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Noviembre 14 del 2014

Renovación 319
Estamos donde nuestra mente está”.

Muchas veces nos hemos encontrado un hecho intempestivo mientras estamos realizando una labor más o menos rutinaria, por ejemplo, mientras guisamos, escribimos en la computadora, compramos en el supermercado las provisiones de la semana, o vamos manejando el auto.

Traemos en la cabeza muchos asuntos pendientes, o en el corazón muchas congojas, y ahí están zumbando como moscardones día y noche, sin descanso.

De pronto, nos encontramos que en lugar de conducir el auto a la escuela de los niños, nos encontramos camino a casa, o ha sonado repetidas veces el teléfono y no lo hemos escuchado, nos hemos cortado al picar las verduras a pesar de ser expertas en la labor, o traemos un calcetín de un color distinto al otro, etc.

En estos casos, no importa dónde nos encontramos físicamente, nuestra mente está en otro lado diferente y, como no tenemos el don de la ubicuidad, lo más probable es que terminemos con un accidente porque no estamos capacitados para esa ubicación dual. Nuestra concentración es muy baja.

Un reto a la vez.

Encaremos los retos y los desafíos, uno primero y, cuando lo hayamos resuelto, atendamos otro.

Tener muchos frente de lucha abiertos al mismo tiempo, facilita que cometamos errores en alguno de ellos y el que nuestra energía disminuya, además de que puede presentarse la contingencia de que nos rebase las necesidad de atenderlos en forma simultánea.

Así que mantengamos mente y cuerpo en el aquí y ahora, en el momento presente. El pasado ya pasó y no podemos cambiarlo.

Estar “rumiando” lo acontecido sólo nos agotará emocionalmente.

Lo que sí está en nuestra manos es el futuro que construimos hoy, mediante nuestro Proyecto de vida personal.

Conviene fijar un tiempo breve para aislarnos a pensar, analizar, calcular, razonar, medir acciones y sus consecuencias, encontrar opciones para mejorar, y para solucionar conflictos o situaciones delicadas.

“Los accidentes no nacen, se hacen”. Vamos a evitarlos.

Octubre 30 del 2014

Renovación 303

Como nos gusta tanto la palabra controlar y queremos dominar al tiempo y a los otros, también la aplicamos al hecho de sentir emociones y sentimientos.

Es probable que los patrones para frenar y controlar nuestros sentimientos los hayamos aprendido de los seres que nos criaron, en la más tierna infancia.

Veamos un ejemplo que pudo pasarnos a nosotros: Jaime tenía 5 años cuando murió en casa el abuelo que vivía con ellos. El ambiente es tenso, casi todos los mayores lloran o están muy serios. El niño llega y pregunta qué pasa. La mamá llora como respuesta y el papá le dice que no haga preguntas y se vaya a su cuarto a jugar.

Ya había muerto su mascota y la enterraron en el jardín. El niño piensa que van a hacer lo mismo con el abuelo y ya no regresará, se quedará enterrado como su hamster.

El niño siente mucho coraje porque mañana es su cumpleaños y ahora ya no tendrá fiesta; siente miedo porque piensa que igual se pueden morir su papá y mamá y se va a quedar solo. No puede expresar lo que siente porque lo mandaron a encerrarse en su recámara, y su papá le ha dicho que “los hombres no lloran” y que “los hombres no tienen miedo”. Aplica el patrón aprendido y esconde su rabia y su miedo para ser aceptado en el grupo familiar.

Es sano y conveniente controlar nuestros impulsos hasta conectar la parte pensante de nuestra mente y evaluar la situación que nos motiva.

Es negativo controlar las emociones displacenteras: ira, miedo y tristeza, ya que ello representa un desgaste energético muy fuerte que va a impactar en forma negativa a nuestro organismo, y disminuirá nuestro sistema inmunológico, por lo que podemos enfermarnos en cualquier momento.

Además, al estar tan ocupados en controlar y reprimir nuestras emociones, nos distraemos y podemos tener accidentes, que van desde golpes con las esquinas de los muebles o cortadas con el cuchillo al picar las verduras, hasta un grave accidente de coche.

Las emociones se manejan, no se controlan.

Los sentimientos se procesan y elaboran.

ENERO 1 del 2014

Ya empezamos un nuevo año. El año de nuestro renacimiento. Vamos a abrir los ojos a la vida con una mirada de gratitud hacia todo lo que SÍ TENEMOS, y de acuerdo a nuestras creencias, vamos a dar las gracias por ello.

Gracias (Dios, Vida, Energía Cósmica, Universo, Buda, Jehová, Alá, etc.) por:
• Estar vivo.
• Estar “completo”, tener todos mis sentidos y tener mis brazos piernas, todas las partes de mi cuerpo.
• Tener un cerebro que funciona, libre de enfermedades.
• Poder caminar, levantarme, transportarme adónde deseo.
• Poder respirar y nutrir mi organismo con el oxígeno que requiere.
• Mi familia.
• Tener un techo.
• Tener qué comer todos los días
• Mis amistades.
• Ser capaz de amar y dar ternura.
• Por poder perdonarme mis errores.
• La libertad de pensar, sentir y actuar como me conviene.
• Todas las vivencias, dolorosas o gratas, que me han dado la oportunidad de crecer, aprender, avanzar, trascender.
• Otros….

Si tú tienes una parte de la “carrocería” abollada, o llegó a esta vida con algún faltante (accidente, amputaciones, discapacidad genética, etc.), tú punto de partida es otro. Vamos a encontrar el sentido de tu vida al aceptar el reto de salir adelante en tus circunstancias. Por mucho que te falte, es mucho lo que tienes. Identifícalo y da las gracias por ello.

Sólo esto vamos a hacer hoy, agradecer lo que sí tenemos y valorarlo.

Si puedes, sal a dar una caminata y ve cuántas cosas bellas hay a tu alrededor, por ejemplo, ayer observé un árbol de duraznos, con sus ramas llenas de botones que, desafiando el frío y el mal tiempo, se convertirán en flores y después, en unos deliciosos frutos. Lo mismo podemos hacer nosotros y florecer más adelante.

Descansa y acumula fuerzas para empezar mañana tu año laboral.