el dinero que su marido ganaba en ropa, joyas y símbolos de status. Convivían socialmente con mucha frecuencia, ya fuera con sus amistades, o con clientes potenciales o establecidos.

A los niños, que eran bien parecidos y agradables como los papás y estaban por lo general sanos, los veían por lo general los fines de semana. No eran unos alumnos brillantes, inclusive uno de ellos reprobó un año, lo que no preocupó a los padres que decían que sólo se es niño una vez, que ya crecerían. Los abuelos tenían una recámara para ellos y se alternaban para visitar a los nietos durante una semana de vez en cuando, y cuando venían a quedarse en México todo el mes que Eugenia y Jorge se iban de vacaciones.

Así transcurrieron muchos años, todo era “miel sobre hojuelas”, hasta que una aciaga mañana del mes de octubre, cuando Jorge estaba en el bufete, sintió un fuerte dolor de cabeza y se desmayó. Lo llevaron de inmediato al hospital, donde lo internaron para hacerle estudios. Resultó que había sufrido un accidente cardiovascular masivo. Cirugías, transfusiones, nerviosismo, tiempo de espera para ver qué secuelas quedaban. “Está estable” era el diagnóstico que daban los médicos. Poco a poco, empezó a mejorar, cuando de pronto se puso muy grave: resultó que había contraído una infección que lo tenía al borde la muerte, en estado de coma, interno en la Sala de Terapia Intensiva (UCI).

Eugenia, que había pasado de ser hija de familia a una princesa consentida y mimada, nunca había enfrentado el dolor ni una enfermedad en su familia, por lo que no sabía qué hacer. Los abuelos vinieron a su casa para quedarse con los niños y el servicio estaba acostumbrado a funcionar solo, así que ella no hacía falta para que todo siguiera adelante.

Los médicos los conocían y se esmeraron en dar a Jorge la mejor atención profesional y humana posible, sin embargo se desconcertaban cuando reportaban a Eugenia la condición médica, ya que ella les decía que no entendía nada, que ellos tomaran las decisiones que hicieran falta.

Mientras Jorge estaba en la sala de Cuidados Intensivos, Eugenia se quedaba en una suite de lujo en el mismo hospital. Hizo que le trajeran todos sus artículos de tocador y mucha ropa para cambiarse y estar siempre impecable, y se quedaba ahí diciendo que no quería salir. Se percató que esa era una posición social aceptada. Las amistades se turnaban para llegar por la tarde y llevarla comer-cenar a un buen restaurante cercano, y las amigas iban a por ella para irse a desayunar juntas.

A las visitas de la UCI no iba porque se “deprimía mucho”, por lo que la persona que se quedaba en las noches con Jorge era una abogada del despacho, la segunda de a bordo, a quien los médicos también conocían, por lo que, por las noches, colocaban una cama junto al enfermo para ella. Sólo salía por la mañana temprano para irse a bañar y cambiarse a su casa, e ir al despacho y atender los asuntos urgentes, y regresaba para estar junto a él el mayor tiempo posible.

Esta difícil situación, en la que Jorge estuvo varias veces a punto de morir, y sufrió varias cirugías, duró tres mes, tiempo en que la abogada estuvo con él todas las noches. Eugenia no lo visitó ni una sola vez porque se ponía nerviosa, aunque los médicos y amistades le insistían que era conveniente que fuera a platicar con él y le infundiera ánimos.

Finalmente, a Jorge lo dieron de alta y se fue a su casa, donde lo instalaron en el salón de juegos, que tenía un baño completo y estaba cerca de la sala y comedor, para que pudiera salir a comer ahí con los niños, ya que no podía subir y bajar escaleras todavía.. Contrataron a un cuidador que lo atendía día y noche, lo ayudaba a asearse, rasurarse, levantarse de la cama, desplazarse para ir a comer o a ver la televisión. Ahí recibía a sus amistades y socios del bufete que le informaban cómo iban las cosas en su ausencia. Eugenia le pidió que vinieran los socios hombres y no la abogada que lo había cuidado en el hospital para evitar que las amistades fueran a “inventar chismes”, lo que Jorge acepto sin rechistar.

