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Febrero 26 del 2014

Renovación 57

Pedir ayuda. Es indispensable saber cuándo pedir ayuda, y tener la humildad para hacerlo.

En muchas ocasiones podemos caminar solas o solos, curar nuestras heridas nosotros mismos y, en otras, será necesario recibir ayuda externa.

Imaginemos que experimentamos vivencias muy dolorosas de un abuso prolongado en la infancia, abuso de cualquier tipo: físico, verbal, psicológico, social, sexual, intelectual, que ya terminó y no existe más ahora. Puede llegar un momento en que sea conveniente manejar las emociones que están reprimidas, procesar los sentimientos que hayan generado, y dedicarnos a sanar esa herida. Esto tal vez sea algo que hagamos solos, o puede ser que necesitemos la experiencia y la guía de una persona que nos ayude a lograrlo.

Los libros de autoayuda son muy útiles, son una guía general que puede orientarnos y apoyarnos, asistir a grupos de apoyo, o acudir a recibir una asesoría psicológica o tanatólogíca, puede no sólo ahorrarnos mucho tiempo, sino también esfuerzo y dolor.

He sido testigo de cómo algunas personas, sin importar su punto de partida, resuelven “asuntos pendientes” y florecen a la vida, algunas en breve tiempo, otras, poco a poco. Lo que las ha caracterizado ha sido su disciplina y constancia. No hay una solución milagrosa. El milagro lo construimos nosotros día a día, hora a hora, poco a poco, con entrega total.

Seamos honestos y analicemos si estamos invirtiendo el tiempo, esfuerzo y dinero que conviene a nuestro crecimiento personal. Sólo nosotros sabemos la verdad. Sólo nosotros seremos los beneficiados por esta renovación que estamos llevando a cabo.

Los padres

Hoy vamos a agradecer el haber tenido unos padres que, a su manera y con sus limitaciones, nos dieron lo mejor que pudieron. Tal vez tu papá o tu mamá murió, o fallecieron los dos al mismo tiempo, por lo que fuiste criado(a) por tus abuelos, tíos, algún familiar o fuiste adoptado.

Es muy común que un niño se sienta frustrado cuando no consigue lo que quiere, y que culpe de ello a los padres, a quienes les puede guardar un rencor enorme de por vida. Veamos un caso, el niño tiene dos años cuando nace su hermana y deja de ser el centro de atención para pasar a segundo término (tercero si había competencia con el padre para acaparar a la mamá). Puede buscar llamar la atención mediante conductas regresivas, tales como chuparse el dedo, orinarse en la cama, etc., cosas que ya no hacía antes de la llegada del bebé, o hace unos megaberrinches que perturban a todos. El niño se siente relegado, por lo que siente coraje hacia la hermana y los papás, emoción que reprime o disfraza para no sentirse lastimado. Nacen después más hermanos y esa sensación de no ser amado se queda grabada en su memoria. Al ser adulto, en forma inconsciente, es él quien priva a los padres de cariño o atención, para castigarlos por lo que le hicieron a él cuando era niño.

Así tenemos a personas que culpan a los padres por haberlos regañado, corregido y castigado, o por no haberles dado suficiente amor, cariño, atenciones, mimos. Estoy hablando de padres sanos, no de aquellos que abusan psicológica, física o emocionalmente de sus hijos, a esos es necesario enviarlos al psiquiatra y/o a prisión.

Los hijos no vienen con un manual de procedimientos y, en mi experiencia, algunos padres deciden estudiar cómo llevar a cabo la actividad más importante de su vida a destiempo, cuando el niño ya está aquí, o cuando empieza a dar problemas. Son pocos los casos en que una pareja lo hace antes de concebir, o de que una abuela que va a criar a su nieta se ocupe de actualizarse en este sentido, como Blanquita, quien tomó el primer Diplomado de Escuela para Padres que impartí en 1992.

Como padres, imitamos lo que aprendimos de nuestros padres, así que puede haber patrones de conducta anacrónicos o erróneos en nuestro desempeño parental. Un padre o una madre que no fueron mimados y acariciados cuando eran niños, no tienen el modelo para ser unos padres amorosos, y no por ello van a ser “malos padres”. Si entendemos esto en forma integral = mente y corazón, vamos a resolver muchos malos recuerdos que siguen generando rencor en nuestras vidas. Nuestros padres hicieron lo que pudieron, porque su comportamiento era consecuencia de su historia personal y de la influencia de su entorno.

Nosotros podemos ser unos buenos padres para nosotros mismos, y practicar la autoreparentalización para cerrar las heridas que pueda haber de nuestra infancia. Muriel James escribió un libro que se llama ¡Libre!, Editorial Fondo Educativo Interamericano, donde nos habla de esto.

Así que agradece a tus padres, o a las personas que te criaron, el haber estado en tu vida y lo poco o mucho que te dieron. Resuelve los resentimientos que puedas tener contra ellos, y acéptalos como son, con sus defectos, limitaciones y carencias, no como tú quisieras que fueran. Dales tu amor y respeto mientras vivan y no esperes para ir a su tumba a pedirles perdón cuando mueran.