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¿Inseminación artificial?

Estoy depurando mi archivo y encontré unos relatos cortos que escribí hace muchos años. Cualquier parecido con personas que ustedes conozcan es pura coincidencia. Lo que sí puedo asegurarles es que: LA REALIDAD SUPERA A LA FICCIÓN

¿Inseminación artificial?

Georgina era una joven de 21 años, inteligente, simpática, bien parecida, que tenía un cuerpo muy bien formado, su piel era morena clara y su rostro se iluminaba por un par de ojos zarcos que siempre tenían una chispa de alegría o de picardía. Su cabello ondulado caía sobre sus hombros en una abundante melena que ella movía con coquetería al andar.  Trabajaba como secretaria en una empresa particular en la capital.  Provenía de una familia de clase obrera, donde todos se esforzaban para sostener a los hermanos pequeños.  Al decir todos me refiero a ella, su hermano mayor que era obrero, igual que el padre, y su hermana Alicia que trabajaba como dependienta en un almacén del Centro, su madre que lavaba y planchaba ropa ajena y la otra hermana que se encargaba de cuidar a los tres más pequeños mientras los demás estaban fuera.

Georgina conoció a Víctor, un apuesto muchacho de 25 años, rubio, alto, delgado, con ojos azules, que estaba terminando sus estudios de Contabilidad y trabajaba para ayudar a sus padres con quienes vivía, cuando iba a comprar algunas cosas que faltaban en su casa para preparar los alimentos del día siguiente, en la tienda de abarrotes que estaba cerca de su oficina. Él era proveedor de café e iba ahí con frecuencia a dejar pedidos, o a cobrar.

Primero fue el saludo, una breve conversación, la invitación a tomar un café en el Restaurant de la esquina. Más tarde vino salir a pasear a Chapultepec los domingos, ir al cine los sábados y, poco a poco, el enamoramiento se convirtió en una hoguera que rompió las barreras de contención de la pareja. Ya conocen el refrán: “El hombre es fuego, la mujer, estopa, y viene el diablo y sopla”

En lugar de ir al cine o a pasear al Bosque de Chapultepec, los fines de semana, se escapaban a un Motel donde pasaban tres o cuatro horas disfrutando de estos encuentros furtivos. La mamá previno a Georgina y le dijo que si Víctor le pedía “la prueba de su amor”, no se acostara con él porque una vez que lo hiciera él se iba a desaparecer.

Llevaban ya seis meses de relaciones cuando apareció un evento que cimbró sus vidas. Georgina estaba embarazada. Al principio pensó que era un retraso. Después de un mes de que no le llegó la regla, y las náuseas y mareos que sentía por las mañanas, no le quedó duda alguna: estaba encinta.

Cuando se lo comunicó a Víctor, éste le dijo que no se podían casar porque él no ganaba lo suficiente. Le ofreció pagar el aborto o, si ella lo prefería, darle su apellido al niño y cooperar para su manutención, mientras tuviera dinero para salirse de casa de sus padres e irse a vivir los dos juntos y mientras, ella seguiría en su casa, trabajando también.

Georgina no quería abortar, pero la solución de que su hermana criara a su hijo mientras ella trabajaba y Víctor ganaba más dinero para poder rentar un departamento y casarse, no le satisfacía. Se imaginaba el escándalo que iba a hacer su padre y su familia, lo que dirían los vecinos, sus compañeros de trabajo, en fin, era nadar contra corriente y no se sentía con fuerzas.

Días enteros comiendo apenas cualquier bocado, noches enteras pensando y pensando en qué podría hacer y el tiempo seguía avanzando.

Finalmente, su mamá se dio cuenta de lo que pasaba y la buscó para hablar a solas con ella. Le preguntó directo qué pensaba hacer sobre su embarazo. Georgina lloró, pidió perdón por haberse portado mal, por no haber seguido sus consejos y la abrazó con ansiedad y miedo.

La señora le dijo que ya había pensado en una solución y que se iba a ir con su hermano a Washington, quien ya tenía varios años trabajando en una fábrica y se había casado allá con una norteamericana. Él podría encontrarle alguna “chamba” aunque no tuviera papeles y, cuando naciera el niño lo daría en adopción y se regresaría a México, con lo que evitaban que el papá , la familia y todo mundo se enteraran de su desliz.