Estaba muy mermado física y anímicamente, había adelgazado hasta ser casi un esqueleto forrado de piel, se sentía desorientado y no tenía fuerzas para valerse por sí mismo, por lo que se convirtió en un paciente muy manejable y que no daba problemas.

Eugenia siguió durmiendo sola en la recámara matrimonial, levantándose tarde, saliendo con sus amigas a jugar o de compras, en fin, se reintegró a la vida que llevaba antes de que su marido enfermara. Decía que ahora los niños estaban más cuidados y mimados por el papá, lo que le permitía ausentarse más, porque se ponía nerviosa con tanta gente en la casa. En efecto, la casa estaba siempre llena de gente. Nada más del servicio eran las tres asistentas,  el chofer todos los días para llevar a Jorge al doctor o a sus terapias y el cuidador, con lo que hablamos de cinco o seis elementos de ayuda. Los papás de Jorge se habían mudado a la casa para estar todo el tiempo con él, los cuatro niños y Jorge sumaban siete personas, y cuando estaba Eugenia, ocho. Esto se traducía en que la cocinera estaba todo el día en activo preparando alimentos para doce o trece personas. Era una multitud cuando venía un amiguito de los niños de visita o alguna amistad caía por ahí.

Gracias a que habían ahorros suficientes, no se presentaron problemas económicos, aunque el papá de Jorge se tuvo que encargar del mantenimiento de la casa y contratar al plomero o al electricista cuando algo fallaba, y uno de los socios, de cubrir los sueldos de todos los que laboraban en ella.

Esta situación duró varios meses, hasta que sorpresivamente, Jorge murió de un infarto al corazón, con lo que Eugenia se volvió, otra vez, la figura estelar, la viuda apesadumbrada y llorosa durante todo el funeral y los meses siguientes.

El testamento estaba a su favor. Ella heredó, en nuda propiedad, la casa que era para los hijos, se quedó con la casa de Valle, todas las cuentas bancarias y de inversión, y el bufete del que Jorge era el socio mayoritario, así que tenía el futuro resuelto para criar a sus hijos sin preocupaciones.

Como el bufete no le interesaba, vendió a los socios la parte de Jorge a un precio muy módico, con una única condición, que a la abogada que había cuidado a Jorge en el hospital, la liquidaran de acuerdo con la ley y nada más. Los socios le dijeron que eso no era justo, que ella era la segunda en orden jerárquico y merecía la oportunidad de quedarse en el despacho, ante lo cual, la princesa se transformó en fiera. Con una voz sibilante les dijo que sabían muy bien por qué hacía esto y que, si no estaban de acuerdo con su decisión, vendería la parte de Jorge a otros abogados, además de enfatizarles que ella era la propietaria del piso que ocupaba el bufete y, si accedían, les cobraría una renta moderada y les vendería el mobiliario a un precio accesible. Ante esta amenaza, los socios cedieron y liquidaron a su compañera.

Las amigas estaban asombradas ante esta reacción de Eugenia, ya no era la mujercita dependiente que sólo estiraba la mano para pedir dinero, o para recibir alguna joya, estaba tomando el control del dinero y decisiones sobre él como si siempre lo hubiera hecho.

Cuando le preguntaron por qué se había portado así con la abogada, les dijo que era ingenua pero no tanto, que sabía que ella era amante de su marido desde hacía muchos años, estaba enterada de que salían de viaje con cierta frecuencia, en fin, que tenían una relación establecida, lo que a ella no le importaba mientras él cumpliera con su deber de padre y le diera todo lo que le pedía, pero que no se le daba la gana que ella siguiera en el despacho.

