Agosto 25 del 2014

Renovación 238

Cuando fallece un ser cercano en el afecto o parentesco, suele favorecer que nos cuestionemos nuestra muerte.

Si ya hemos aceptado que ese es nuestro punto final del camino que recorramos en esta dimensión, si ya hemos decidido cómo y cuándo tendrá lugar, y quiénes queremos que estén con nosotros en la despedida, no nos afectará mayormente.

Si vivimos hipotecando nuestra vida, en la evasión y la co-dependencia, es probable que nos deprimamos y sintamos miedo.

Nuestra relación con la muerte es nuestra relación con la vida. Si vivimos a plenitud en la armonía y el amor, vamos a disfrutar el hoy, el momento actual que es el único que nos pertenece. El ayer ya no está, el mañana no sabemos si llegará.

Cuando somos jóvenes y muere un abuelo, decimos: “ya estaba viejo”, aunque sólo tuviera 60 años. Cuando tenemos 50 años, ya no nos parece que una persona sesentona sea un anciano, sino un “adulto mayor”. ¿Cuenta la vejez del alma o la del cuerpo?

Mantenerse joven es una actitud. Es recuperar la capacidad de asombro de cuando éramos niños, es descubrir cada día un prodigio de la naturaleza y hermanarnos con la fuente misma de la vida.

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