Pamplona, España

Para los que no estén familiarizados con el tema les diré que, desde finales del siglo XVII se celebran en Pamplona/Iruña, España, unos “encierros» de toros que van por las calles hasta el lugar donde van a ser lidiados. Al principio, algunos jóvenes se metían a las calles para correr con los toros en forma espontánea , lo que fue regulado cuando se autorizaron formalmente las carreras en 1876.

Hoy día, los festejos que inician el 6 de julio al mediodía, con una reunión multitudinaria, frente al Ayuntamiento, cuando el Alcalde, desde el balcón, da el “chupinazo” (enciende un cohetón). Se estima que este año estuvieron en esa plaza alrededor de 12 500 personas. El comité organizador dispuso 431 actos oficiales, acreditó a 2 500 personas de los medios informativos, capacitó a todo un ejército de personas para que todo funcione bien: policías, guardias, personal de servicio de limpia, asistentes turísticos, inspectores, asistencia médica, etc., ya que esperan a miles de visitantes, tan sólo de Nueva Zelanda y Austria, vendrá el 29.92% de ellos.  Los festejos terminan el 14 de julio, en que se vuelven a reunir en la misma plaza para cantar el “Pobre de mí…”

Al día siguiente, 7 de julio, día de San Fermín, a las 8 de la mañana, se lleva a cabo el primer encierro en el que unos cabestros (bueyes/mansos), guían y acompañan a los toros que van a ser lidiados ese día por la tarde en la corrida,  a través de algunas calles de la ciudad, en una ruta vallada de 848.6 metros, hasta que entran a los corrales de la plaza de toros.

Hay un grupo de expertos, vestidos de verde, los pastores, que apoyan a la manada y la mantienen siempre hacia adelante en el camino por medio de varas de madera y también apoyan a los corredores y los protegen en un caso dado, y otro grupo que, una vez dentro del redondel de la plaza, capote o muleta de por medio, muestran el camino a los toros despistados que se separan de la manada.

Existen muchas tradiciones alrededor de esta actividad, como la de que unas personas que guardan una estatuilla de San Fermín en su casa todo el año,y, durante las fiestas, la colocan en una hornacina fuera de los corrales donde van a ser liberados los astados. Minutos antes de la hora prevista de salida, se juntan algunos de los corredores frente a la imagen y le cantan: “A San Fermín le pido, por ser nuestro patrón, nos guíe en el camino y nos dé su bendición”, mientras sacuden en alto un papel periódico enrollado, lo cual hacen 3 veces. Cuando dan las ocho, se enciende un cohetón y se abren las puertas de los corrales para que salgan los toros a toda velocidad. Cuando esto ha pasado, se llevan la imagen a su casa, para realizar el mismo ritual todos los días a la misma hora.

Cerca de ahí, una “cadena” de guardias evita que la multitud se una a los toros antes de que estos tomen su paso. La “carrera” de los aficionados consiste en acompañar a los toros unos segundos o minutos, adelante y/o al parejo, para hacerse a un lado oportunamente y dejar a otros vivir la misma descarga de adrenalina.

Si tomamos en cuenta que como promedio los encierros duran entre 2.30 y 3.30 minutos, y que los toros corren a una media de 25 kilómetros por hora (aunque hay tramos donde incrementan el paso en forma asombrosa), y que suelen pesar entre 500 y 600 kilos, comprenderemos el riesgo tan grande que hay en este evento.

¿Por qué me interesó el tema? Porque considero que es un fenómeno social, donde el tema central es el reto a la muerte en una actividad sumamente peligrosa. Alrededor de esto están los ríos de vino, buena comida, música, desenfreno, baile, diversión continua, etc., por ejemplo, es común ver a muchos turistas dormir sobre las bancas o el pasto en los jardines.

La fiesta taurina no me es ajena y tengo conocimientos sobre ella. Esto es otra cosa, ya que, aunque es importante para los encierros el tener condición física, saber correr, conocer algo sobre la conducta de los toros en esa situación específica, no está involucrado el arte, el oficio, la imaginación, el “duende”, que pueden hacer inolvidable un encuentro toro-torero en otras circunstancias.

Además, considero que se está descuidando un aspecto: la cantidad  de corredores que se permite. Este domingo se habló de 3 600 personas. Era una masa compacta en la que no se podía ver al toro, la que le dificultaba el tránsito hacia su meta y multiplicaba exponencialmente el riesgo de recibir cornadas o embestidas.  Pusieron ese día un encierro de Miura, toros nobles que no suelen embestir gratuitamente y que hicieron su recorrido en 2.29 minutos, sin que hubiese ninguna persona con herida por asta de toro, solamente las contusiones debidas a alguna embestida, caídas, empujones, etc.

Sé que pedir que cancelen estos encierros es ilógico y no lo es el que restrinjan el número de participantes para evitar que unos se estorben a otros y que, así como hay un reglamento que limita que lleven cámaras fotográficas, objetos colgantes, correas, mochilas, etc., y pide que los participantes sean mayores de 18 años, estén sobrios, no citen a los toros, no tomen fotos y utilicen calzado deportivo que no sea resbaloso y ropa discreta (de preferencia blanca), se fije un tope de participantes, ya que el monto fluctúa los fines de semana entre 3000 y 4000 personas y alrededor de 2000 de lunes a viernes, de los que pocos son corredores expertos o aficionados y, los más audaces y temerarios turistas que quieren vivir el miedo de estar cerca o enfrente de un toro, y aunque hay cada 53 metros un puesto de asistencia médica, ponen su vida, y la de otros participantes, en riesgo.

¿Ustedes qué opinan al respecto?

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