ODIAR HASTA MORIR

Hoy me enteré que murió una mujer de cuya vida fui testigo durante muchos años.

Hija de unos padres ocupados en aparentar ser ricos y socializar, ella y su hermana crecieron cuidadas por una sirvienta tras otra, sin los mimos y cuidados maternales o paternales.

Fue una mujer atractiva, agradable cuando convenía, trabajadora y ambiciosa. Se casó muy joven y muy enamorada con un alcohólico, misógino y mujeriego, lo que convirtió su matrimonio en un campo de batalla desde su inicio.

Al año de casada dio a luz a una niña y le encargó a una sirvienta que se ocupase de criarla. No sólo no la abrazaba nunca, no toleraba oírla llorar, ni que el padre la mimase y pasara mucho rato con ella.

Conforme la niña creció, la desesperación que sentía ante su presencia era tal que la golpeaba sin misericordia, hasta con cinturones y ganchos de ropa de madera. Después la llevaba con el Pediatra para que le curara las heridas, y decía que se había caído por las escaleras, de la bicicleta, patinando, etc.

Nació un niño a quien sí quiso, aunque tampoco se ocupó de su crianza y el odio hacia su hija creció en forma inexplicable. Vino el divorcio y la violencia contra la hija empeoró, hasta que el padre se percató del maltrato y se la llevó a vivir con él. Nunca más volvió a ver a su hija ni a preguntar por ella.

La niña se convirtió en mujer, estudió una carrera, empezó a trabajar, y ha salido adelante gracias al apoyo psicológico que recibió. Buscó a su madre para iniciar una relación con ella y fue rechazada categóricamente, le dijo que sólo tenía un hijo.

Pasaron 40 años y no volvió a ver a su hija para nada. Su hijo era el único a quien quería y a quien mantenía económicamente porque no terminó una carrera y fracasaba en todos los negocios que emprendía.

Murió tras una enfermedad y una agonía larga y dolorosa sin que le avisaran nada a la hija, quien vive fuera de México. Ella se enteró de su muerte cuando le habló por teléfono un Notario para pedirle que acudiera a firmar unos documentos. Ahí escuchó que le dejó al hijo el departamento en que vivía, un edificio y una casa que habían sido de los abuelos, su coche, sus joyas, sus cuadros de pintores reconocidos, su dinero, todo era para su hermano. A ella sólo la mencionaba en el testamento para manifestar que NO le dejaba absolutamente nada.

He escrito sobre el dolor cuando muere un hijo, los padres, un compañero. He hablado del perdón que es necesario pedir a quienes hemos dañado en alguna forma cuando vamos a morir (que puede ser mañana), y del perdón a nosotros mismos, para enfrentar la muerte en paz.

Esta mujer, que no supo ser madre de su hija, a la que odió desde que nació, conservó este sentimiento negativo durante muchos, muchos años, sin importarle el dolor y el daño que le había causado a esa creatura inocente, y lo remató con un testamento agresivo y discriminatorio.

Es la primera ocasión que soy testigo de una situación tan perversa. Algún aprendizaje podremos sacar de esta nefasta historia de la vida real. ¿Cuál es el tuyo?

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