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Marzo 15 del 2014

Renovación 75

¿Cuántas veces nos dijeron en la infancia: “Tú no puedes, Eres un inútil, Eres torpe, Siempre te equivocas, todo lo complicas, Es muy difícil para ti”, y otras frases por el estilo que nos hacían sentirnos incapaces de lograr lo que queríamos y que valíamos menos que los demás.

“La gota que cae sin parar, termina por perforar la roca” dice un dicho popular y tiene razón. Esas frases, dichas por los seres que eran todo para nosotros, ante los que queríamos quedar bien y ganar su aprobación, terminaron por minar nuestra autoestima y adquirir una inseguridad ante cualquier tarea que enfrentemos.

Nuestros padres, o las personas que nos criaron, hicieron lo que pudieron porque ellos eran producto de su historia personal. Pueden haberse equivocado. Eso sucedió hace muchos años. Nos toca a nosotros actualizar el disco duro de nuestra computadora mental y eliminar todo aquello que no sirve o causa daño, e introducir lo que sea necesario para que las cosas funcionen bien.

Guardar rencor por lo negativo que nos hicieron, o lo que nos dejaron de dar no tiene sentido y es nocivo hasta para nuestra salud física. Es fácil culpar a los demás de lo que nos pasa y esa no es la solución, sólo prolonga el sufrimiento.

Vamos a asumir la responsabilidad de nuestra vida, a tirar por la borda toda la basura emocional que venimos cargando y a caminar con paso firme hacía nuestra realización como seres humanos.

“Puedo optar por tomar todo lo positivo del pasado, aprender de lo negativo y seguir adelante”

Enero 23 del 2014

¿Cuántas veces culpamos a los demás porque hacen esto o lo otro que nos perjudica, nos lastima, nos duele? Lo más probable es que sean muchas las ocasiones que hemos caído en esta trampa.

Los demás pueden comportarse de una forma positiva, asertiva, errónea, agresiva, lesiva, mal intencionada, o riesgosa para nuestra estabilidad física, mental, emocional.

Eso es lo que hacen ellos. Es nuestra responsabilidad:
• Aceptar esas conductas y aprobarlas
• Rechazar ese comportamiento y acotarlo
.

En el primer caso, cuando se trata de una conducta positiva, es conveniente aceptarla. Si no vamos a beneficiarnos en este momento, igual podemos agradecerla y reservar la aplicación para más adelante.

Si es una agresión de cualquier tipo, nos toca rechazarla, cuestionarla, y tomar todas las medidas necesarias para que no se vuelva a repetir.

Esto lo traduciremos como: ¡Poner límites!

¿Cuántas veces nos hemos quedado callados ante una agresión física o verbal? Nos quejamos y quejamos, y no hacemos nada por evitar que la conducta se repita.

Vamos a poner límites. Tienes derecho a ser tú, a equivocarte, a decidir. Tienes derecho a rechazar a quienes te agreden y pretenden lastimarte. Aprende a decir NO a tiempo.

Tú vales mucho. No permitas que pretendan aminorar tu fuerza, disminuir tu autoestima, socavar tu YO.

Empieza a poner límites ¡HOY! Puedes hacerlo.

Bomba de tiempo

Vivimos en una forma acelerada, el tiempo no alcanza para todo lo que pretendemos hacer en 24 horas, tal vez si existiesen días de 30 horas, lograríamos terminar nuestros asuntos pendientes. Si a eso le agregamos que los niños, que son una fuente de alegría y satisfacciones en ocasiones, la mayor parte del tiempo están probando hasta dónde llegan sus límites y encuentran a unos padres estresados, con poca paciencia, cansados, la situación se convierte en una bomba de tiempo.

Tenemos la tendencia a dejarnos llevar por los impulsos, y al tratar a nuestros hijos, repetimos muchas veces conductas erróneas que conllevan la falta de respeto hacia ellos, el ponerles etiquetas que los pueden llegar a marcar de por vida e, inclusive, podemos caer en la violencia y golpearlos.

Es probable que éste sea un patrón que aprendimos de nuestros padres y que hemos aplicado en la oficina, en nuestro trabajo, con nuestras amistades y vecinos, para ejercer el control.

