Septiembre 18 del 2014

Renovación 262

Se dice muy fácil: “Dejar ir”. Es una frase corta, fuerte, contundente, y difícil de llevar a cabo.

Tendemos al apego afectivo a cosas, objetos y animales que asociamos a personas y/o a momentos gratos que son como un oasis en el camino.

En ocasiones no queremos salir del oasis, porque ahí tenemos todo para sobrevivir y nos cuestionamos la necesidad de seguir en el camino, sobre todo cuando no tenemos muy claro hacia dónde vamos, cuál es nuestra meta. No avanzamos, no crecemos, sobrevivimos.

Es un entrenamiento muy efectivo practicar el desapego con objetos, para poder pasar después a las personas.

Practicar el desapego no significa que vamos a dejar de amar a alguien, lo vamos a querer plenamente como una entidad distinta con la que construimos un nosotros.

Si la muerte rompe ese nosotros, es conveniente aceptarla y procesarla para que la presencia de la persona fallecida entre en nuestra narrativa en otra forma.

Es lo mismo si lo que murió fue la relación que había integrado el nosotros, también es necesario procesar el duelo y dejar ir a la persona.

Vamos a conservar en nuestro corazón los recuerdos, no en un sinfín de objetos diversos que se acumulen sin sentido.

Vamos a caminar más ligeros de equipaje, sin tanto lastre.

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