Lo que Eugenia no supo es que esa abogada, que en efecto había sido la amante de Jorge sin interferir en su matrimonio, era una profesionista muy capaz. En el medio legal, cuando se supo que la liquidaron, le llovieron las ofertas de trabajo y aceptó una que duplicó sus ingresos. Ella provenía de una familia acomodada, tenía un patrimonio holgado, y había sido más compañera y amiga de Jorge que amante, ya que él no podía platicar nada de sus negocios con Eugenia porque “tenía la cabeza hueca” decía él. Convivían doce o catorce horas diarias en el bufete y con reuniones con los clientes, hablaban el mismo idioma, tenían los mismos intereses, los dos eran atractivos y jóvenes, por lo que pasó lo esperado en los casos en que la esposa-princesa no conoce ni comparte el mundo laboral del marido. Por supuesto que se enamoró de él y tuvo el privilegio de cuidarlo en los momentos más difíciles de su vida, lo que la hizo sentirse tranquila. Después, cuando Jorge estuvo en su casa, sólo por teléfono siguieron en contacto.

Así que lo que Eugenia consideró un castigo, dejar a la amante durante tres meses estar en la Unidad de erapia Intensiva, para que se fregara cuidando a Jorge, fue la oportunidad de alentar su amor  y poder  despedirse de él si algo pasaba.

Eugenia no sabía trabajar en nada. Toda su vida la pasó dependiendo económicamente de sus padres y de su marido. El patrimonio era abundante y alcanzó para vivir algunos años con el mismo ritmo de vida dispendioso que había llevado siempre, conservar a todo el personal de servicio, incluyendo al chofer para que llevara a los niños a sus clases extras por las tardes, mientras ella jugaba cartas con las amigas, o se iba al cine o de compras, pero llegó el día en que las arcas se encontraron casi vacías.

Ya había casado a dos hijas con muchachos de familias acomodadas, quedaba sólo el más pequeño, por lo que ella hizo lo que sabía hacer, buscó un marido que la mantuviera. No fue un hombre exitoso como Jorge, pero le dio un hogar y una vida confortable, sin lujos excesivos y sin carencias.

Eugenia estudió Filosofía y Letras para salirse de su casa y de su ciudad,, pero nunca siguió estudiando nada más. Tampoco leía ni se ocupó de enriquecer su cultura o de ejercitar su mente. Algunas amistades se preguntan si eso colaboró a que, cuando cumplió 65 años, empezara a padecer Alzheimer.

Al poco tiempo de ir perdiendo la memoria, su segundo esposo murió y ella se quedó sola. Ya sus padres habían muerto, y su hermano vivía en el extranjero, quedaban los hijos, todos casados y con niños pequeños, por lo que la internaron en una residencia para personas con enfermedades propias de la vejez o Alzheimer. Triste final para una princesa. Las amistades se retiraron y ya no la visitaban. Los hijos espaciaban sus visitas porque “los deprimía ver a su mamá así”. ¿Dónde, cuándo y de quién aprendieron esa conducta? Por ahí dicen que se cosecha lo que se siembra. Ella nunca los crio, los cuidó, se desveló con sus enfermedades infantiles, estuvo junto a ellos en la adolescencia, compartió sus alegrías y tristezas, los alentó en sus momentos difíciles, por lo que no era de extrañar que no acudieran a convivir con ella con frecuencia.

El tiempo pasó y Eugenia ya no reconocía a sus hijos ni a sus nietos, no sabía dónde estaba ni lo que había hecho. El vacío y la soledad fueron sus compañeros hasta que murió.

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# YO ME QUEDO EN CASA (9)

Una de mis nietas que vive y trabaja en Europa y, por lo tanto, está encerrada en casa, me escribió para informarme que había empezado un curso online sobre el Arte Contemporáneo del MOMA de Nueva York.

Hay una página de cursos online GRATUITOS en los que podemos inscribirnos para disfrutar con algo que siempre nos ha gustado y no hemos encontrado el tiempo para hacerlo.

Una amiga mía ha cursado varios cursos online gratuitos también, impartidos por Universidades de España.

Me consta que hay aplicaciones gratuitas en el móvil o en la computadora para aprender, reafirmar, o practicar un idioma. Yo, personalmente, he recurrido a Duolingo para aprender italiano, y lo refuerzo viendo la serie de Montalvano en la TV, donde aprendo “el lenguaje mafioso o a decir groserías”.