Los padres agresivos se muestran satisfechos de lo sumisos y obedientes que se muestran sus niños, nada más que con ese control tiránico los alejan y pierden su confianza, demeritan su autoestima y puede ser que los orillen a buscar fugas para una realidad que los hiere y los lastima, y ya sabemos que hay tres tipos de fuga: la líquida, la sólida y la gaseosa, o sea, el alcohol y las drogas ingeridas, el exceso en la alimentación, y todo tipo de drogas inhaladas, además del tabaco.

La disciplina es una cadena de dos puntas. La ejercen y acatan las dos partes, unos como padres y otros, como hijos. La perseverancia, la consistencia, la congruencia, la paciencia, el respeto, son indispensables para aplicarla en forma positiva y asertiva.

Si les hablamos a los hijos con desprecio, comparándolos con sus hermanos o amigos, etiquetándolos con sobrenombres o adjudicándoles adjetivos calificativos negarivos como “inútil”, torpe”, “sucio”, “mentiroso”, estamos reforzando la conducta que queremos eliminar. Surte más efecto sembrar la conducta opuesta y cultivarla día a día.

Decirles “te lo dije” es parte de un juego psicológico al que el Dr. Eric Berne llamó “Te agarré desgraciado”(1). El escucharlo es irritante y genera un deseo de venganza y violencia que, si no pueden ejercer contra los padres, la aplicarán contra el perro, el gato, la mascota, el hermano menor, el primo que está de visita, etc.

Los niños aprenden jugando, eso es importante recordarlo. Ahora bien, es importante que aprendan que toda conducta tiene una consecuencia. Si la conducta es positiva, la consecuencia será positiva y, si por el contrario, la conducta es negativa, el resultado será una consecuencia negativa. No hablamos de castigos, sino de que los chicos aprendan a hacerse responsables de sus actos y de las consecuencias que estos traigan consigo.

Las consecuencias negativas se establecen desde el principio y se mantienen vigentes hasta que haya una negociación para modificarlas.

Recordemos la clave:

REGLAS CLARAS Y POCAS,   CONOCIDAS POR TODOS,   QUE SE APLIQUEN SIN EXCEPCIÓN.
Por supuesto que habrá ocasiones en que se puede ser flexible (una excepción, ocasionalmente). Si ya hay mucha rebeldía a ciertas reglas, vale la pena revisar si no son anacrónicas porque ya han pasado dos años, por ejemplo, lo que en un niño o joven es una eternidad porque ellos crecen por minutos. Es como si pretendiéramos que el chico utilice zapatos del 12 cuando su pie mide 16. Puede ser que su madurez sea mayor de la que nosotros queremos aceptar.

Es importante también que las reglas las apliquen “parejo” padre y madre (divorciados o no), abuelos, tíos, en fin, todos los que intervengan en el cuidado, educación y formación de los niños/jóvenes.

Hagamos de nuestra casa un hogar, un espacio de solaz y esparcimiento, de aprendizaje y de reposo cuando estamos cansados, de estímulo cuando andamos “ponchados”, de amor y aceptación incondicional.

SALUDAR

Saludar significa dirigirse a otra persona al establecer contacto en forma verbal o corporal con ella, ya sea al llegar o salir de algún lugar, por vía escrita, telefónica  o cibernética, lo que implica que estamos conscientes de su presencia.

El saludo puede ser la llave para iniciar una conversación, un acercamiento y/o para abrir “murallas de protección” que muchas personas han formado para aislarse de los demás.