Era una decisión tomada, Georgina no pudo hacer nada, tan sólo acatarla y hacer lo que su madre le ordenaba. Fueron a ver al contacto de su tío, el que lo había ayudado a cruzar la frontera sin papeles, y le pidieron que las ayudara.  Lo hizo mediante una buena cantidad de dinero que la mamá pidió prestada a una de sus patronas que la conocía desde hacía varios años.

A todos les dijeron que el tío les había mandado el dinero para el viaje porque  tenía para Georgina una oportunidad de un trabajo muy bueno. Víctor no estaba de acuerdo, pero como no daba soluciones, no tenía voz ni voto. Sólo le pidió que no diera el niño en adopción, a lo que ella respondió que era la mejor opción para que el niño tuviera una familia que lo quisiera y le diera todo lo que ellos no podían por falta de dinero.

La mamá puso como condición que no le dijera a Víctor la dirección del tío, ni los arreglos que habían hecho, que sólo le dijera que cuando estuviera instalada le llamaría por teléfono, lo que Georgina hizo sin rechistar.

Así, la pareja se separó y Georgina empezó la aventura que miles de mexicanos han vivido: cruzar la frontera con Estados Unidos a escondidas, como “brasero  o espalda mojada”, para ser un “sin papeles” más en aquel país del norte.

Fue toda una odisea, pero logró llegar a Washington sin problemas. El tío la recibió con los brazos abiertos, igual que su esposa. Ellos vivían en un suburbio tranquilo, de casitas pequeñas, un poco deterioradas, y le cedieron una de las dos recámaras que tenía la casa a Georgina.

A los pocos días, ésta empezó a limpiar casas de personas que conocían a su tío. Era un trabajo digno, no muy difícil por la cantidad de aparatos eléctricos y detergentes que facilitaban su labor y, sobre todo, muy bien pagado.

A través del párroco del templo católico al que asistían a Misa los domingos, supieron de una agencia de adopciones para que, un poco más avanzado el embarazo, se hicieran los trámites oportunos.

Los meses pasaban muy lento para Georgina, por lo que decidió ponerse  a estudiar el inglés. Compró unos discos y unos libros, y todas las tardes se dedicaba dos o tres horas a escribir, y a repetir las lecciones que escuchaba.

Georgina hacia la limpieza de cinco casas diferentes durante la mañana, de lunes a viernes. Ella tenía las llaves y entraba y salía sola porque todos los dueños trabajaban.  El fin de semana convivía con sus tíos, quienes la querían por lo acomedida, callada, trabajadora, considerada, respetuosa, que era. Por las mañanas temprano, se levantaba antes que ellos y les preparaba su jugo, unos huevos revueltos y tenía listo el café para que ellos no se retrasaran y salieran a tiempo. Igualmente, cuando llegaban de trabajar, ella ya había dispuesto la merienda y los recibía con la mesa puesta.

Pasaron tres meses y Georgina conoció a uno de sus patrones porque él estaba de vacaciones. Era un hombre divorciado, sin hijos, de unos 40 años, bien parecido, rubio, que trabajaba en una compañía de seguros y se llamaba Stephen Mayor.  Él empezó a platicar con ella, a preguntarle de su embarazo, sus planes, su futuro, y Georgina, feliz de tener con quien hablar aparte de sus tíos, se explayó con él y le contó toda la verdad y que planeaba dar al bebé en adopción y regresar a México.

A la semana siguiente, Stephen seguía de vacaciones y le pidió le guisara algo para desayunar y que se sentara a acompañarlo mientras conversaban. Como él no tenía un horario rígido para entrar a la oficina, se hizo una costumbre que ella le sirviera el desayuno y convivieran un rato cuando Georgina llegaba los miércoles a limpiar la casa..

Ella lo admiraba mucho. Era americano y hablaba bastante bien el español, mejor que ella el inglés desde luego. Era muy culto, o así le parecía a ella, simpático, agradable, sencillo, respetuoso, y se hicieron buenos amigos.

Cuando llegó el octavo mes de embarazo, Georgina y sus tíos fueron a ver al sacerdote para pedirle los datos de la agencia de adopciones. Dar ese paso le costó mucho trabajo a Georgina, porque se había acostumbrado a sentir las patadas del bebé, a platicar con él, a imaginar cómo sería, a quién se parecería.

El siguiente miércoles, Stephen la vio triste y le preguntó que le pasaba. Georgina se soltó llorando a mares y le dijo que le dolía desprenderse de su hijo, pero que no había otra solución. Él la abrazo y la tranquilizó un poco, mientras mantenía el ceño fruncido y la mandíbula fuertemente apretada.