El saber un idioma más nos puede servir para obtener mejoras en el campo laboral, para viajar, para ampliar nuestra cultura, y ¡OJO! si somos personas de la tercera edad, nos ayuda a prevenir o retrasar el Alzheimer.

Así que otra opción de divertirnos y crecer es estudiar con disciplina y regularidad  algo que nos guste mucho.

¡ ADELANTE !

CURVA DE APRENDIZAJE

 

En una de las últimas clases que impartí, opté por

  • utilizar el método interactivo,
  • compartir una bibliografía amplia y muy completa sobre el tema que íbamos a ver.
  • darles nociones de Programación neurolingüística (PNL) sobre los tres canales de aprendizaje y comunicación,
  • compartir algunos tips esenciales de psicolingüística para que lograran una comunicación eficaz,
  • invitarlos a que investigaran y compartieran sus resultados con sus compañeros, para así construir el conocimiento entre todos,
  • solicitarles que hablaran sobre su tema frente a los demás, para que perdieran el miedo y adquirieran confianza en sí mismos,
  • escribieran un pequeño ensayo sobre la materia que abordamos en lugar de aplicar un examen,
  • proporcionarles información sobre la forma de presentarlo: introducción, desarrollo del tema, conclusión, bibliografía,
  • motivarlos para trabajar en equipo y compartir sus ensayos,
  • recalcar la conveniencia de tener un chat, o página web, del grupo para que mantuvieran la comunicación entre ellos.
  • Hablarles de la conveniencia del crecimiento integral, no sólo el cognitivo,
  • Compartir ejemplos de casos reales sobre enfermos terminales,
  • Enfatizar que es necesario vaciar la taza para que pueda caber el té, al narrar la anécdota al respecto. Que abrieran su mente para recibir el aprendizaje, lo procesaran, eliminaran lo que no les sirviera, y resolvieran sus dudas, para lograr así que se grabara en su “disco duro” la esencia ya depurada de lo aprendido.
  • Pedirles que abordaran la Tanatología desde otro punto de vista diferente al de su profesión o actividad (psicología, psiquiatría, medicina, trabajo social, enfermería), y que después incorporaran las herramientas que su experiencia y conocimientos en su rama les facilitarían su labor tanatológica.

Resultados:

  • Era un grupo heterogéneo en edad, sexo, profesión o actividad, cociente intelectual y cociente emocional, nivel cultural, etc.
  • Hubo un pequeño grupo que mostró una franca resistencia al cambio sobre la técnica de enseñanza. Algunos de ellos preferían el modelo de profesores anteriores: impartir cátedra, permitir preguntas distractoras o que sirven para para bajar la angustia,o para prolongar el tiempo y ver menos conceptos, profesionistas que no dominan las técnicas de aprendizaje constructivista, que les venden gran cantidad de material escrito (muchas me comentaron que no lo habían leído), y aplican un examen de opción múltiple. Se mostraron desconsideradas con los compañeros que tenían un conocimiento menor al suyo, y no les brindaron su apoyo.
  • Algunas de ellas consideraron que el no permitir peguntas-discurso para lucirse, o el que el que al escuchar por primera vez una concepto nuevo, lo rechazaran basados en corrientes filosóficas ajenas al tema expuesto, en lugar de investigar, analizar, evaluar, comparar, lo que les llamó la atención, y sólo después de ello, si no encontraban sentido en lo que habíamos visto, lo plantearan ante la clase, era una falta de respeto.
  • La mayoría se mostró abierta al aprendizaje, entusiasta, comprometida, honesta, motivadas a crecer en forma integral.

Tomando en cuenta el nivel de conocimientos, cultura, formación profesional, , apertura al cambio y al aprendizaje, proyectados en su trabajo escrito y en el  oral, considero que la curva de aprendizaje fue satisfactoria, y que aquellos que no estuvieron de acuerdo con la metodología que apliqué, tal vez serán los que más van a guardar en su memoria lo que rechazaron.

¿Ustedes qué opinan?

