Julio 12 del 2014

Renovación 194

Confiemos en nuestra intuición, en esa chispa divina, o cibernética conectada al Universo, que nos manda mensajes por medio de sueños, metáforas, indirectas, sensaciones a las que algunos llaman “latidos”.

Todos nacemos con la capacidad de intuir, algunos la desarrollamos más que otros, y hay quien ni se entera nunca antes de morir que la tenía.

Según la Wikipedia, en el marco referencial de algunas teorías psicológicas, se llama intuición al conocimiento que no sigue un camino racional para su construcción y formulación, y por lo tanto no puede explicarse o verbalizarse. La persona puede relacionar esa información con experiencias previas o no, y por lo general no sabe por qué llega a una determinada conclusión. Son reacciones emotivas repentinas a determinados sucesos, percepciones o sensaciones.

Coloquialmente, a la intuición se le llama “presentimiento”.

Si tendemos a racionalizar todo lo que nos pasa = analizar y encontrar “razones” para justificar una determinada forma de pensar o actuar, tal vez convenga tomarnos unos segundos y hacer un ejercicio de introspección para escuchar a nuestra intuición.

En nuestro interior están todas las respuestas.

Silenciar a la “loca de la casa” y darnos la oportunidad de escuchar y sentir nos permitirá avanzar y fluir con menos esfuerzo.

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