SUICIDIO DE UN HIJO

Quiero dirigirme a los padres de jóvenes, niños y adultos, que se hayan quitado la vida. He mencionado en repetidas ocasiones que, para mí, el dolor más fuerte es la muerte de un hijo. Si esa muerte es además autoinfringida, el dolor es aún mayor.

Quiero decirles que entiendo su dolor infinito, el desconcierto enorme que los inquieta, sobre todo si fue sorpresiva la muerte y ustedes no tenían idea de que algo no andaba bien. Esto lo hago a nivel cognitivo, con la parte racional de mi cerebro, la que se ha preparado para apoyar desde el punto de vista tanalógico a personas que viven una experiencia traumática como ustedes.

A nivel emocional, puedo sentir el desgarramiento que sienten, como si los hubieran partido en pedazos, como si les hubieran arrancado algo de su cuerpo, de su alma, de su espíritu, el dolor físico que les quita el sueño, el apetito, las ganas de vivir.

Van a sentir que están dentro de una pesadilla y que, en cualquier momento, van a despertar y todo volverá a ser como antes. En algunos casos, el cerebro nos cuida y construye un muro de protección mientras recuperamos o adquirimos fuerzas para enfrentar la muerte de un hijo, en especial si fue él o ella quien tomó la decisión de matarse.

Las emociones de tristeza, ira y miedo van a apoderarse de su vida, día y noche. Ver su recámara, sus cosas, percibir su olor impregnado en la ropa, tocar sus juguetes, su computadora, sus libros, escuchar la música que le gustaba, todo va a inundarlos de una tristeza infinita.

Van a sentir una ira infinita contra ustedes, los médicos, sus maestros, sus amigos, sus familiares, por no haber detectado a tiempo que su hijo(a) tenía problemas psicológicos o psiquiátricos que lo podían llevar a suicidarse. Van a percatarse de muchos indicios que no vieron antes, tal vez de las ocasiones en que su hijo(a) decía que quería morirse, que estaba harto(a), que no podía más, y ustedes pensaron que era una forma de expresar su enojo.

Van a sentir miedo de que sus otros hijos puedan tener ideas parecidas, de que su compañero no “aguante” el impacto de esta muerte no esperada, de los comentarios de la familia, del juicio de la sociedad, de lo que será de sus vidas sin ese hijo o hija tan querido.

Como un torbellino se van a presentar los sentimientos también: la culpa, la vergüenza, la confusión, la envidia, el rencor, el temor.

No hay escapatoria. Van a pasar por una vorágine de emociones y sentimientos. Por favor, si no pueden manejar los primeros y procesar los segundo, encuentren apoyo tanatológico en un psiquiatra o psicólogo experto en el tema, o en un Tanatólogo(a) profesional con experiencia y ética.

El duelo va a ser largo y doloroso, prepárense para ello. Vívanlo a conciencia para volver a tener equilibrio en sus vidas. Piensen que su hijo o hija está ya en otro plano donde no sufre aquello que lo amenazaba en la tierra, que está tranquilo, que eso fue lo que quería hacer, su decisión.

No hay respuesta para las preguntas: ¿Por qué? ¿Por qué él o ella? ¿Por qué ahora? ¿Por qué no me di cuenta? ¿Por qué no le dediqué más tiempo? ¿Por qué se mató de esa manera? ¿Desde cuándo tomó la decisión? Y otras parecidas.

Hay respuestas a otras preguntas que van a llegar más adelante, que ayudarán a aceptar su partida en solitario, tal vez a corta edad, y van a incorporarlo a su narrativa personal en otra dimensión.

No están solos en su dolor. Hay muchos padres que han vivido, o están viviendo, una experiencia similar, y hay grupos de apoyo especializados para ustedes.

Sobre todo, no están solos porque tienen a Dios, a su Poder Superior que los va a proteger y cuidar, aun cuando ustedes se enojen mucho con Él por no haber evitado que su hijo se matara. Hagan mucha oración aunque no practiquen una determinada religión, y si son practicantes activos, recen también.

Piensen en su hijo o hija como era antes de irse, en los muchos o pocos años que tuvieron el privilegio de acompañarlo en el camino. Recuerden sus risas, sus berrinches, sus logros, sus dudas, sus anécdotas simpáticas. Les dará fuerzas mientras manejan su duelo.

Desde mi corazón, les mando un abrazo con todo cariño lleno de energía positiva para que los apoye en la difícil tarea que tienen por realizar. Sé que van a salir adelante. ¡Qué Dios los bendiga!

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