Anteriormente, le había dicho que era inaudito que el papá no hubiera ido a buscarla, que se conformara con que ella sola resolviera todo y que eso no era una conducta responsable, ni de alguien que la respetaba y la amaba. Sin embargo, le preguntó si había considerado llamarle y ver si había cambiado de opinión, a lo que Georgina respondió que ya no sentía nada por él y que, cuando regresara a México, no iba a volver con él por nada del mundo. Stephen se fue a su trabajo y Georgina se puso a limpiar la casa.

El siguiente sábado, cuando Georgina y sus tíos terminaron de desayunar, oyeron el timbre de la puerta. Su tío fue a abrir y, con sorpresa, vio en el umbral a Stephen, lo que le asustó mucho.

  • ¿Pasa algo señor? ¿Se le ofrece algo? – dijo el tío.
  • No, no pasa nada, vengo a platicar con Georgina, si usted me lo permite.

Los tíos se miraron extrañados y lo invitaron a pasar, a lo que Stephen respondió que tenía su auto afuera y prefería ir con ella a dar una vuelta. Georgina no salía del asombro que le causó ver a su patrón en su casa. ¿Habré echado algo a perder? ¿Será que ya no quiere que vaya a hacerle la limpieza? Estos y muchos pensamientos parecidos desfilaron por su mente en segundos. Le dijo que sí y salieron de la casa.

Después de andar un rato en el coche, los dos en silencio, llegaron a un parque y Stephen se estacionó. Bajaron a caminar entre los árboles y Georgina esperaba que él le dijera que era lo que pasaba.

Stephen le dijo que ella sabía que era divorciado, que no tenía hijos, que tenía un buen trabajo que le permitía vivir con ciertas comodidades, y que se había enamorado de ella. Georgina se soltó llorando y le señaló su vientre abultado y le dijo que ella no estaba en condiciones de soñar siquiera en tener una relación de pareja en los momentos tan difíciles y dolorosos que estaba viviendo. Que le agradecía sus palabras y que si, cuando todo pasara, él la seguía queriendo, podrían probar  y tener una relación de novios para ver si se entendían.

Él la abrazó y le dijo que no tenía por qué sufrir más, que se quería casar con ella, registrar al bebé como hijo suyo, y criarlo con todas las comodidades y el cariño que se merecía. Le propuso que si después de un año de vivir juntos, ella decidía que no podía quererlo y aceptarlo, le daría su libertad y una pensión holgada para que criara al niño sin necesidad de salir a trabajar.

Georgina no podía creer lo que estaba escuchando. Un hombre la había dejado sola para que ella resolviera su maternidad y todas las consecuencias que la situación traía consigo, y otro, le ofrecía su apellido, su nacionalidad, un estatus económico desahogado, respeto y cariño para ella y para su hijo.

Siguieron caminando entre los árboles y él le pasó el brazo por los hombros, con mucho respeto, mientras hablaba sobre todo lo que podrían hacer con el bebé, cómo le arreglarían su cuarto, dónde quería ella que naciera, en fin, la trataba como si fuera su esposa ya, lo que hizo que Georgina, al sentirse protegida y apoyada, conmovida, apoyara su cabeza en su hombro y le pasara el brazo por la cintura, para que siguieran paseando mientras ella respiraba profundamente para oxigenar su mente y tranquilizar su alma.

Así, Georgina se casó a la semana siguiente y se fue a vivir con Stephan, sin que la mamá, que estaba enterada de todo, dijera nada todavía al papá y a la familia. Nació el bebé, un angelito rubio muy bonito, al que llamaron Stephen.  El niño se parecía, hasta físicamente, a su nuevo papá.

Ya no se volvió a tocar el tema de separarse. Georgina lo amaba más cada día y se desvivía por él. Sólo había una sombra en su ánimo y era que no se embarazaba y ella quería tener un hijo de su marido y que el niño no fuera hijo único.

Pasaron tres años y un día le dijo a Stephan que se iba a hacer unos estudios para ver por qué no se embarazaba. Él le respondió que no hacía falta, que él ya había ido a hacerse unos análisis y que su conteo espermático era muy bajo, casi nulo, por lo que no podrían concebir. Lloraron los dos abrazados y dijeron que no importaba, que tal vez más adelante adoptarían un niño.

Pasó el tiempo y un día, después de tomarse unas copas en una fiesta, Stephen le dijo a Georgina que tenía la solución para que el niño tuviera otro hermano. Intrigada, ella le preguntó qué había pensado.

