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Octubre 30 del 2014

Renovación 303

Como nos gusta tanto la palabra controlar y queremos dominar al tiempo y a los otros, también la aplicamos al hecho de sentir emociones y sentimientos.

Es probable que los patrones para frenar y controlar nuestros sentimientos los hayamos aprendido de los seres que nos criaron, en la más tierna infancia.

Veamos un ejemplo que pudo pasarnos a nosotros: Jaime tenía 5 años cuando murió en casa el abuelo que vivía con ellos. El ambiente es tenso, casi todos los mayores lloran o están muy serios. El niño llega y pregunta qué pasa. La mamá llora como respuesta y el papá le dice que no haga preguntas y se vaya a su cuarto a jugar.

Ya había muerto su mascota y la enterraron en el jardín. El niño piensa que van a hacer lo mismo con el abuelo y ya no regresará, se quedará enterrado como su hamster.

El niño siente mucho coraje porque mañana es su cumpleaños y ahora ya no tendrá fiesta; siente miedo porque piensa que igual se pueden morir su papá y mamá y se va a quedar solo. No puede expresar lo que siente porque lo mandaron a encerrarse en su recámara, y su papá le ha dicho que “los hombres no lloran” y que “los hombres no tienen miedo”. Aplica el patrón aprendido y esconde su rabia y su miedo para ser aceptado en el grupo familiar.

Es sano y conveniente controlar nuestros impulsos hasta conectar la parte pensante de nuestra mente y evaluar la situación que nos motiva.

Es negativo controlar las emociones displacenteras: ira, miedo y tristeza, ya que ello representa un desgaste energético muy fuerte que va a impactar en forma negativa a nuestro organismo, y disminuirá nuestro sistema inmunológico, por lo que podemos enfermarnos en cualquier momento.

Además, al estar tan ocupados en controlar y reprimir nuestras emociones, nos distraemos y podemos tener accidentes, que van desde golpes con las esquinas de los muebles o cortadas con el cuchillo al picar las verduras, hasta un grave accidente de coche.

Las emociones se manejan, no se controlan.

Los sentimientos se procesan y elaboran.

Octubre 28 del 2014

Renovación 301

Cuando vivimos en el miedo y la inseguridad, optamos por recurrir al control para sostener nuestra endeble personalidad.
A mayor control, mayor miedo.

Necesitamos controlar todo y a todos.

Recurrimos a querer tener el control absoluto sobre nuestro tiempo y el de los demás. Planeamos minuto a minuto lo que vamos a hacer y lo que los demás tienen que hacer, y si surge un imprevisto, nos enojamos y echamos a perder lo que habíamos avanzado.

Planear es positivo sin llegar a la manía. Ser flexibles y sabernos adaptar a los cambios cuando hay variables no previstas, es esencial para seguir en el camino trazado.

Poder establecer rutas alternas, o estudiarlas de antemano, puede ahorrarnos muchos dolores de cabeza.

“Sólo tenemos un camino de ida”

“El minuto que pasó ya no podemos volver a vivirlo”

“El tiempo es un recurso no renovable”

“El tiempo es oro”

Hay muchas frases y refranes conocidos sobre el tiempo. Tomar conciencia de su importancia nos facilita organizar nuestras tareas en el tiempo y el disfrutar al programar lo que vamos a hacer.

Coordinarnos con los demás es básico para una labor en equipo.

Ejercer presión o manipular el tiempo de otros es negativo y genera un malestar que, tarde o temprano, va a traer consecuencias negativas.

Octubre 6 del 2014

Renovación 280

Parte de las cadenas que nos aprisionan en la codependencia es la necesidad compulsiva de controlar todo, y a todos a nuestro alrededor.

Pretender controlar a los demás es anular su derecho a ser autónomos, independientes y responsables de sí mismos. Digo pretender porque si llegamos a ejercer control sobre alguien, en forma paralela, estamos propiciando que se genere la rebeldía, la inconformidad, el resentimiento.

Podemos utilizar algunas herramientas para controlar a nuestra pareja como el dinero o el sexo y, tarde que temprano, la estrategia se volverá en nuestra contra.

Podemos amenazar con quitarle la vida a alguien, o dañarlo en forma severa, y la persona se someterá hasta que termine por irse, por atacarnos o por dejarse morir, con lo que no logramos ejercer el control mucho tiempo.

No podemos controlar lo que les pasa a los demás. Si mi familiar es diabético o alcohólico, puedo favorecer que él o ella controle su enfermedad para que no avance, yo no puedo decidir por ella qué va a comer o beber.

Si un ser querido padece Alzheimer, no podemos controlar la enfermedad, podemos prevenir en ocasiones y propiciar que el deterioro no sea tan rápido, mediante medicamentos que la persona enferma va a tomar, no nosotros.

Por eso es conveniente recordar la oración de la Serenidad:

serenidad

Agosto 21 del 2014

Renovación 234

Durante años hemos controlado, o intentado controlar, todo: a los demás, lo que iba a suceder, lo que sentíamos, lo que deseábamos.

Vamos ahora a dejar que las cosas sucedan como van a suceder. Eso no quiere decir omitir nuestra parte en el diario devenir. Vamos a hacer lo que corresponde a cada momento y circunstancia presente, y vamos a hacerlo con amor y diligencia, sin obsesionarnos con la idea de que todo se tiene que hacer “a nuestra manera”, como nosotros queremos y esperamos, y en el tiempo y forma que determinamos.

Vamos a dejar de controlar a las personas. Todos los que nos rodean son seres humanos libres, independientes, autónomos. Aceptemoslos como son, con sus carencias y limitaciones sin quererlos cambiar, sin imponer nuestros deseos y creencias, sin luchar por controlar lo que hacen, piensan, sienten.

Esto es particularmente difícil con nuestros seres queridos cuando hemos estado en una relación de codependencia durante años.

Empecemos por respetarlos y darles su espacio.

Aceptemos que cada uno tiene un ritmo para crecer y madurar, y que es necesario respetar su tiempo para modificar hábitos tóxicos.

Vamos a darles todo el amor del mundo, envuelto en un papel de regalo lleno de estrellas en las cuales hay una palabra escrita en cada una: paciencia, tolerancia, comprensión, empatía, solidaridad, ternura, respeto, cariño, reconocimiento, escuchar, aceptación, confianza, seguridad, generosidad, constancia, perseverancia, etcétera. Y vamos a empezar por darnos todo ese amor a nosotros mismos.

Junio 23 del 2014

Renovación 175

Si nosotros estamos controlando a algunas personas que dependen económica o logísticamente de nosotros (hijos, empleados), estamos fomentando una relación de codependencia.

¿Qué hay detrás de ese afán de querer controlar hasta lo que piensan los demás? ¡Miedo!

Puede ser miedo a que crezcan, sean autosuficientes, se independicen y ya no nos necesiten, lo que podría acarrear una crisis como la del “nido vacío”.

Es probable que no tengamos un proyecto de vida “por escrito”, donde tengamos planeado qué vamos a hacer, cómo, cuándo, con quién lo vamos a compartir, pasos a seguir, ruta principal, rutas alternas, hasta el día en que lleguemos a la meta final: LA MUERTE.

Por ahora estamos muy ocupados controlando a los demás, y eso nos impide pensar y ocuparnos de nosotros. Tenemos miedo a que sentir un vacío existencial.

Nuestra labor como padres, maestros, asesores, es facilitar las herramientas y conocimientos que requieren nuestros hijos o alumnos, para lograr una formación integral.

Revisemos si no estamos siendo controladores y, en caso afirmativo, vamos a analizar para qué lo hacemos y solucionar la situación en nuestro interior.