Noviembre 18 del 2014

Renovación 323

“A las palabras se las lleva el viento”.

Según mi experiencia, no es así, las palabras se quedan en la memoria, en la memoria cognitiva y en la memoria emocional, situadas en distinta parte de nuestro cerebro.

¿Cuántas veces nos encontramos con que alguien nos reclama por algo que le dijimos hace quince o veinte años? ¿Cuántas veces al discutir algo con nuestra pareja salen a relucir las palabras peyorativas que le dijimos hace meses sin que tenga nada que ver con la situación del momento actual? ¿Cuántas veces un hijo nos reclama por lo que le gritamos enojados cuando era niño?

Por lo general guardamos con celo las palabras que duelen, que nos lastiman y nos hieren, y olvidamos con facilidad las de reconocimiento y aliento. Es una tendencia muy común.

No podemos borrar lo que nos dijeron y nos lastimó en el pasado. Si podemos reflexionar sobre si esas frases insultantes fueron dichas para “engancharnos” en un juego, como una necesidad patológica de quien las profirió.

Podemos también analizar por qué nos dolieron tanto. ¿Por qué esperábamos otra cosa de esa persona? ¿Por qué evidenciaron algo que no queríamos que se supiera? ¿Por una necesidad de aceptación que nos lleva a vivir para los demás?

Cuando estemos enojados, cuidemos lo que decimos. Podemos lastimar mucho en función de una emoción pasajera, y dejar una huella que perdure en el tiempo en el corazón de quien nos escucha.

Si algo nos molesta, nos enoja, no demos respuesta a ello a bote pronto. Contemos hasta mil si hace falta, respiremos profundamente, demos tiempo al tiempo tanto como se pueda, no actuemos en forma impulsiva, valoremos lo que pasa con nuestra mente racional, y sólo entonces decidamos qué tipo de respuesta vamos a dar, y si vale la pena enojarse y gastar energía en responder a esos insultos o lo que nos parece una provocación.

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2 pensamientos en “Noviembre 18 del 2014

    • Hola.
      Gracias por el concepto sobre lo que escribí.

      En efecto, es conveniente no actuar impulsivamente al hablar “de más” cuando estamos enojados. Yo percibo dos aspectos: decir cosas que ofendan porque estamos enojados, y exponernos a que quien nos escucha las guarde para “cobrárselas” en la primera ocasión que pueda. Por eso menciono que cuenten hasta mil y respiren profundo y así den tiempo para que se haga la conexión entre emoción y razón y gane esta última.

      En una ocasión, cuando le comenté a una persona algo sobre su conducta que había causado una impresión negativa, (sin utilizar adjetivos, anteponiendo algo positivo, proponiendo un posible origen de la conducta), se abrió la Caja de Pandora y surgió una carga emocional en un discurso sin fin que contenía racionalizaciones, justificaciones, acusaciones veladas, amenazas, etc. En esos casos, gracias a mi entrenamiento, observo y analizo, no sólo las palabras (sintaxis mental) y la forma de comunicarlas = tono, ritmo, énfasis, pausas, modulación, sino también el lenguaje corporal.

      Cuando las personas están contaminadas por el rencor o el resentimiento, han reprimido sus emociones por largo tiempo, se han obligado a mostrar “una careta” que sea socialmente aceptable, pueden explotar en cualquier momento. Si es así, no escuchan razones, ni argumentos, necesitan vaciar algo que les molesta. Escucharlas sin polemizar. Contener sin reprimir y darle tiempo al tiempo, puede ser una respuesta positiva.

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