 

FAVORECER EL ÉXITO DE LOS HIJOS

 

Por circunstancias de la vida, hace poco conviví con un grupo de jóvenes mujeres, cuyo tránsito a través de la infancia y adolescencia he presenciado, o del que he tenido referencia certera y constante.

Vamos a estudiar a cinco de ellas, para ver si se confirma la premisa de  “Infancia es destino”, y algunas otras variables que pueden contribuir a que hayan tenido éxito o no, hasta ahora.

Dos de ellas nacieron y crecieron en familias de clase media alta que les dieron la oportunidad de asistir a magníficas escuelas privadas donde aprendieron dos idiomas extras, pudieron disfrutar de holganza económica, vacaciones en el extranjero, viajes nacionales e internacionales frecuentes, asistir a un club social y deportivo de lujo, recibir clases extras de diversas actividades que les gustaban. También vivieron una experiencia muy dolorosa, la pérdida del padre cuando tenían 14 años. Las madres trabajaron y mantuvieron el estatus económico y social.

La tercera tuvo las mismas oportunidades que las anteriores hasta los quince años, cuando murió su madre y el padre quedó desempleado, lo que los obligó a modificar su estándar de vida. Cursó su carrera profesional en una universidad pública, en la que estudió idiomas también.

Las tres son mujeres sanas, bien parecidas, elegantes, educadas, cultas, que  empezaron a trabajar desde segundo año de su carrera (distintas orientaciones), ganando muy poco dinero y aprendiendo mucho en la práctica. Todas ocupan un puesto de Dirección en la actualidad y ganan  honorarios muy elevados.

La que estudió en la universidad pública fue la primera en titularse y en obtener un empleo mejor remunerado que las otras dos, y que muchos de sus compañeros de la preparatoria particular a la que asistió. También fue enviada por su empresa a laborar en el extranjero con gran éxito.

Estas jóvenes tuvieron una “plataforma de despegue” privilegiada que les permitió salir al mundo sin temores sociales, con una cultura adquirida de los padres y reforzada por los viajes y la lectura. Cursaron una carrera profesional sólida, ya fuera en instituciones privadas o en una pública, y hablan inglés y francés con fluidez, además del español. Todas tuvieron el ejemplo de padre y madre que trabajaban sin descuidar a su familia, y que se superaban cada día.  Las tres perdieron a un progenitor durante la adolescencia.

Veamos ahora a las otras dos jóvenes mujeres que provienen de la clase social media baja, lo que significa que vivían en departamentos reducidos, en colonias ubicadas en los suburbios y que, aunque nunca faltó nada esencial, tampoco sobraba para lujos, viajes, diversiones, “extras”.

En ambas familia, la madre no trabajaba fuera de casa porque “no tenía necesidad, para eso tenía un marido que la mantuviera, su obligación era atender la casa y cuidar a los hijos”. Ellas habían estudiado hasta la secundaria y leían sólo revistas de chismes de los artistas, veían telenovelas, y nunca salían solas, o con amigas, a divertirse.

Los padres, hombres trabajadores, cumplidos, esforzados, que no estudiaron una carrera profesional, tenían un puesto discreto, con cuatro o cinco personas a su cargo, estaban todo el día fuera del hogar y, en muchas ocasiones, se iban con sus amigos o compañeros de trabajo a practicar algún deporte, o a jugar dominó y a tomarse unas copas con ellos.

En vacaciones iban a visitar a los abuelos a un pequeño pueblo de provincia. Cuando ya los hijos salieron de la adolescencia, viajaron a la playa con ellos. Las dos fueron a escuelas particulares durante la primaria, y a públicas después. Nadie estudió idiomas, o tomó clases extras. El nivel cultural de las dos familias era bajo, no se practicaba la lectura, ni se interesaron por alguna actividad artística.

Una de las hijas no trabajó hasta que terminó la carrera, cuando el papá la ayudó a entrar a trabajar como vendedora en la empresa en que él laboraba, actividad en la que no podía poner en práctica nada de lo que había estudiado. La otra dijo que no quería trabajar (ella no tenía necesidad para eso tenía un papá que la mantuviera), y que prefería estudiar una segunda carrera. Tiene 30 años y no sabe conducir un auto. Papá la lleva todos los días a la escuela. Éste se divorció de la mamá cuando la hija terminó su carrera, y los hijos menores,  hombres, se quedaron con la mamá, mientras la hija se fue con el papá para “hacerle casa”.