  • Mira mi vida, Stephen se parece a mí, sólo tiene tus bellos ojos y nadie duda que es mi hijo. Sé que te parecerá una locura, pero he pensado en que, después de definir los días en que ovulas, hagas un viaje a México y tomes unas ”vacaciones” con el papá del niño en esa fecha, para que quedes embarazada.  Me contaste que ya se casó y que creyó que diste al niño en adopción, así que no hay peligro futuro. ¿Cómo ves?
  • ¿Estás loco? ¿Acostarme y tener sexo con ese inmaduro que me abandonó cuando más lo necesitaba? ¡Jamás!
  • Bueno, piénsalo, sería una semana y nunca más lo verías otra vez.
  • No tengo nada que pensar, por supuesto que no, cuando quieras otro hijo, lo adoptamos y ya.

No se volvió a tocar el tema y, aunque Georgina se dijo que era una “puntada de borracho”, empezó a pensar cada vez con más frecuencia en la propuesta, hasta que un día, tres meses después le dijo a su marido:

  • Ya tengo localizados los días en que ovulo y estoy dispuesta a ir a México. ¿Sigues pensando que es una buena idea?
  • Por supuesto que sí. ¿Cuándo tienes que irte? Yo cuido al niño.
  • Dentro de una semana. Ya vi unos paquetes para Puerto Vallarta, Jalisco y me puedo ir siete días. Mañana le llamo por teléfono y lo invito para ver qué dice.

A la noche siguiente, Georgina le informó que ya estaba organizado todo y que se iba a México. Se sentía rara, pero de tener un hijo de sabrá Dios quién, a tenerlo de alguien que ya había visto que podía tener hijos sanos, no tenía ni que pensarlo.

 

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El viaje a Vallarta resultó muy agradable. Víctor era atento, delicado, buen amante, fogoso, por lo que a Georgina no le costó trabajo “engancharse” y tener dos o tres relaciones sexuales casi todos los días.  Cuando pasó la semana, se despidieron y prometieron que se tomarían otros días de vacaciones el próximo año. Los dos estaban casados, por lo que no habría llamadas telefónicas ni ninguna interferencia en sus respectivos matrimonios.

 

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Tal y como lo planearon, Georgina se embarazó y tuvo una niña rubia, con ojos azules como Stephen. Ya tenían la parejita y todo les iba de maravilla. Sin embargo, Stephen dijo que necesitaban otro hijo porque si no cada uno sería como hijo único. Así que Georgina planeó todo e invitó a Víctor a Vallarta a unos días de vacaciones. Repitieron la escapada y pasaron una semana de sexo, sol y playa, en ese orden. Cada uno regresó a su casa y quedaron de verse al año siguiente.

La estrategia dio resultado y Georgina trajo al mundo a un niño rubio, con ojos azules, muy parecido a sus hermanos. Aprovechó la ocasión para ligarse y evitar tener hijos más adelante. Estaba feliz con su familia, todo mundo decía que los tres se parecían mucho a Stephen y que formaban una bella familia, lo cual era cierto.

Ella ya no regresó a Vallarta para encontrarse con Víctor. Y tampoco volvió a México. Les pagaba el viaje a sus papás para que fueran a ver a sus nietos una vez al año, e invitaba a sus hermanos, de uno en uno, a que tomaran vacaciones en su casa.

A pesar de haber tomado todas las precauciones, y de que su mamá no supiera la estrategia mediante la cual se había embarazado las últimas dos veces, Georgina se sentía intranquila de que Víctor fuera algún día a buscarla, se fijara en los niños y sacara cuentas de cuándo nacieron, así que le pidió a Stephen que pidiera una transferencia en su trabajo a otro estado y planear, de ahí en adelante, unas vacaciones con sus padres y hermanos en algún lugar de los Estados Unidos lejano a su lugar de residencia, para que ellos no conocieran su casa. Las llamadas telefónicas serían siempre por celular, así que los papás y la familia no podrían dar información sobre su paradero.

Así lo hicieron y se mudaron a otra ciudad, muy lejos de Washington , donde criaron a sus hijos en un ambiente tranquilo y próspero.

La mente humana es muy compleja. Un día de esos, Víctor recibió en su oficina un sobre con tres fotografías de tres niños rubios. Entendió el mensaje y, con toda discreción empezó a buscar a Georgina. No la encontró a pesar de muchas pesquisas y tuvo que desistir, porque la esposa lo celaba mucho. ¿Para qué envió las fotos Georgina? ¿Qué buscaba? ¿Castigarlo? ¿Desquitarse? ¿Qué la fuera a buscar? No lo sabemos porque Víctor ya no le movió al asunto y sólo se acuerda de ella cuando va a Vallarta.