Recuerdo que, cuando iba yo a una Hospital psiquiátrico oficial para pacientes crónicos con el fin de llevar a cabo prácticas sobre su rehabilitación,  saludaba a todas y cada una de las internas. Los primeros días, la mayoría no me contestaba, me veían con desconfianza, a la defensiva y sólo unas cuantas susurraban un tibio: Buenos días. Yo seguí saludándolas con entusiasmo y me aprendí el nombre de la mayoría. Pasaron los meses y muchas de ellas cuando llegaba,  no solo me devolvían el saludo, me llamaban por mi nombre, me  daban la  mano o me abrazaban, sino que iniciaban una conversación sobre lo que había pasado desde mi visita anterior. Ya teníamos un puente de comunicación a partir de un saludo. Había una joven muy bonita, esquizofrénica, que no permitía que nadie la tocara.  Se quedaba  a  dos metros al principio, yo la saludaba y seguía con lo que estaba haciendo, nunca tomé la iniciativa de acercarme. Pasó el tiempo y ella fue acortando la distancia entre nosotras. Cuando quería que yo le  entregara algo, yo tenía que dejarlo en la mesa y retirarme para que ella lo tomara. Después de un tiempo, un  día vino y me tocó el brazo y se echó a correr, yo no hice ni dije nada. Poco a poco,  hizo contacto físico conmigo  sin salir huyendo, yo sólo le sonreía, tenía miedo de que si le decía algo, ella se pudiera sentir intimidada. Cuando me despedí  de las enfermas al final de mi estancia  ahí, ella vino y me abrazó ante el asombro de médicos y enfermeras porque nunca había tocado a nadie ni permitido que la tocaran.  Creo que el que yo respetara la distancia y condiciones que ella marcaba,  sin dejar de interesarme por ella,  fue la clave  para ese logro. Ahí reafirmé que la palabra respeto es clave en todas las relaciones humanas.   

Cuando saludo en forma auténtica e incondicional (no importa si me devuelven el saludo o no), estoy reconociendo a esa persona, o a ese grupo, y ello puede ayudarles a elevar su autoestima, además de crear un clima de cordialidad

En algunos casos, ese saludo va a aliviar la soledad en que se encuentran muchos habitantes en las macro-ciudades, y/o a mantener un vínculo que los aleje de una ideación suicida. Ha habido casos en que un indigente que acude a un albergue, o un enfermo que va a muchas consultas a un hospital, está buscando que alguien se dé cuenta de que existe, de que está ahí y ese es el hilo que lo mantiene con vida.

El saludo puede llegar a convertirse en una formalidad, en parte de un protocolo social que llevamos a cabo automáticamente, en forma rutinaria, sin tomar en cuenta a la otra persona.  Hay quienes, además de dar los buenos días, dicen ¿Cómo estás?, aunque no les interesa cómo se encuentra la persona a quien se están dirigiendo, y por lo general, la mayoría responde: Bien, gracias, también como una frase hueca de cajón. En una ocasión, me tocó presenciar en una oficina el siguiente dialogo:

–  Buenos días, ¿Cómo está?

–  Murió mi abuelo ayer.

– Qué bueno. Seguimos en contacto.

Yo me quede petrificada. La persona que saludó ni siquiera escuchó la respuesta a su saludo y siguió con la frase rutinaria. Esto pasa con mucha frecuencia. Para evitarlo podemos decir tan sólo buenos días y no interesarnos (supuestamente) por el estado de salud física, mental o emocional de la persona al preguntarle cómo está y, como receptores del  saludo, podemos utilizar nuestro radar emocional para distinguir quién nos saluda desde el corazón, y quien lo hace como un disco rayado y contestar en la misma frecuencia.

Para mejorar la calidad de nuestra vida, hoy vamos a regalar tres saludos a personas que no conocemos. Puede ser al entrar al elevador, al cruzarnos con alguien en la calle, a ese portero o vigilante que ignoramos siempre cuando entramos a una tienda, a un edificio. Se trata sólo de decir: “Buenos días” o “Buenas tardes”, no de entablar una conversación ni de sonreírles en forma obligada. Sólo dos palabras.  Ya me contarán cómo se sintieron.

NOVENA PUERTA: PERDÓN

La definición de perdonar puede tener varias acepciones:

  • Olvidar la falta que uno mismo o alguien más ha cometido.
  • No guardar rencor ni querer castigar a los que nos han lastimado o agredido.
  • No tomar en cuenta la deuda que alguna persona tiene con nosotros.
  • Librar a una persona del castigo que está estipulado por una falta cometida.
  • Pasar algo por alto para favorecer a alguien.

Así que tenemos que la palabra perdonar va de la mano con una falta o agresión, ya sea física, verbal, emocional, psicológica, que conlleva dolor, decepción, enojo, por lo que se dice pronto y cuesta mucho llegar a practicar el perdón.