Vemos que la “plataforma social y económica de despegue” de ambas jóvenes fue más baja que en los tres primeros casos, que el rol de sus madres en el hogar era estar supeditadas, dependientes del hombre, que no había un interés por cultivarse, aprender, sobresalir, elevar su nivel cultural. La chica que empezó a trabajar como vendedora después de terminar su carrera, pudo irse a trabajar, tiempo después, a otra empresa lejos del padre, y así iniciar su desarrollo profesional, empezó a viajar, a tomar cursos, a interesarse por superarse, lo que va logrando poco a poco. La estudiante que juega el rol de esposa de su padre, sigue tranquila en su codependencia.

Quiero comentar que me consta que hombres y mujeres provenientes de familias en la que las madres no trabajaban fuera del hogar, (lo cual era lo más común hace un tiempo), de clase media, que estudiaron en escuelas públicas desde la secundaria, cuyos padres leían y promovían la lectura en los hijos, quienes no sólo terminaron su carrera, sino que cursaron maestrías y ocupan hoy día puestos directivos.

Hay casos de madres solteras, que han cubierto estudios particulares a sus hijos, quienes lograron becas a través de sus calificaciones, trabajando como secretarias, vendedoras, empleadas administrativas, que propiciaron que sus hijos se aficionaran a la lectura y ampliaran su bagage cultural, viajaran y se relacionaran sin miedo con personas de estatus superiores al suyo.

Les dejo la tarea de observar a su alrededor y sacar pistas de los casos de jóvenes exitosos que estén a su alrededor. Hay una lección en cada uno de ellos.

Recuerden que el modelaje es la clave del éxito de los hijos. Se educa con el ejemplo, no con palabras.

“Nadie puede dar lo que no tiene”

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Noviembre 11 del 2014

Renovación 315

Hace muchos años, alguien me contó una anécdota cuando yo expresé que estaba muy enojada con Dios por muchas cosas negativas y dolorosas que habían llegado a mi vida. La comparto con ustedes:

“En una de las tantas inundaciones que hay en cualquier país del mundo, en que las presas se desbordan, llueve en forma inusitada, y crecen los ríos rebasando su cauce y llevándose a su paso poblados enteros, en uno de ellos las personas ya se habían subido a los techos porque las el agua casi cubría su vivienda.

Se presentaron varios socorristas a evacuarlos y llevarlos a un lugar seguro. En una de esas casas estaba un señor de edad madura que rezaba con gran fervor cuando vino una canoa a ofrecerle sacarlo de ahí, a lo que él respondió que Dios lo iba a ayudar y no le iba a pasar nada.

Poco después vino una balsa a brindarle ayuda y los rechazó con el mismo argumento. El rezaba y le recordaba a Dios que siempre se había portado bien y asistido a misa sin falta, por lo que estaba seguro que lo iba a salvar.

Llegó una lancha de motor del ejército a rescatarlo y él se negó a subirse.

Poco después se lo llevó la corriente y murió.

Cuando llegó con Dios le reclamó por qué no lo había salvado si él siempre había sido bueno, a lo que Dios respondió que le había enviado tres lanchas para salvarlo y él las había rechazado”.

Conviene que reflexionemos cuántas veces las oportunidades para aprender, para modificar conductas disfuncionales, para ser mejores seres humanos, para perdonar y perdonarnos por nuestros errores, para liberarnos de emociones displacenteras y sentimientos negativos, han pasado por nuestra puerta, y nosotros hemos hecho oídos sordos, nos hemos tapado los ojos o hemos dirigido la vista hacia otro lado para no verlas.
En lugar de reclamar lo que no tenemos, aprovechemos lo mucho con lo que sí contamos.

Vamos a crecer emocional, cultural, cognitiva, espiritualmente todos los días de nuestra vida.