RECHAZO

Algo que llega a paralizarnos es el miedo al rechazo. Nos criaron para que actuáramos según nuestros padres o mayores querían o esperaban. Si cumplíamos sus expectativas, verbalizadas o no, nos felicitaban o nos aceptaban dentro de su núcleo, lo cual se volvió indispensable para nuestra sobrevivencia.

La mayoría de las veces nos comportamos como esperan nuestros seres queridos, jefes, hijos, amigos, etcétera, ya que es la manera de ganarnos su aceptación, lo que se ha convertido en vital para nosotros.

Si un amigo muy querido, al que le hemos abierto nuestro espacio afectivo, nuestra casa  y compartimos con él o ella lo que somos, lo que pensamos y sentimos, nos rechaza, es nuestra opción sentirnos lastimados o no.

Cuando alguien nos rechaza y/o se aleja de nosotros sin una explicación, lo primero que nos preguntamos es: ¿Por qué lo hace? ¿Qué hice mal? Puede ser que no hayamos hecho nada para merecer este rechazo, para provocar ese alejamiento, su conducta es consecuencia de sus pensamientos y sentimientos.

Las razones del rechazo pueden ser porque, en alguna forma, nos convertimos de pronto en su espejo y se sienten amenazados. Él o ella pueden ver en nosotros alguna carencia, algún defecto, algo que los atemoriza sin darse cuenta.

Si tenemos más edad, puede ser el temor a envejecer. Si hemos logrado llegar al desapego de lo material y hemos regalado, donado, compartido el dinero o propiedades que son innecesarios para vivir con decoro una vida cómoda y placentera, puede sentir inseguridad porque para él/ella TENER es una palabra clave, ya sean propiedades o un capital en el banco que no utiliza para viajar y crecer intelectualmente, o para abrirle a sus hijos otros horizontes. Por ejemplo, una mujer enviuda y queda sola porque todos sus hijos están casados, así que decide mudarse de su enorme mansión con cinco salas, a un cómodo y céntrico departamento que cubre todas sus necesidades. Esto puede repesentar, para el que la rechaza, la pérdida de un estatus social que ambiciona y no tiene.  La cultura, la bonhomía, la calidad humana, no están relacionadas con el lugar en donde uno habita, o con los metros cuadrados de una vivienda, son algo intrínseco de una evolución intelectual, espiritual, moral, emocional, mental.

Podríamos seguir así con muchas probables razones que pueden originar un rechazo. Éstas no nos competen, son responsabilidad del otro, no nuestra. El problema surge si nosotros nos sentimos agredidos, lastimados, minimizados, por su rechazo o alejamiento. Si necesitamos su aprobación, su aceptación, su reconocimiento, para sentirnos bien con nosotros mismos. La raíz de esto puede estar en nuestra infancia.

Revisemos el nivel de nuestra auto-aceptación hoy. Veamos si queremos establecer o continuar en una relación de codependencia o si, en aras de nuestra salud mental y emocional, nos hacemos responsables de lo que pensamos y sentimos, nos aceptamos como somos, trazamos un plan para ser mejores cada día y nos entreguamos a nuestra Misión con pasión y alegría.

¡Dejemos que el otro encuentre sus razones para rechazarnos si decide crecer y madurar!

Recordemos enviarle una bendición si sentimos nostalgia ante su ausencia: ¡Que Dios haga llegar la paz a su corazón y la luz a su mente!

Diciembre 24 del 2014

Renovación 359

Estas fechas decembrinas no siempre están llenas de paz y felicidad para todos.

Hay quienes se encuentran en un hospital y esperan una mejoría de un ser querido.

Hay otros que están sumidos en un dolor intenso por la muerte reciente de alguien cercano a ellos, o por un familiar extraviado o desaparecido.

Existen muchos que han perdido tantas cosas significativas para ellos, como el trabajo, una casa, una pareja, su patrimonio.

Hagamos una oración por todos ellos, y vamos a enviarles energía para que encuentren consuelo, y mantengan viva la esperanza de un mañana mejor.

Todos los que estemos felices por ser parte de una familia completa y sana, vamos a agradecer todo lo que tenemos, y a permitirnos gozar el dar y recibir amor, abrazos, tolerancia, comprensión, paciencia, ternura, mimos. Vamos a vivir el amor y el placer a plenitud.

