Historias de Soledad

Hoy es domingo y los rayos del sol asoman tenues y firmes tras la montaña,  anunciando la ya próxima primavera. Hay un silencio agradable en que sólo se escucha el trinar de un ave tempranera y el viento que susurra entre los brotes tiernos de los árboles. Todo esto me hizo recordar la bella ciudad de Oaxaca, donde pasé unos años de mi infancia, y a Soledad, una señora que trabajaba en la casa de mis padres y que siempre vestía unos hipiles bordados con muchas flores de todos los colores.

Soledad nos contaba, a mis hermanos menores y a mí, historias de “aparecidos” cuando llovía y no podíamos salir a jugar, lo cual nos fascinaba. Recuerdo también una anécdota que nos contó que se quedó para siempre en mi memoria. 

Nos relató que en su pueblo había una niña que tenía todo: salud, una familia que la quería, una casa donde vivir, ropa bonita, en fin, no le faltaba nada y que, sin embargo, no era feliz. Envidiaba la muñeca que tenía una niña vecina, la sonrisa de otra, la voz dulce con que cantaba una prima, por lo que todo el tiempo andaba de mal humor y nadie quería jugar con ella. A Soledad le daba mucha pena verla sufrir por lo que le dijo que al final de las casas del pueblo, había una choza donde vivía una viejita que hacía magia, que fuera a pedirle un “encanto” para ser feliz.

La niña se armó de valor y una tarde se escapó a visitar a la viejita. La choza estaba llena de veladoras e imágenes, de ofrendas, frascos y cajas de cartón de todo tamaño. Cuando le contó a la anciana lo que le pasaba y le pidió un remedio, ella le dijo que se lo daría a cambio de que ella dejara en el altar algo que le iba a pedir. La niña sintió miedo, ¿Qué me va a pedir? -se preguntó si no tengo nada de valor conmigo.

Le dijo que estaba de acuerdo y la viejita sacó un frasco pequeño que destapó y le hizo oler, era un aroma suave a rosas muy agradable. Se lo entregó y le dijo: “Cada vez que desees lo que tienen los demás y que te molesta el no tenerlo tú, vas a oler este perfume y se te pasará el malestar”. Acto seguido tomó una cajita de madera y la abrió y le dijo a la niña: “Ahora vas a imaginar que metes la mano a tu pecho y sacas una bolita llena de pus y la vas a poner en esta caja”. La niña hizo la mímica y la viejita cerró la caja y la amarró con una cuerda. “Ahora puedes irte”, le dijo.

La niña no volvió a sufrir por todo lo que no tenía. Su mamá notó el cambio y cuando se enteró de la visita a la viejita, fue a verla para preguntarle que le había hecho a su hija. “No hice nada, le di un frasco con aroma de flores que son una muestra de vida y ella dejó aquí su envidia”.

Ojalá les agrade este relato. Yo aprendí muchas cosas con Soledad que compartiré algún día con ustedes.

 

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4 pensamientos en “Historias de Soledad

  1. Me encantó! Esto de poner la envidia en una cajita me hace recordar que algunas veces cuando me es difícil dejar la mente en blanco para dormir, imagino que me quito la cabeza y la pongo en el buró jajaja

    • Hola Diana. Gracias por tu comentario. Tal vez puedas meter al buró tus ideas, tus problemas, tus inquietudes y escuchar un CD con sonidos de agua, de ruidos característicos de la naturaleza y visualizar como la paz entra en todo tu organismo. Saludos. María

  2. Es curioso como funciona la “magia”. Seguro que a esa niñita se le dijo muchas veces que pensara en lo bueno que tenía ella y no en lo que no tenía, en vez de pensar tanto en los demás y lo que tenían, pero eso seguro que no funcionó, porque ese es un ejercicio solo mental y no afecta ni toca a la parte más sutil de nuestra personalidad, por el contrario los “rituales mágicos” de cualquier tipo, nos conectan de forma misteriosa con nuestra poderosa fuerza interior y esta nos ayuda a superar lo que parecía insuperable.

    Muchas gracias María por compartir con todos esta bonita historia que tanto nos ensaña. Un fuerte abrazo.
    Mª Isabel Aránguez

    • Hola Isabel.
      En efecto, con el paso de los años he valorado el impacto que ciertos “rituales mágicos” tienen en nosotros. Aunados a un intenso trabajo de crecimiento interior, pueden ser el rayo de luz, el contacto con nuestro Self, el poder de la Fe, que nos ayudan a vencer muchos obstáculos.

      También he rescatado muchas anécdotas con mi Nana oaxaqueña con una nueva óptica, la de reconocer la sabiduría ancestral de nuestros indígenas que, en muchas ocasiones, supera a la de muchos sabios universitarios. Leerás la del demonio del pensamiento. La locura es uno de nuestros miedos latentes y hacernos responsables de lo que dejamos entrar y cobijamos en nuestra mente, es una óptima manera de no llegar a ella.
      Un abrazo con todo cariño y mi gratitud por tu presencia en la distancia.

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