No llevar lo muerto a cuestas

En un curso-taller que moderé en días pasados, participó una mujer que exudaba dolor, resentimiento y frustración por cada poro de su cuerpo. Podríamos decir, utilizando una metáfora, que sus vibraciones eran negativas a simple vista, y ello se debía a que traía una pérdida que no había procesado, traía la memoria del muerto presente en cada latido, en cada respiración, era como si cargara el cadáver consigo a toda hora.

Esto no es insólito, hay una multitud de personas que deambulan así por la vida, yo digo que cargando lo muerto a cuestas, con lo que abarco todos los duelos no resueltos por la muerte o pérdida de alguien (los padres, un hijo, el esposo, un amigo, un hermano, etc.), o de algo (trabajo, vivienda, estatus, salud, dinero, seguridad). Estas heridas abiertas pueden haberse generado en la infancia, la adolescencia, o en fechas cercanas, y lo grave es que no fueron atendidas con la asepsia, cuidado, dedicación y constancia que requerían para sanar en su momento, por lo tanto se han contaminado y despiden un icor que altera el bienestar propio y ajeno.

Ha habido casos, muy frecuentes por desgracia en los tiempos que corren, en que la pérdida es el empleo, lo que sabemos trae consecuencias económicas, emocionales y sociales muy impactantes que pueden desestabilizar no sólo a la persona, sino toda la dinámica familiar y social. La persona desempleada está sumida en un cúmulo de emociones displacenteras y, es probable, que anide muchos sentimientos negativos también. No maneja las primeras, ni procesa los segundos y cae en depresión, se enferma, se anula y disminuye las posibilidades de salir adelante.

Otro ejemplo, la persona de quien hablé al principio que se soltó llorando por su padre, ¡que había muerto hacía cinco años! Ese es un duelo crónico que no se manejó oportunamente y que puede devenir en un duelo patológico.

En ocasiones, al asistir a un velorio, me ha tocado ver a una persona que solloza fuertemente. Pregunto quién es y resulta que ni siquiera conocía bien al muerto, ya que era amigo de un amigo, lo que pasa- dice ella – es que se acordó de cuando murió su esposo. Así hay quienes aprovechan las circunstancias para justificar unas lágrimas tardías ¿o culpables?

Las plañideras hace siglos que pasaron de moda, aunque estaba yo leyendo que en algunas comarcas de España, y pequeñas poblaciones de México, ya están alquilando a mujeres mayores para que lloren en los velorios y los entierros. Dicen que así ellas se ganan unos “centavos” que les hacen falta y todos se dan cuenta que el muertito era muy querido.

“El muerto y el arrimado, a los tres días apesta”, así reza un refrán muy conocido, con el que yo estoy 100% de acuerdo. Imagínate si traes un muerto dentro de ti durante meses y años, el olor que impregna tu vida, o lo que tú llamas vivir, si lo que haces es estar evocando el pasado todo el tiempo, mientras desperdicias el minuto presente que es el único tangible y tuyo en su plenitud, mientras sobrevives o vegetas esperando la muerte, o buscándola en forma inconsciente.

Es conveniente cerrar todas las Gestalt abiertas, todas las heridas abiertas. Si éstas ya formaron escaras y han carcomido el músculo, pueden hacer que no quieras moverte porque te duele. Si ese es el caso, busca ayuda profesional, no utilices remedios caseros que te aconseja fulanita o perenganito, y procede a sanar, a lavar la herida, a ventilarla, a ponerle los remedios indicados, según el tiempo que ha estado ahí, la condición en que se encuentre, la intensidad del dolor que genera, y verás cómo, poco a poco, se va cerrando y finalmente se vuelve algo del pasado, del que conviene aprender qué fue lo que hiciste en forma errónea o lo que dejaste de hacer, para que la próxima vez que sufras un percance semejante, sepas cómo manejar la situación.
Deja ir a tus muertos, que descansen en paz. Deja ir el dolor de la pérdida que te lastimó tanto, vívelo, procésalo, digiérelo y aprende de él. Vas a quitarte mucho peso de encima y podrás caminar hacia tus metas con paso más ligero. ¡Adelante!

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