AÑORANZA

Ayer acudí a una misa católica por el 50 aniversario de boda que celebraron unos vecinos de la adolescencia, la cual se llevó a cabo en el templo de la colonia donde habitábamos en aquel entonces. El templo no ha cambiado de forma o tamaño, sólo está más decorado y acogedor que antes, lo que lo convierte en un recinto de paz y luz en el entorno en que se encuentra, que si se ha deteriorado.

Aproveché el tiempo de la ceremonia para meditar y recordar, para regresar el reloj 50/60 años atrás. La ciudad era otra, todos los vecinos nos conocíamos y nos apoyábamos. Teníamos a menos de una calle una miscelánea, una panadería donde se pedía el pan de dulce por nombre (quiero 2 chilindrinas, 2 conchas, 2 ojos de Pancha), una carnicería donde se compraba la carne que se iba a consumir ese día (no se estilaba congelar todo como ahora), una verdulería donde se compraba la fruta y verdura que se iba a utilizar hasta el día siguiente. A tres calles estaba el parque y el templo. Podía uno salir a la calle a platicar con los vecinos, ir al parque a andar en bici, sin miedo, sin asaltos ni robos. Otro México.

Me inundaron los recuerdos de los vecinos con quienes hicimos amistad, de los chicos que me atraían, de las fiestas que organizábamos para bailar, y me asombré de la inocencia que caracterizaba nuestras relaciones.

Encontré ahí a dos señoras que fueron mis alumnas cuando yo tenía 18 años, una de 5º año de Primaria, grupo al que impartí Inglés y otra vecina que acudía a mi casa a tomar clases particulares del mismo idioma. ¿Cuántos profesores tienen la satisfacción de que les digan que los recuerdan con cariño y que fueron un modelo a seguir después de tanto tiempo?

Lo que más me impactó fue recrear el fervor, el misticismo, la Fe que viví durante poco más de un año. Asistíamos a una escuela de monjas, aunque en casa no se acostumbraba ir a misa, porque era la mejor preparación para casarse y ser una buena esposa y una buena madre.

A mí me dio por echar un clavado en la religión: participaba en los grupos de Acción Católica, era miembro de la Congregación Mariana, del Movimiento por un Mundo Mejor, del Grupo Oasista. Era catequista recibida y lo ejercía todos los sábados por la mañana, en una iglesita que estaba junto a la COVE, en Observatorio, lo que se consideraba la “orilla de la ciudad”. Ahora está ahí un Museo y quedó junto al Periférico. Aprendí latín, me sabía la misa de memoria, estudié religión, apologética, y no sé cuántas cosas más.

Algo queda de todo ello, el conocimiento nada más. No sé cuándo se perdió el fervor con que iba a misa de siete de la mañana a comulgar los domingos, de las meditaciones en los “retiros espirituales” que las monjas hacían en conventos de Coyoacán y Tlalpan, de los que recuerdo unas instalaciones hermosas, amplias y unos jardines bellísimos, además del sabor delicioso de todos los alimentos que nos daban. ¡Era tan reconfortante sentirse unido a Dios! Me daba una fuerza interior enorme.

Pasó el tiempo y decidí que no me agradaba el tener que recurrir a intermediarios, o acudir a un determinado lugar, para tener a DIOS conmigo y en mí. Ahora es mi compañero constante, las 24 horas del día. Esta posición me permitió pasar de que sólo la religión católica era la “buena y verdadera”, a respetar a muchas otras religiones, y pensar que si una persona practica el bien y encuentra un Poder Superior, no importa el nombre que le dé, es un hermano en el camino,

Los invito a visitar los lugares donde crecieron, donde pasaron su adolescencia, a rescatar recuerdos y valorarlos, a compartirlos con hijos y nietos, sin dejar de crear, de construir cada día vivencias plenas que serán recuerdos el día de mañana. .

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2 pensamientos en “AÑORANZA

  1. Hola Maria, gracias por tus reflexiones, muy parecido a li que yo he sentido cuando regreso a la colonia en donde vivi de niña, y con parecidas experiencias religiosas que valoro pero que abandone hace mucho, con lo que ahora me siento más unida a Dios y con mas autenticidad.
    Un abrazo: Tere

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