Cuando somos niños aprendemos a “pedir perdón” y decimos:

 Mamá, perdóname, ya no lo vuelvo a hacer” – y a la vuelta de unas horas o unos días, repetimos la misma falta u omisión.

Esto puede convertirse en un patrón, por ejemplo, los misóginos que golpean a sus parejas, después de propinarles una golpiza,  les piden perdón, se hincan, lloran, prometen “portarse bien” en el futuro, y logran que ellas no los demanden o pidan el divorcio. Pasa un tiempo y, por quítame estas pajas, vuelven a recurrir a la violencia física contra ellas. Éste es un círculo vicioso que no va a romperse hasta que entren a tratamiento psicológico los dos y rompan con los patrones que los mantienen en esa relación destructiva, por lo que sii  tú padeces violencia de género,  retírate de ahí y encuentra ayuda cuanto antes, no te expongas, ni expongas a tus hijos a una dinámica patológica y criminal.

Los hijos suelen ser propensos a juzgar a sus padres y a guardarles rencor por algo que hicieron o dejaron de hacer cuando ellos eran pequeños. Aquí el perdón viene de la mano de la comprensión. Es necesario identificar, razonar, aceptar, que los padres hicieron lo que pudieron con lo que eran en ese momento de su existencia, que ellos son producto de la educación y formación que recibieron de sus padres y abuelos. Nadie puede dar lo que no tiene. Si ellos no tenían un patrón de padres amorosos, no pudieron abrazarlos, besarlos, mimarlos, todo que los niños esperában y/o necesitaban. Si los padres provenían de una familia disfuncional, es ahí donde se encuentra la raíz de la conducta que reprochamos. Acéptarlos como son y poner límites si es necesario para que no practiquen actitudes inadecuadas contigo y con tus hijos es lo indicado. El siguiene paso será manejar las emociones y sentimientos que surgieron ante la agresión u omisión de los padres pa así llegar a comprenderlos.

Perdonar al otro es entender sus motivos, sus necesidades, sus carencias, y  manejar en forma asertiva las emociones displacenteras que la agresión o falta cometida contra nosotros desata en nuestro interior, lo cual no implica que permita que me siga agrediendo o faltando al respeto una y otra vez. Te entiendo y no permito ni tolero que me agredas en ninguna forma, ni que me faltes al respeto.

Sólo cuando hemos logrado perdonar a nuestros padres y a las personas que nos han causado daño, nos damos cuenta que hay otra persona a la que conviene perdonar y esa prsona es uno mismo.

Les daré un ejemplo: una señora me comentaba que tiene quince años en una relación sin futuro con un hombre casado y lo culpa por “retenerla” en esa relación clandestina. Él puede ser egoísta, comodín, abusador, misógino, etc., ese es su problema, lo importante aquí es reconocer que ella ha querido permanecer en esa relación por algunas necesidades psicológicas específicas. Así que no es a él a quien requiere perdonar, él es como es, así se comporta y no va a cambiar, a la que le conviene perdonar es a sí misma, ya que se ha mantenido ahí para evitar el compromiso de una relación de pareja-pareja que implique una entrega total y un proyecto de vida en pareja.  El camino del auto-perdón es: reconocer su debilidad, trabajarla, elevar su autoestima, valorarse, aceptarse, lo cual le permitirá enfrentar sus errores y aprender de ellos. Flagelarse con el látigo de las siete puntas no sirve para nada, lamentarse “por el tiempo perdido”, tampoco. Tomar consciencia de que a la única persona que puede cambiar es ella misma, aceptarse, perdonarse y seguir adelante, es la respuesta asertiva a la situación en que se encuentra.

Si guardas rencor o resentimiento hacia alguien, es por una ira que no manejaste en su momento, enfréntala y canalízala para liberarte de ella. El rencor sólo puede hacerte daño a ti, la otra persona se queda tan campante. Acepta que no hay victimario si no hay una víctima que le permita agredirla. Por supuesto que hay casos de abuso sexual o psicológico en la infancia en que la persona es víctima sin poderlo evitar, si esa es tu situación, encuentra ayuda profesional especializada y trabaja tus emociones y sentimientos hasta llegar al perdón.