No necesitamos gastar mucho dinero en comida o regalos para suplir el cariño auténtico, manipular o comprometer a nadie.

Podemos dar lo más valioso: amor, aceptación y confianza.

Nacimiento 2014

árbol Navida 2014

Octubre 21 del 2014

Renovación 295

Cuando nos dan un diagnóstico que incluye la palabra cáncer, se sacude todo nuestro ser, “se nos mueve el tapete”, sentimos que el fin puede estar muy cerca, que hemos perdido la batalla, etcétera.

Ahí empezamos a buscar segundas y terceras opiniones, a disciplinarnos con tratamientos y medicamentos, a buscar medidas alternativas.

También podemos recuperar la fe en Dios y acercarnos a Él, o nos volvemos adictos a tal o cual Santo o angelito, esto es, intermediarios ante la máxima autoridad: Dios, el cual está para nosotros, en nosotros, siempre. Es cosa de encontrarlo. Tenemos derecho de picaporte. ¿Por qué recurrir a mediadores cuando tenemos abierta la comunicación directa con “el Patrón”? Se trata de una fe a medias, de un por si acaso.

¿Y qué pasa cuando el cáncer esta en nuestra alma? Ya sea que se llame envidia, celos, odio, rencor, resentimiento, avaricia, etcétera?

No nos damos cuenta de que ese sentimiento es un motor que nos “acelera” en cuanto escuchamos el nombre o la voz de la persona por quién lo sentimos, un mecanismo que se encarga de re-alimentar el malestar y lo hace perdurar en el tiempo.

Esos sentimientos negativos, que se entrelazan las más de las veces, nos “corroen el alma”, y nos llevan a un estado de indefensión ante las circunstancias adversas que se presentan en nuestro camino.

Son, además, devoradores de energía, lo que va a dar como resultado que se debilite el sistema inmunológico y “pesquemos” alguna enfermedad grave, o suframos un accidente mayor.

Conviene revisar nuestro equipaje emocional y ver si traemos el lastre de sentimientos negativos, y procesarlos antes de que sea demasiado tarde.

Una manera de hacerlo es:
* empezar por ver si no nos odiamos a nosotros mismos por no haber logrado esto o aquello.

* Checar si no decimos: “Odio trabajar en esto y ni modo, aquí estoy”. Hay estadísticas que comprueban que una gran parte de las personas que sufren infartos detestan lo que están haciendo para ganarse la vida. De aquí nace un rencor hacía el jefe, los compañeros que sí aman su labor, la familia que demanda más y más dinero, etcétera, y ya hemos dicho que el rencor puede favorecer la aparición del cáncer en el cuerpo físico.

* Liberarnos de todos sentimientos negativos.

* Vivir la vida con armonía y positivismo.

* Amarnos.

* Aceptarnos.

* Confiar en nosotros.

¡Podemos hacerlo! ¡Vamos a hacerlo!.

Agosto 21 del 2014

Renovación 234

Durante años hemos controlado, o intentado controlar, todo: a los demás, lo que iba a suceder, lo que sentíamos, lo que deseábamos.

Vamos ahora a dejar que las cosas sucedan como van a suceder. Eso no quiere decir omitir nuestra parte en el diario devenir. Vamos a hacer lo que corresponde a cada momento y circunstancia presente, y vamos a hacerlo con amor y diligencia, sin obsesionarnos con la idea de que todo se tiene que hacer “a nuestra manera”, como nosotros queremos y esperamos, y en el tiempo y forma que determinamos.

Vamos a dejar de controlar a las personas. Todos los que nos rodean son seres humanos libres, independientes, autónomos. Aceptemoslos como son, con sus carencias y limitaciones sin quererlos cambiar, sin imponer nuestros deseos y creencias, sin luchar por controlar lo que hacen, piensan, sienten.

Esto es particularmente difícil con nuestros seres queridos cuando hemos estado en una relación de codependencia durante años.

Empecemos por respetarlos y darles su espacio.

Aceptemos que cada uno tiene un ritmo para crecer y madurar, y que es necesario respetar su tiempo para modificar hábitos tóxicos.

Vamos a darles todo el amor del mundo, envuelto en un papel de regalo lleno de estrellas en las cuales hay una palabra escrita en cada una: paciencia, tolerancia, comprensión, empatía, solidaridad, ternura, respeto, cariño, reconocimiento, escuchar, aceptación, confianza, seguridad, generosidad, constancia, perseverancia, etcétera. Y vamos a empezar por darnos todo ese amor a nosotros mismos.