El Tour de Francia

La carrera ciclista del Tour de Francia cumple 100 ediciones, y por ello la revista semanal de El País trae una foto en la portada donde se ve parte de una carretera en medio de la montaña, donde un grupo de aficionados esperan el paso de los corredores.  

Al ver la fotografía, mi memoria voló a los primeros años de mi infancia, a un paisaje semejante, cuando mi padre y mis hermanos mayores me llevaron a ver una carrera de autos a la orilla de una carretera, lo que para mí fue algo así como ir a un día de campo.

Era yo muy pequeña y no sé cómo logré que me incluyeran en su grupo. Lo que si recuerdo es que, en la ciudad de Oaxaca, donde vivíamos, fue todo un acontecimiento del cual se habló durante meses.

Se trataba de la Carrera de autos Panamericana celebrada en 1953. La ruta constaba de 3 114 km, y atravesaba de sur a norte la República Mexicana, desde Tuxtla Gutiérrez, Chis., hasta Ciudad Juárez, Chihuahua. Lo que la hacía más singular era que el recorrido tenía tramos con clima tropical, algunos a nivel de mar y otros a tres mil metros de altura.  La temperatura fluctuaba desde los 34° hasta sólo un par de grados menos del congelamiento, todo en 72 horas.

La afinación del motor, carburación, bujías, llantas, todo era importante por las condiciones tan difíciles del pavimento y las carreteras, por lo que era una prueba para los corredores y para todo el equipo que daba mantenimiento a los coches.

La ciudad de Oaxaca vistió sus mejores galas para el paso de los corredores. Recuerdo que el Hotel Marqués del Valle, frente al Zócalo, se vio saturado de personajes, periodistas y visitantes. Un amigo de mi papá tenía un Restaurante-Cantina en el otro portal y, gracias a ello, pudimos estar sentados en los equipales, viendo todo el movimiento frenético, antes y después de la carrera.

Juan Manuel Fangio, mítico corredor argentino, fue quien ganó esa carrera con un Lancia D24 (motor de 6 cilindros en V, de 3096 cc, con una potencia de 226 CV, y con un peso total de 760 kg), en 18h1100″, y su nombre se grabó en mí como el de un héroe que logra grandes hazañas.

Me impactaron mucho los accidentes que hubo ese año como el del Lancia de Bonetto que chocó contra un muro en Silao, Guanajuato y que ocasionó su muerte, así como el del pinchazo que sufrió el Ferrari de Antonio Stagnoli y Giuseppe Scotuzzi cerca de Oaxaca, que los obligó a abandonar la carrera, así como los comentarios por las barras que pusieron en el parabrisas de un Pegaso para evitar que los zopilotes que se estrellaban contra el auto impactaran al conductor.

Durante años busqué información sobre carreras de autos, e inclusive presencié algunas, sin poder revivir esa emoción de la infancia, la de estar a la orilla de una carretera para verlos pasar como una ráfaga, y presenciar cómo disfrutaban después de la hospitalidad de los oaxaqueños.

Gracias al Tour de Francia, tan sembrado de rumores los últimos años, por congregar a la gente, en medio del campo, para verlos pasar, estar pendientes de quién se lleva el maillot amarillo en cada etapa, y por mantener viva una tradición deportiva.  Larga vida al Tour.

 

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